Jesús, nuestro Señor y Hermano, presta tus oídos a nuestra pobre oración:
Somos nosotros, tus amigos, tus hermanos y hermanas, compañeros de camino de tus refugiados. Recordamos hoy a otro de tus amigos, que pasó su vida buscando tu rostro: tu siervo Pedro Arrupe, ‘un fuego que encendió muchos fuegos.’ Fue él quien nos enseñó que a ti te gusta esconderte allí precisamente donde a la humanidad se le niega su increíble y más espontánea belleza.
La verdadera humanidad y el canon de su verdad no están a la venta en el centro de nuestras ciudades, sino en los barrios abandonados a su mala suerte, en los campos de refugiados, en los rincones del mundo donde la humanidad sufre y es oprimida o excluida. Allí es donde te podemos encontrar a ti y donde podemos redescubrir nuestro propio corazón. Cuando nos acercamos al borde, al límite de lo humano, es cuando descubrimos el centro, tu centro y nuestro centro.
Tus caminos no son nuestros caminos, ni tus modos de hacer son como los nuestros.
