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| Mons. Mario Espinoza Contreras Obispo de Mazatlán |
Esta hermosa y gratificante experiencia de lealtad y perseverancia, ha sido una realidad en la existencia fecunda de Benedicto XVI. Desde muy joven empezó a sentir que Dios quería algo para él, y luego vislumbró que su llamado era hacia el sacerdocio, y así ingreso al seminario de Traunstein; a los 16 años junto con sus compañeros fue obligado a integrarse al servicio militar activo, y al año siguiente, cuando el comandante de la compañía les preguntó que querían ser en el futuro, Joseph Ratzinger con valentía y sinceridad respondió que quería ser sacerdote católico, no temió dar su respuesta, aun sabiendo que no le agradaría al subteniente que escuchó con desprecio, y afirmó con arrogancia que en la “nueva Alemania no había necesidad de curas”. El joven Joseph perseveró en su determinación vocacional, así vivió las inclemencias de la Segunda Guerra Mundial, donde incluso fue hecho prisionero, y al cabo de unos meses salió libre; y en las vicisitudes, carencias e infortunios de la post-guerra, realizó con suma dedicación su formación sacerdotal siendo consecuente con su llamado sacerdotal.
