Muy queridos hermanos, hermanas,
fieles laicos de Cristo Jesús; queridos hermanos miembros del Venerable Cabildo
Metropolitano:
La ceremonia que vamos a tener en
estos momentos es sumamente sencilla, pero con un grande significado. Vamos a
bendecir las cenizas pidiéndole a Dios Nuestro Padre que, a través de las
prácticas cuaresmales nosotros sus fieles, podamos llegar con alma purificada a
celebrar las fiestas Pascuales de su Hijo.
La oración nos descubre el sentido
profundo de la ceniza, el sentido profundo de la Cuaresma: no es otro más que
prepararnos para celebrar las fiestas Pascuales.
¿En qué consiste celebrar las fiestas Pascuales? Por supuesto que dentro
de cuarenta días, en esta misma Catedral, llegaremos a celebrar esos ritos
solemnes por los cuales Cristo Jesús Resucitado se hace presente en medio de
nosotros después de haber pasado por el sufrimiento, la cruz y la muerte. Es
celebrar la muerte y la resurrección del Señor; pero no solamente con unos
ritos litúrgicos, con una ceremonia, sino celebrar en nuestra propia vida esa
muerte y esa resurrección de Cristo.
Eso es celebrar el Misterio Pascual: muriendo cada día al pecado y
comenzando la novedad de vida, un camino nuevo.
Evidentemente ninguno de nosotros
puede morir al pecado, puede ser un hombre nuevo con sus propias fuerzas, con
sus propias capacidades. Necesitamos atender la voz del profeta:
"Vuélvanse al Señor; todavía es tiempo, vuélvanse al Señor".
Y eso es lo principal que tenemos que hacer como prácticas cuaresmales:
acercarnos al Señor. Son muchos caminos por los cuales podemos llegar a una
intimidad de estar realmente cerca del Señor, tener un encuentro vivo con
Jesucristo.
En primer lugar, por supuesto, con
la oración, la oración continúa. Esa comunicación familiar con el Señor que se
hace presente en nuestra vida. Es un camino, pero un camino ante todo de amor.
Ese amor es el que tiene que llevarnos a una relación más cercana con Cristo
Jesús, presente en nuestro caminar. Nosotros no podemos cambiar nuestra vida,
nosotros no podemos dejar el pecado por nuestras propias fuerzas, no podemos
emprender la novedad de vida si Cristo Jesús no nos guía, si Él no nos da la
fuerza para vencer al enemigo, si Él no se hace presente en nuestro caminar.
Por eso, en las prácticas cuaresmales está la oración.
La oración que tiene que brotar, no como una exigencia impuesta, sino
como una exigencia del amor. Y también esta el amor al prójimo: ahí es donde
tenemos que descubrir el rostro del Señor.
En la vida de todos los días tenemos que encontrarnos con el Señor que
vive en medio de nosotros y se hace presente, sobre todo, a través de los más
necesitados, de aquellos que necesitan una palabra nuestra, una sonrisa, una
ayuda económica, una visita porque están enfermos o están encarcelados. Ahí es
donde el Señor quiere que nosotros lo descubramos, que nosotros nos encontremos
con Él.
Le pedimos al Señor llegar con el alma purificada a celebrar las Fiestas
Pascuales. Sólo el Señor nos puede purificar, sólo el Señor puede darnos la
fuerza para poder vivir en nosotros esa muerte y esa resurrección de Cristo.
Por supuesto que esa cercanía con el Señor no produce en nosotros
cambios mágicos. El Señor siempre espera de nosotros una respuesta; una
respuesta que se tiene que dar día tras día, por eso tenemos que emprender el
camino de una conversión interior. No solamente con obras externas; sino desde
dentro tenemos que cambiar. Tenemos que cambiar nuestro corazón, nuestros
sentimientos, nuestros afectos, tenemos que cambiar interiormente para
emprender ese camino de muerte y novedad de vida.
Esa conversión es exigente,
necesita un verdadero esfuerzo, necesita actos de penitencia que se deben
manifestar, sobre todo como decía anteriormente, en la vida diaria, en aquello
que el Señor nos ha encomendado. No es fácil cambiar, aunque el Señor nos ofrezca
su gracia y su fuerza. Necesitamos poner también nuestra decisión para el
estudio, para el trabajo, para llevar a cabo aquella empresa que el Señor ha
depositado en nuestras manos.
Muchas veces quisiéramos nosotros
que el cambio personal, que el cambio social se diera como por arte de magia,
por unas elecciones, por una ley, por un decreto. No: es necesario el esfuerzo,
es necesario el trabajo, es necesaria la renuncia. Por eso el Señor nos pide
ese camino de conversión que lleva consigo siempre penitencia, esfuerzo,
sacrificio.
Nosotros muchas veces pensamos que
eso del sacrificio ya es cosa del pasado. No hay redención, no hay salvación,
sin la cruz, sin el sacrificio. Sería engañar al pueblo cristiano si dijéramos
que eso es de siglos pasados. Si realmente queremos una transformación personal
y social tenemos que amar el sacrificio, tenemos que amar la renuncia, tenemos
que amar el trabajo, tenemos que amar esa dedicación con la cual se pueden
construir las personas y la sociedad.
Hermanos, hermanas, éste es el tiempo de
gracia, éste es día de salvación. Que al bendecir las cenizas se realice en
nosotros ese anhelo, que a través de las prácticas cuaresmales lleguemos con
alma purificada a celebrar los Misterios Pascuales, la muerte y la resurrección
del Señor, la muerte propia al pecado y la novedad de vida en nuestra
existencia.