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lunes, 11 de noviembre de 2013

Comunicado de la Conferencia del Episcopado Mexicano. Nombramiento Obispo de Colima


México, D.F., 11 de noviembre 2013

B. 66 / 2013

COMUNICADO

La Secretaría General de la Conferencia del Episcopado Mexicano, comunica que Su Santidad Francisco ha aceptado la renuncia al oficio de Obispo de Colima, que S. E. Monseñor José Luis Amezcua Melgoza, en conformidad a los cánones 401 § 1 y 411 del Código de Derecho Canónico había presentado, y se ha dignado nombrar nuevo Obispo de Colima, a S. E. Mons. Marcelino Hernández Rodríguez, al presente Obispo de Orizaba.

La noticia fue publicada en L’Osservatore Romano en Roma al mediodía de este lunes 11 noviembre de 2013.

+ Eugenio Lira Rugarcía
Obispo Auxiliar de Puebla
Secretario General de la CEM

miércoles, 2 de octubre de 2013

Santos ángeles custodios: el Señor les ha mandado cuidarnos en nuestros caminos. Escrito por Mons. Eugenio Lira Rugarcía Secretario General de la CEM y Obispo Auxiliar de Puebla


Miércoles 2 de octubre

Hoy celebramos a los santos ángeles custodios. La palabra “ángel” proviene del griego “ággelos”, mensajero. Los ángeles, de cuya existencia da testimonio la Biblia y la Tradición de la Iglesia, han sido creados por Dios, como seres puramente espirituales e inmortales, dotados de inteligencia y voluntad.

Los ángeles son servidores y mensajeros de Dios (cfr. Sal 103, 20). Por eso, la Iglesia les tributa un culto de veneración, que en primera instancia se dirige a su creador: Dios (cfr. Hch 5, 18-20). Ellos, como lo expresa el propio Jesús (cfr. Mt 18,10), son una manifestación del cuidado amoroso que Dios tiene hacia nosotros. "Cada fiel –explica san Basilio– tiene a su lado un ángel como protector y pastor para conducirlo a la vida". De esta manera, como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, podemos participar, ya desde esta tierra, en la sociedad bienaventurada de los ángeles y de los hombres, unidos en Dios.

El salmista exclama que el Señor, “ha dado órdenes a sus ángeles de guardarte en todos tus caminos” (Sal 91,11). Meditando esta verdad, san Bernardo nos dice: “Estas palabras deben inspirarte una gran reverencia…. y conferirte una gran confianza... Están presentes para protegerte… en beneficio tuyo. Y, aunque lo están porque Dios les ha dado esta orden, no por ello debemos dejar de estarles agradecidos”.

La devoción a los ángeles nos conduce a adorar y amar a su creador: Dios, quien los ha enviado para protegernos, aconsejarnos y guiarnos a Él, en quien la vida se hace plena y eterna. Los ángeles, mensajeros de Dios, nos ayudan a comprender que nunca estamos solos ¡jamás! ni siquiera en los momentos más difíciles. A través de ellos, el Señor nos muestra su amor, su cercanía, su interés particular por cada uno de nosotros.

“Seamos, pues, devotos y agradecidos a unos guardianes tan eximios –aconseja san Bernardo– correspondamos a su amor…. Sin embargo, no olvidemos que todo nuestro amor y honor ha de tener por objeto a aquel de quien procede todo… gracias al cual podemos amar y honrar, ser amados y honrados” .

Los ángeles nos conducen a Dios. Por eso, “aunque nos queda por recorrer un camino tan largo y tan peligroso –concluye san Basilio– nada debemos temer bajo la custodia de unos guardianes tan eximios. Ellos, los que nos guardan en nuestros caminos, no pueden ser vencidos ni engañados, y menos aún pueden engañarnos. Son fieles, son prudentes, son poderosos: ¿por qué espantarnos? Basta con que los sigamos, con que estemos unidos a ellos, y viviremos así a la sombra del Omnipotente”

viernes, 30 de agosto de 2013

Santa Rosa de Lima, patrona de América. Mensaje de Mons. Eugenio Andrés Lira Rugarcía. Obispo Auxiliar de Puebla y Secretario General de la CEM



Hoy celebramos a santa Rosa de Lima, patrona de América, nacida en Perú en 1586, y de quien el beato Juan Pablo II decía: “Joven mestiza, enamorada de Cristo y de su cruz, Rosa representa una primicia de santidad florecida en América precisamente en el alba del anuncio del Evangelio”.

Muy jovencita aún Rosa, que trabajaba el día entero para ayudar al sostenimiento de su hogar, vistió el hábito de la Tercera Orden de Santo Domingo. En el jardín de su casa ella misma construyó una ermita, donde se dedicó a la oración y a la penitencia, realizando notables progresos en el camino de la virtud y de la contemplación de los misterios divinos. La ermita se transformó en un grandioso templo, recientemente inaugurado.

En 1615, cuando buques corsarios holandeses estaban a punto de atacar la Ciudad, Rosa reunió a las mujeres de Lima en la Iglesia de Nuestra Señora del Rosario para orar ante el Santísimo implorando la salvación de Lima. Apenas llegada la noticia del desembarco, la santa subió al Altar, dispuesta a defender con su vida a Cristo Eucaristía reservado en el Sagrario.

Pero entonces el capitán de la flota falleció en su barco, lo que provocó la retirada de las naves invasoras, que ya no atacaron la Ciudad. La gente atribuyó este hecho a la intercesión de santa Rosa, quien el Domingo de Ramos de 1617 recibió de Dios la gracia del "Desposorio Místico"; en la Capilla del Rosario, Jesús le dijo "Rosa de Mi Corazón, yo te quiero por Esposa", a lo que ella respondió "Tuya soy y Tuya seré".

Rosa de Lima, con su vida sencilla y austera su carácter dulce, su ardiente palabra y su apostolado entre los pobres, los indios y los enfermos, fue también una intrépida evangelizadora, testimonio elocuente del papel decisivo que la mujer ha tenido y sigue teniendo en el anuncio del Evangelio. 

Santa Rosa fue llamada a la vida eterna en 1617. Sus restos se veneran en la Basílica de Nuestra Señora del Rosario de Lima con gran devoción de los fieles peruanos y de América. En uno de sus escritos, santa Rosa nos dice: “Que todos sepan que la tribulación va seguida de la gracia… ¡Ojalá todos… conocieran el gran valor de la divina gracia… lo inmenso de los tesoros que alberga!... Nadie se quejaría de sus cruces y sufrimientos”.

Mensaje del Consejo de Presidencia de la CEM en ocasión del Día del Adulto Mayor


El 28 de agosto México celebra el Día del Adulto Mayor. “El don de la vida –decía Juan Pablo II–, a pesar de la fatiga y el dolor, es demasiado bello y precioso para que nos cansemos de él” (Carta a los Ancianos, 1999, n. 1). Incluso, san Jerónimo afirmaba que la vejez tiene sus ventajas, ya que “acrecienta la sabiduría” (Comentario a Amos, II, prólogo).

La Biblia nos ofrece el testimonio de adultos mayores que realizaron grandes proezas. Por ejemplo, Moisés era ya anciano cuando Dios le confió la misión de liberar a su pueblo de la esclavitud en Egipto (cfr. Ex 3, 7-10), como anuncio de la plena liberación del pecado que el Padre, creador de todas las cosas, realizaría a favor de la humanidad por medio de su Hijo, nacido por obra del Espíritu Santo de la Virgen María, a quien supieron reconocer y anunciar a los demás dos adultos mayores: Simeón y Ana (cfr. Lc 2, 29-38).

Estos ejemplos, y muchos más, nos permiten comprobar aquello que exclama el salmista: “El justo… en la vejez seguirá dando fruto y estará lozano y frondoso para proclamar que el Señor es justo” (Sal 92, 15). No obstante, algunos pueblos, cediendo a una mentalidad que pone en primer término la utilidad inmediata y la productividad, han llegado a concebir la senectud de manera negativa, hasta relegar y olvidar a los adultos mayores.

¡Cuántos abuelitos y abuelitas sufren, además del progresivo deterioro de sus capacidades físicas, motrices y mentales, soledad, desprecio y abandono! ¡Cuántos padecen pobreza, indigencia, explotación, discriminación, maltrato, diversas formas de violencia, carencia de servicios de salud y de oportunidades para seguirse desarrollando física, afectiva, intelectual, espiritual, social y laborablemente!

Frente a esta realidad, es preciso recodar la enseñanza divina: “Ponte en pie ante las canas y honra el rostro del anciano” (Lv 19, 32). Los adultos mayores ofrecen un aporte invaluable a la familia y a la sociedad. “Ellos son depositarios de la memoria colectiva y, por eso, intérpretes privilegiados del conjunto de ideales y valores comunes que rigen y guían la convivencia social” (Juan Pablo II, Carta a los Ancianos, 1999, n. 10). 

Incluso, la fragilidad humana, que se hace más visible en la ancianidad, nos demuestra que todos nos necesitamos y nos enriquecemos mutuamente. Los adultos mayores necesitan de los más jóvenes y los más jóvenes necesitan de los adultos mayores, quienes, como ha recordado el Papa Francisco, comunican a la familia “ese patrimonio de humanidad y de fe que es esencial para toda sociedad” (Homilía, 26 de julio 2013).

“Las armas defensivas de la vejez –señalaba Cicerón–… son… la puesta en práctica de las virtudes cultivadas a lo largo de la vida” (Catón o Sobre la vejez, III, 9). Estas “armas defensivas” permiten al adulto mayor enfrentar el sufrimiento causado por la enfermedad, la soledad u otras situaciones relacionadas con la edad avanzada. Particularmente el don de la fe le ayuda a descubrir que nunca esta sólo; que Dios está con él, dando sentido a su vida y ofreciéndole una esperanza tan grande y definitiva, que hace que valga la pena el esfuerzo del camino.

Efectivamente, la vida es una peregrinación hacia la patria celestial. La ancianidad es el último tramo de ese recorrido. Y aunque es natural que al adulto mayor le cueste resignarse ante la perspectiva de este paso, la fe le da la certeza de que quien cree en Cristo, “no morirá jamás” (Jn 11, 25-26). Esta esperanza ha de fortalecerle para seguir dando cada día lo mejor de sí a los demás ¡Tiene tanto que dar a las nuevas generaciones, con sus palabras, sus acciones, su ejemplo y su oración! ¡Gracias a los adultos mayores por lo que son y por todo lo que han aportado y siguen aportando a la familia y a la sociedad!

Conscientes de esto, procuremos construir una sociedad que valore, respete, incluya, promueva y asista a los ancianos. Reconozcamos, agradezcamos y apoyemos aquellas loables iniciativas que les brindan cuidado y aquellas que les permiten seguir cultivándose física, afectiva, intelectual, espiritual y socialmente, y ser útiles a los demás, teniendo presente aquella sentencia de Cicerón: “La ancianidad es llevadera si se defiende a sí misma, si conserva su derecho…si hasta su último momento el anciano es respetado entre los suyos” (Catón o Sobre la vejez, X, 38). 


+ José Francisco, Card. Robles Ortega
Arzobispo de Guadalajara
Presidente de la CEM 


+ Eugenio Lira Rugarcía
Obispo Auxiliar de Puebla
Secretario General de la CEM

miércoles, 7 de agosto de 2013

Paulo VI: la gratitud de la fe. Autor: Mons. Eugenio Andrés Lira Rugarcía Obispo Auxiliar de Puebla y Secretario General de la CEM

El día de ayer, Fiesta de la Transfiguración del Señor, se cumplieron 35 años desde que Dios llamó al cielo a su Siervo el Papa Paulo VI, a quien correspondió retomar el Concilio Vaticano II convocado por su predecesor el beato Juan XXIII, y llevarlo a término. En la última sesión, Paulo VI afirmaba que el Concilio –del que estamos celebrando el quincuagésimo aniversario– entrega a la posteridad la imagen de la Iglesia y el patrimonio de su doctrina y de sus mandamientos, recibidos de Cristo, idóneos para quien quienquiera alimentar su propia existencia[1].

Giovanni Battista Enrico Antonio Maria Montini, nació el 26 de septiembre de 1897 en Concesio, Brescia. Fue ordenado sacerdote en 1920. Habiendo estudiado Derecho Civil y Canónico, así como Filosofía y Letras, ingresó a la Academia Pontificia Eclesiástica. Luego de prestar servicios en la Nunciatura Apostólica en Polonia, fue nombrado Sustituto para los Asuntos Ordinarios de la Secretaría de Estado del Vaticano. Bajo el pontificado de Pío XII fue responsable de organizar el extenso trabajo del cuidado de refugiados políticos durante la Segunda Guerra Mundial. 

En 1954 fue consagrado Arzobispo de Milán. Por su mensaje social del Evangelio y su cercanía a los obreros fue llamado "Arzobispo de los trabajadores". Además, fue gran promotor de la educación y de la prensa católicas. En 1958, Juan XXIII le hizo Cardenal, y le encomendó trabajar en las comisiones Central preparatoria y Técnica de la Organización del Concilio Vaticano II.

Tras la muerte de Juan XXIII, Montini fue elegido Sumo Pontífice el 21 de junio de 1963 y tomó el nombre de Paulo VI. Continuó los trabajos del Concilio, que terminó en 1965. Creó nuevos dicasterios y secretariados en la Curia Romana, para responder a las necesidades de la Iglesia y del mundo. Favoreció el diálogo con la cultura, con las diversas denominaciones cristianas y con diferentes religiones, y contribuyó a extender la labor social y caritativa de la Iglesia.

Deseoso de cumplir el mandato de Cristo que nos ha enviado a anunciar el Evangelio a todas partes, fue el primer Papa en usar un avión para sus numerosos viajes en Italia y el extranjero, siendo el primero en visitar los cinco continentes en 9 viajes pastorales internacionales.

Su profundo pensamiento se expresa en sus encíclicas Ecclesiam suam, Populorum progressio y Humanae Vitae; en su Carta Octogesima adveniens, en su Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi, y en su profesión de fe, conocida como Credo del Pueblo de Dios.

Paulo VI fue llamado a la vida eterna el 6 de agosto de 1978. En su testamento espiritual dejó escritas estas hermosas palabras: “Ahora que la jornada llega al crepúsculo y todo termina y se desvanece esta estupenda y dramática escena temporal y terrena, ¿cómo agradecerte, Señor, después del don de la vida natural, el don muy superior de la fe y de la gracia, en el que únicamente se refugia al final mi ser?”[2].

Ojalá que, como el Papa Paulo VI, también nosotros valoremos el don inigualable de la fe; lo alimentemos y lo testimoniemos, comunicando a cuantos tratan con nosotros la alegría de creer en Dios.

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[1] Alocución en la última sesión pública del Concilio Ecuménico Vaticano II, 7 diciembre 1965.

[2] www.vatican.va.

martes, 9 de julio de 2013

CARTA ENCÍCLICA LUMEN FIDEI DEL SUMO PONTÍFICE FRANCISCO: Resumen preparado por la Secretaría General de la CEM

Fechada el 29 de junio de 2013, solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo, el Papa Francisco ha dirigido a los obispos, presbíteros, diáconos, personas consagradas y fieles laicos la primera encíclica de su Pontificado, titulada “Lumen Fidei” (La Luz de la Fe), en el marco del Año de la Fe, convocado por su predecesor en ocasión del 50 aniversario del Concilio Vaticano II y de los 20 años del Catecismo de la Iglesia Católica.

El Papa Francisco comenta que estas consideraciones sobre la fe habían sido prácticamente completadas por el Papa Benedicto XVI. “Se lo agradezco de corazón –dice– y, en la fraternidad de Cristo, asumo su precioso trabajo, añadiendo al texto algunas aportaciones. El Sucesor de Pedro, ayer, hoy y siempre, está llamado a «confirmar a sus hermanos» en el inconmensurable tesoro de la fe, que Dios da como luz sobre el camino de todo hombre” (n. 7).

Tras afirmar que quien cree ve con una luz que ilumina todo el trayecto del camino (n. 1), el Santo Padre comenta que muchos contemporáneos nuestros piensan que la fe es ilusoria; que creer es lo contrario de buscar, como decía Nietzsche. Para ellos, la fe es un espejismo que nos impide avanzar con libertad hacia el futuro (n. 2). Sin embargo, poco a poco se ha visto que la luz de la sola razón no logra iluminar suficientemente; que al renunciar a la búsqueda de una luz grande, de una verdad grande, el hombre se ha contentado con pequeñas luces que alumbran el instante fugaz, incapaces de abrir el camino. “Cuando falta la luz, todo se vuelve confuso, es imposible distinguir el bien del mal, la senda que lleva a la meta de aquella otra que nos hace dar vueltas y vueltas, sin una dirección fija” (n. 3).

Ante esto, el Papa señala que es urgente recuperar el carácter luminoso de la fe, capaz de iluminar toda la existencia del hombre. “La fe nace del encuentro con el Dios vivo, que nos llama y nos revela su amor, un amor que nos precede y en el que nos podemos apoyar para estar seguros y construir la vida. Transformados por este amor… experimentamos que en él hay una gran promesa de plenitud… La fe, que recibimos de Dios como don sobrenatural, se presenta como luz en el sendero, que orienta nuestro camino en el tiempo… que nos desvela vastos horizontes, y nos lleva más allá de nuestro «yo» aislado, hacia la más amplia comunión” (n. 4).



CAPÍTULO PRIMERO

HEMOS CREÍDO EN EL AMOR

(cf. 1Jn 4,16)



El Papa explica que, dado que la fe nos abre el camino y acompaña nuestros pasos a lo largo de la historia, para entender lo que es, tenemos que considerar el camino de los creyentes, entre los que destaca Abrahán, a quien Dios le dirige la Palabra, revelándose como un Dios capaz de entrar en contacto con el hombre y establecer una alianza con él (n. 8). Lo que esta Palabra comunica a Abrahán es una llamada a salir de su tierra, una invitación a abrirse a la promesa de una vida nueva: ser padre de un gran pueblo (cf. Gn 13,16; 15,5; 22,17) (n. 9). Lo que se pide a Abrahán es que se fíe de esta Palabra, que es lo más seguro e inquebrantable. “El hombre es fiel creyendo a Dios, que promete –escribe san Agustín–; Dios es fiel dando lo que promete al hombre” (In Psal. 32, II) (n.10). El Dios que pide a Abrahán que se fíe totalmente de él, es aquel que es origen de todo y que todo lo sostiene (n. 11).

En el libro del Éxodo, la historia del pueblo de Israel sigue la estela de la fe de Abrahán, hacia la tierra prometida (n. 12). Un pueblo, sin embargo, que ha caído muchas veces en la tentación de la incredulidad, prefiriendo adorar al ídolo, fabricado por el hombre. “La idolatría no presenta un camino, sino una multitud de senderos, que no llevan a ninguna parte, y forman más bien un laberinto. Quien no quiere fiarse de Dios se ve obligado a escuchar las voces de tantos ídolos que le gritan: «Fíate de mi» (n. 13).

“La fe, en cuanto asociada a la conversión, es lo opuesto a la idolatría. Creer significa confiarse a un amor misericordioso que siempre acoge y perdona, que sostiene y orienta la existencia, que se manifiesta poderoso en su capacidad de enderezar lo torcido de nuestra historia. La fe consiste en la disponibilidad para dejarse transformar una y otra vez por la llamada de Dios” (n. 13).

En la fe de Israel destaca también la figura de Moisés, el mediador que habla con Dios y transmite a todos la voluntad del Señor. Así, el acto de fe individual se inserta en una comunidad. Esta mediación es difícil de comprender cuando se tiene una concepción individualista y limitada del conocimiento (n. 14).

“Abrahán... saltaba de gozo pensando ver mi día; lo vio, y se llenó de alegría” (Jn 8,56). Según estas palabras de Jesús, la fe de Abrahán estaba orientada ya a él. La fe cristiana es confesar que Jesús es el Señor, y Dios lo ha resucitado de entre los muertos (cf. Rm 10,9). La vida de Jesús es la manifestación suprema y definitiva de Dios, de su amor por nosotros. “La fe cristiana es fe en el Amor pleno, en su poder eficaz, en su capacidad de transformar el mundo e iluminar el tiempo... La fe reconoce el amor de Dios manifestado en Jesús como el fundamento sobre el que se asienta la realidad y su destino último” (n. 15).

La mayor prueba de la fiabilidad del amor de Cristo se encuentra en su muerte por nosotros (cf. Jn 15,13). “En este amor, que no se ha sustraído a la muerte para manifestar cuánto me ama, es posible creer… nos permite confiarnos plenamente en Cristo” (n. 16). Porque Jesús es el Hijo, porque está radicado de modo absoluto en el Padre, ha podido vencer a la muerte y hacer resplandecer plenamente la vida.

La fe es creer que Cristo es la manifestación máxima del amor de Dios y unirnos a él para poder creer. La fe mira a Jesús y mira desde el punto de vista de Jesús, el Hijo que nos explica a Dios (cf Jn 1,18). “«Creemos a» Jesús cuando aceptamos su Palabra, su testimonio, porque él es veraz (cf Jn 6,30). «Creemos en» Jesús cuando lo acogemos personalmente en nuestra vida y nos confiamos a él, uniéndonos a él mediante el amor y siguiéndolo a lo largo del camino” (n. 17).

Para que pudiésemos conocerlo, acogerlo y seguirlo, el Hijo de Dios ha asumido nuestra carne. La fe cristiana es fe en la encarnación del Verbo y en su resurrección en la carne; es fe en un Dios que se ha hecho tan cercano, que ha entrado en nuestra historia. “La fe en el Hijo de Dios hecho hombre en Jesús de Nazaret no nos separa de la realidad, sino que nos permite captar su significado profundo, descubrir cuánto ama Dios este mundo y cómo lo orienta hacía sí; y esto lleva al cristiano a comprometerse, a vivir con mayor intensidad todavía el camino sobre la tierra” (n. 18).

La fe en Cristo nos salva porque en él la vida se abre radicalmente a un Amor que nos precede y nos transforma, que obra en nosotros y con nosotros; que ilumina el origen y el final de la vida, el arco completo del camino humano (n. 20). El cristiano puede tener los ojos de Jesús, su condición filial, porque se le hace partícipe de su Amor, que es el Espíritu (n. 21). De este modo, la existencia creyente se convierte en existencia eclesial: todos los creyentes forman un solo cuerpo en Cristo. “Los cristianos son «uno» (cf. Ga 3,28), sin perder su individualidad, y en el servicio a los demás cada uno alcanza hasta el fondo su propio ser”. La fe se confiesa dentro del cuerpo de Cristo; nace de la escucha y está destinada a convertirse en anuncio (n. 22).



CAPÍTULO SEGUNDO

SI NO CREÉIS, NO COMPRENDERÉIS

(cf. Is 7,9)

“El hombre tiene necesidad de conocimiento, tiene necesidad de verdad, porque sin ella no puede subsistir, no va adelante” (n. 24). En la cultura contemporánea se tiende a aceptar como verdad sólo la verdad tecnológica o las verdades del individuo, relativas. La verdad grande, que explica la vida personal y social en su conjunto, es vista con sospecha, como raíz de los totalitarismos y de los fanatismos (n. 25). Sin embargo, la fe, “aporta la visión completa de todo el recorrido y nos permite situamos en el gran proyecto de Dios; sin esa visión, tendríamos solamente fragmentos aislados de un todo desconocido” (n. 29).

Con su encarnación, Jesús nos ha tocado y, a través de los sacramentos, también hoy nos toca. Con la fe, nosotros podemos tocarlo, y recibir la fuerza de su gracia” (n. 31). La fe puede iluminar los interrogantes de nuestro tiempo. En lugar de hacernos intolerantes, la seguridad de la fe nos pone en camino y hace posible el testimonio y el diálogo con todos. Ensancha los horizontes de la razón para iluminar mejor el mundo que se presenta a los estudios de la ciencia (n. 34). Ilumina el camino de todos los que buscan a Dios. Favorece el diálogo con los seguidores de las diversas religiones. Y al configurarse como vía, concierne también a los que, aunque no crean, desean creer y no dejan de buscar. “Quien se pone en camino para practicar el bien se acerca a Dios, y ya es sostenido por él” (n. 35).

Al tratarse de una luz, la fe nos invita a adentrarnos en ella. Del deseo de conocer mejor lo que amamos, nace la teología cristiana, que participa en la forma eclesial de la fe, donde el Magisterio del Papa y de los Obispos en comunión con él, asegura el contacto con la fuente originaria, la Palabra de Dios en su integridad (n. 36).



CAPÍTULO TERCERO

TRANSMITO LO QUE HE RECIBIDO

(cf. 1 Co 15,3)

La fe, que nace de un encuentro, tiene necesidad de transmitirse. Y mediante una cadena ininterrumpida de testimonios llega a nosotros. La Iglesia es una Madre que nos enseña el lenguaje de la fe. “El Amor, que es el Espíritu y que mora en la Iglesia, mantiene unidos entre sí todos los tiempos y nos hace contemporáneos de Jesús, convirtiéndose en el guía de nuestro camino de fe” (n. 38). La Iglesia transmite a sus hijos el contenido de su memoria, mediante la tradición apostólica. En la liturgia, por medio de los sacramentos, se comunica esta riqueza (n. 40). La transmisión de la fe se realiza en primer lugar mediante el bautismo, que nos convierte en hijos adoptivos de Dios. Ahí recibimos también una doctrina que profesar y una forma concreta de vivir, que nos pone en el camino del bien (n. 41). El bautizado, rescatado de la muerte, “puede ponerse en pie sobre el «picacho rocoso» (cf. Is 33,16) porque ha encontrado algo consistente donde apoyarse” (n. 43).

San Agustín decía que a los padres corresponde no sólo engendrar a los hijos, sino también llevarlos a Dios, para que sean regenerados como hijos de Dios por el bautismo y reciban el don de la fe (cf. De nuptiis et concupiscentia, I,4,5) (n. 43). La naturaleza sacramental de la fe alcanza su máxima expresión en la Eucaristía, alimento para la fe, “encuentro con Cristo presente realmente con el acto supremo de amor, el don de sí mismo, que genera vida; que nos introduce, en cuerpo y alma, en el movimiento de toda la creación hacia su plenitud en Dios” (n. 44).

En la celebración de los sacramentos, la Iglesia transmite su memoria, en particular mediante la profesión de fe, en la que “toda la vida se pone en camino hacia la comunión plena con el Dios vivo”. El Credo tiene una estructura trinitaria. Así afirma que el secreto más profundo de todas las cosas es la comunión divina; que este Dios comunión, intercambio de amor entre el Padre y el Hijo en el Espíritu, es capaz de abrazar la historia del hombre, de introducirla en su dinamismo de comunión. Quien confiesa la fe, “no puede pronunciar con verdad las palabras del Credo sin ser transformado, sin inserirse en la historia de amor que lo abraza, que dilata su ser haciéndolo parte de una comunión grande, la Iglesia” (n. 45).

Otros dos elementos esenciales en la transmisión fiel de la memoria de la Iglesia son la oración del Señor, elPadrenuestro, y el decálogo (cf. Ex 20,2), cuyos preceptos, que alcanzan su plenitud en Jesús (cf. Mt 5-7), “hacen salir del desierto del «yo» cerrado en sí mismo, y entrar en diálogo con Dios, dejándose abrazar por su misericordia para ser portador de su misericordia” (n. 46).

La fe debe ser confesada en su pureza e integridad (cf. 1 Tm 6,20) (n. 48). Como servicio a la unidad de la fe y a su transmisión íntegra, el Señor ha dado a la Iglesia el don de la sucesión apostólica. El Magisterio habla siempre en obediencia a la Palabra originaria sobre la que se basa la fe (n. 49).



CAPÍTULO CUARTO

DIOS PREPARA UNA CIUDAD PARA ELLOS

(cf. Hb 11,16)



Al presentar la fe de los patriarcas y de los justos del Antiguo Testamento, la Carta a los Hebreos pone de relieve que ésta no es sólo un camino, sino también edificación de un lugar en el que los hombres puedan convivir (cf. 11,7) (n. 50). Por su conexión con el amor (cf. Ga 5,6), la fe ilumina las relaciones humanas; se pone al servicio concreto de la justicia, del derecho y de la paz. Permite comprender la arquitectura de las relaciones humanas, porque capta su fundamento último y su destino definitivo en Dios, y así ilumina el arte de la edificación, contribuyendo al bien común. “Su luz no luce sólo dentro de la Iglesia ni sirve únicamente para construir una ciudad eterna en el más allá; nos ayuda a edificar nuestras sociedades, para que avancen hacia el futuro con esperanza… Las manos de la fe se alzan al cielo, pero a la vez edifican, en la caridad, una ciudad construida sobre relaciones, que tienen como fundamento el amor de Dios” (n. 51).

El primer ámbito que la fe ilumina en la ciudad de los hombres es la familia. Fundados en este amor, hombre y mujer pueden prometerse amor mutuo para toda la vida. La fe, además, ayuda a captar en toda su profundidad y riqueza la generación de los hijos. (n. 53). En la familia, la fe está presente en todas las etapas de la vida. Por eso, es importante que los padres cultiven prácticas comunes de fe en la familia. Sobre todo los jóvenes deben sentir la cercanía y la atención de la familia y de la Iglesia. “Los jóvenes aspiran a una vida grande. El encuentro con Cristo amplía el horizonte de la existencia, le da una esperanza sólida que no defrauda. La fe no es un refugio para gente pusilánime... Hace descubrir una gran llamada, la vocación al amor, y asegura que este amor es digno de fe, que vale la pena ponerse en sus manos” (n. 52).

“¡Cuántos beneficios ha aportado la mirada de la fe a la ciudad de los hombres para contribuir a su vida común! Gracias a la fe, hemos descubierto la dignidad única de cada persona, que no era tan evidente en el mundo antiguo” (n. 54). La fe nos hace respetar más la naturaleza; nos invita a buscar modelos de desarrollo que consideren la creación como un don del que todos somos deudores; nos enseña a identificar formas de gobierno justas, reconociendo que la autoridad viene de Dios para estar al servicio del bien común. La fe afirma también la posibilidad del perdón e ilumina la vida en sociedad, poniendo todos los acontecimientos en relación con el origen y el destino de todo en el Padre que nos ama (n. 55).

Incluso, en la hora de la prueba, la fe nos ilumina. Por eso el Salmo 116 exclama: “Tenía fe, aún cuando dije: «¡Qué desgraciado soy!»” (v. 10). El cristiano sabe que siempre habrá sufrimiento, pero que le puede dar sentido, puede convertirlo en acto de amor, de entrega confiada en Dios, que no nos abandona, y de crecimiento en la fe y en el amor. Viendo la unión de Cristo con el Padre, incluso en el momento de mayor sufrimiento en la cruz (cf. Mc15,34), el cristiano aprende a participar en la misma mirada de Cristo. La muerte queda iluminada y puede ser vivida como la última llamada de la fe, el último “sal de tu tierra y ven”, pronunciado por el Padre (n. 56).

La luz de la fe no nos lleva a olvidamos de los sufrimientos del mundo. ¡Cuántos hombres y mujeres de fe han recibido luz de las personas que sufren! San Francisco de Asís, del leproso; la Beata Madre Teresa de Calcuta, de sus pobres. Acercándose a ellos, no les han quitado todos sus sufrimientos, ni han podido dar razón de todos los males que los aquejan. La luz de la fe no disipa todas nuestras tinieblas, sino que, como una lámpara, guía nuestros pasos en la noche, y esto basta para caminar. En Cristo, Dios mismo ha querido compartir con nosotros este camino y darnos luz. La fe va de la mano de la esperanza porque, aunque nuestra morada terrenal se destruye, tenemos una mansión eterna, que Dios ha inaugurado ya en Cristo, en su cuerpo (cf 2 Co 4,16-5,5). “En unidad con la fe y la caridad, la esperanza nos proyecta hacia un futuro cierto, que da un impulso y una fuerza nueva para vivir cada día” (n. 57).

BIENAVENTURADA LA QUE HA CREÍDO (Lc 1,4.5)

“La Madre del Señor es icono perfecto de la fe, como dice santa Isabel: «Bienaventurada la que ha creído» (Lc1,45). En la plenitud de los tiempos, la Palabra de Dios fue dirigida a María, y ella la acogió con todo su ser para que tomase carne en ella y naciese como luz para los hombres” (n. 58). A ella nos encomendamos, pidiendo que “esta luz de la fe crezca continuamente en nosotros, hasta que llegue el día sin ocaso, que es el mismo Cristo” (60).

miércoles, 15 de mayo de 2013

Mensaje de la Conferencia del Episcopado Mexicano con motivo del Día del Maestro



México, D.F., 15 de mayo de 2013

B. 31 / 2013

El 15 de mayo, desde 1918, celebramos en México el día del Maestro y de la Maestra, fecha que nos lleva a reflexionar en la importancia vital de la educación y en la gran misión de quienes ejercen el magisterio.

La Iglesia siempre ha valorado la educación, como lo muestra la labor educativa desplegada por clérigos, personas consagradas y laicos a lo largo de los siglos. En el caso de nuestra patria, ya en el siglo XVI fray Juan de Zumárraga fundó la Universidad de México, y muchos sacerdotes y religiosos se entregaron a la educación de los indígenas y la enseñanza superior estableciendo, por ejemplo, el colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco en 1533.

En fechas recientes, los obispos de México publicamos el documento “Educar para una nueva sociedad” (2012),en el que, manifestando nuestra preocupación ante algunos rezagos geográficos, económicos y culturales, y ante la realidad educativa del país, frecuentemente sometida por intereses económicos, ideológicos, políticos o gremiales, ofrecemos una propuesta educativa concreta, que parte de la concepción de la persona humana como una realidad irrepetible e insustituible, hombre o mujer, en unidad de cuerpo y alma, capaz de comprender, de amar, de relacionarse con el universo y darle sentido, abierta a la realidad histórica y creadora de cultura, y cuyo atributo principal es su dignidad y derechos, desde el inicio de su vida hasta su muerte natural.

La esencia de la educación es formar e impulsar a la persona para que logre el desarrollo de su conciencia y alcance la madurez de su ser, gracias a la integración armónica de sus capacidades. Es perfeccionar al ser humano a través de la adquisición de virtudes que enriquecen a la propia persona, al mundo y a los demás. Es introducir a la totalidad de los factores que integran la realidad, descubriendo su significado último y valorando cada uno en su justa dimensión.

Para enfrentar la emergencia educativa actual es indispensable recuperar la centralidad de la persona, asegurar una educación integral y de calidad para todos, educar en la verdad y en la libertad para promover la paz, reconocer el papel fundamental de la familia, lograr que la escuela y los maestros encuentren caminos para el cumplimiento de su misión, propiciar que los medios de comunicación sean instrumentos y no fines, promover la colaboración de gobierno y sociedad para una nueva acción educativa y formar a los formadores. Por nuestra parte, ofrecemos como Iglesia hacer de toda instancia eclesial y de toda acción pastoral un servicio educativo.

Conscientes de la importancia de la educación, podemos afirmar que la vocación del magisterio es una de las tareas más nobles al servicio de la humanidad. Los maestros, con su entrega de cada día como amigos y compañeros en el camino del ser y del saber, son constructores de la sociedad. La tarea educativa no es fácil; pero el ejemplo de grandes maestros y maestras, como Estefanía Castañeda (1872-1937), Moisés Sáenz Garza (1888-1941), y José Vasconcelos (1881-1959), son impulso para las y los docentes de hoy.

En este día, reconocemos la labor de aquellos maestros y maestras que, con su entrega de cada día, colaboran en la construcción de un México mejor. A todos ellos, les hacemos llegar una felicitación y nuestra gratitud, invitándoles a seguir adelante en esta importante misión, procurando su propia formación continua y el ejercicio digno y respetuoso de su profesión, procurando hacer de su vida testimonio de todo aquello que es auténticamente humano. ¡Muchas felicidades!

Por los obispos de México.

+Francisco, Cardenal Robles Ortega
Arzobispo de Guadalajara
Presidente de la CEM

+Eugenio Lira Rugarcía
Obispo Auxiliar de Puebla
Secretario General de la CEM

miércoles, 13 de marzo de 2013

Mensaje de la Conferencia del Episcopado Mexicano en ocasión de la elección del nuevo Papa Francisco I: 13 de marzo del 2013

Hermanas y hermanos:

Con inmensa gratitud a Dios nuestro Señor, que no deja de dar a su pueblo pastores según su corazón (Jer 3, 15), la Iglesia que peregrina en México, expresa su profunda alegría por la elección del Emmo. Cardenal Jorge Mario Bergoglio como Vicario de Cristo, Sucesor de San Pedro, Obispo de Roma y Sumo Pontífice de la Iglesia Católica, extendida por toda la tierra.

Ciertamente, hoy el nuevo Papa ha escuchado la voz del Señor que, a través de los cardenales electores, le ha dicho: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16,18). Así le ha confiado la misión de ayudarnos a confesar que Jesús es “el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16,16).

En este Año de la Fe, ante el nuevo Sumo Pontífice, podemos exclamar con san Jerónimo: “Yo no sigo un primado diferente del de Cristo; por eso, me pongo en comunión… con la cátedra de Pedro. Sé que sobre esta piedra está edificada la Iglesia” (Cartas I, 15, 1-2).

Para la Iglesia que peregrina en América Latina, la primera elección de un Sumo Pontífice nacido en el “Continente de la Esperanza”, es motivo de gran alegría. Es para nosotros un signo claro del amor de Dios por las iglesias que peregrinan en estas tierras, en medio de gozos y sufrimientos, de problemas y oportunidades. Es, en fin, una señal de amor que nos compromete a vivir cada día como verdaderos discípulos y misioneros de Cristo.

Queremos hacerlo, unidos al Sucesor de san Pedro, “principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como de la muchedumbre de los fieles” (Lumen gentium, 23), reconociendo que, en virtud de su función de Vicario de Cristo y Pastor de toda la Iglesia, tiene potestad plena, suprema y universal (cfr. Lumen gentium, 22), para guiarnos a la comunión con Cristo y entre nosotros.

Mientras en este itinerario cuaresmal nos encaminamos a celebrar la pasión, muerte y resurrección de Cristo, en quien se ha manifestado el amor de Dios que nos rescata del pecado y nos hace partícipes de su vida plena y eterna, expresamos a S. S. Francisco I nuestro amor, respeto, obediencia y fidelidad, al tiempo que ponemos en manos del Señor, por intercesión de Santa María de Guadalupe, su ministerio petrino, para que produzca frutos en abundancia, en bien de la Iglesia y del mundo entero.

Por los obispos de México:


+ Javier Navarro Rodríguez
Obispo de Zamora
Vicepresidente de la CEM


+ Eugenio Lira Rugarcía
Obispo Auxiliar de Puebla
Secretario General de la CEM

lunes, 18 de febrero de 2013

CARTA DE LA CONFERENCIA DEL EPISCOPADO MEXICANO AL PAPA

México, D.F., 12 de febrero del 2013
SEGE 6/13

Su Santidad Benedicto XVI

Beatísimo Padre:

Con estupor, pero también con espíritu de fe, los Obispos de México y los fieles que peregrinan en esta noble nación, hemos recibido la noticia de que Su Santidad, después de haber examinado reiteradamente ante Dios su conciencia, ha decidido renunciar, con plena libertad, al ministerio de Obispo de Roma, de forma que, desde el 28 de febrero de 2013, a las 20.00 horas, la sede de Roma, la sede de San Pedro, quedará vacante y deberá ser convocado el cónclave para la elección del nuevo Sumo Pontífice.

La Conferencia del Episcopado Mexicano agradece a Dios, rico en misericordia, el luminoso pontificado de Su Santidad, y expresa a usted, Santo Padre, su gratitud por haberse propuesto, como programa de gobierno, escuchar la palabra y la voluntad del Señor, y recordarnos que la Iglesia ha de ponerse en camino como Cristo para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios (cfr. Homilía en la Inauguración solemne del Pontificado, 24 de abril de 2005).

Gracias, Santidad, por testimoniar que Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él (1 Jn 4, 16); que es en la cruz donde se debe definir qué es el amor, y que la unión con Cristo es al mismo tiempo unión con todos los demás a los que él se entrega (cfr. Deus Caritas est, nn. 1, 12,14). Gracias por recordarnos que la esperanza es distintivo de los cristianos; que llegar a conocer a Dios es lo que significa recibir esperanza (cfr. Spe salvi, nn. 1,3). Gracias por ayudarnos a tomar conciencia que, siendo destinatarios del amor divino debemos convertirnos en instrumentos de su caridad, asumiendo solidariamente nuestras responsabilidades para favorecer un desarrollo integral, del que nadie quede excluido (cfr. Caritas in veritate, nn. 5 y 10).

Gracias Santo Padre por enseñarnos que quien conoce la Palabra divina conoce plenamente el sentido de cada criatura y es capaz de edificar la propia vida, entablando relaciones animadas por la rectitud y la justicia, empeñándose en la nueva evangelización (cfr. Verbum Domini, n. 6, 100 y 122). Gracias por hacernos ver que en la Santísima Eucaristía, Jesucristo viene a nuestro encuentro; nos acompaña y nos enseña la verdad del amor, que es la esencia misma de Dios, que nos impulsa a transformar las estructuras injustas para restablecer el respeto de la dignidad humana (cfr. Sacramentum Caritatis, nn. 1,2, 72 y 89).

Gracias Santidad por servir fiel y generosamente a la Iglesia y al mundo con obras, palabras, oración y sufrimiento. México siempre guardará el recuerdo de su amorosa solicitud, manifestada en su inolvidable Visita Pastoral, en la que nos animó a no dejarnos amedrentar por las fuerzas del mal, a ser valientes y trabajar para que la savia de nuestras raíces cristianas haga florecer nuestro presente y nuestro futuro, y así, mediante un esfuerzo solidario, renovar a la sociedad desde sus fundamentos para alcanzar una vida digna, justa y en paz para todos (cfr. Discurso de despedida, aeropuerto de León, 26 de marzo de 2012).

Sepa usted, Santo Padre, que nuestra gratitud se expresará de forma concreta, orando por usted para que Dios recompense su incondicional entrega, y procurando hacer vida las enseñanzas que por su medio nos ha dado, las cuales nos impulsan, particularmente en este Año de la Fe, a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo, y a la fidelidad a su Iglesia (cfr. Porta Fide, n. 6.).

Que Santa María de Guadalupe le acompañe en esta nueva etapa de su vida, e interceda por toda la Iglesia para que el Señor le conceda un Sucesor de Pedro según su santa voluntad.

Por los Obispos de México.

+ José Francisco, Card. Robles Ortega
Arzobispo de Guadalajara
Presidente de la CEM

+ Eugenio Andrés Lira Rugarcía
Obispo Auxiliar de Puebla
Secretario General de la CEM