Septiembre: mes de la Biblia
1. Nunca creer que somos los primeros que han leído la Santa Escritura. Muchos, muchísimos a través de los siglos la han leído, meditado, vivido, transmitido. Los mejores intérpretes de la Biblia son los santos.
2. La Escritura es el libro de la comunidad eclesial. Nuestra lectura, aunque sea a solas, jamás podrá ser en solitario. Para leerla con provecho, hay que insertarse en la gran corriente eclesial que conduce y guía el Espíritu Santo.
3. La Biblia es “Alguien”. Por eso se lee y celebra a la vez. La lectura mejor de la Biblia es la que se hace en la Liturgia.
4. El centro de la Santa Escritura es Cristo; por eso, todo debe leerse bajo la mirada de Cristo y cumplido en Cristo. Cristo es la clave interpretativa de la Santa Escritura.
5. Nunca olvidar que en la Biblia encontramos hechos y dichos, obras y palabras íntimamente unidas unas con otras; las palabras anuncian e iluminan los hechos, y los hechos realizan y confirman las palabras.
6. Una manera práctica y provechosa de leer la Escritura es comenzar con los santos Evangelios, seguir con los Hechos y las Cartas e ir entreverando con algún libro del Antiguo Testamento: Génesis, Éxodo, Jueces, Samuel, etcétera... No querer leer el libro del Levítico de corrido, por ejemplo. Los Salmos deben ser el libro de oración de los grupos bíblicos. Los profetas son el “alma del Antiguo Testamento: hay que dedicarles un estudio especial.
7. La Biblia se conquista como la ciudad de Jericó: dándole vueltas. Por eso, es bueno leer los lugares paralelos. Es un método entretenido, pero muy provechoso. Un texto esclarece al otro, según aquello de San Agustín: “El Antiguo Testamento queda patente en el Nuevo y el Nuevo está latente en el Antiguo”.
8. La Biblia debe leerse y meditarse con el mismo Espíritu con que fue escrita. El Espíritu Santo es su autor principal y es su principal intérprete. Hay que invocarlo siempre antes de comenzar a leerla y al final, dar gracias.
9. Nunca debe utilizarse la Santa Biblia para criticar y condenar a los demás.
10. Todo texto bíblico tiene un contexto histórico donde se originó y un contexto literario donde se escribió. Un texto bíblico, fuera de su contexto histórico y literario, es un pretexto para manipular la Palabra de Dios. Esto es tomar el nombre de Dios en vano.
+ Mario De Gasperín Gasperín
Obispo de Querétaro
Te comparto este blog que fue realizado cuando conducía el programa "Fenómenos del Espíritu"
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domingo, 13 de septiembre de 2009
Decálogo para leer con provecho la Biblia. Mons. Mario De Gasperín Gasperín. Obispo de Querètaro
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jueves, 23 de julio de 2009
Homilía al inicio del Año Sacerdotal. Mons. Mario de Gasperín Gasperín Obipso de Querétaro

Hermanos presbíteros,
Hermanos peregrinos,
Hermanas y hermanos todos:
1. “El sacerdocio es un don del amor del Corazón de Jesús” hacia nosotros, decía el santo párroco de Ars san Juan María Vianney, en cuyo honor el papa Benedicto XVI acaba de proclamar el “Año sacerdotal”, que hoy aquí declaro inaugurado para toda la Diócesis en esta magna celebración eucarística.
Sí, queridos hermanos y hermanas: Nosotros vivimos del amor de Dios manifestado en su Hijo Jesucristo, cuyo signo preclaro es su corazón abierto y traspasado. De ese corazón brotó la Eucaristía, de allí nació la Iglesia y de allí recibimos el Sacerdocio, que es el que hace posible la santa Eucaristía y la santa Iglesia, porque sin sacerdote no existe la Iglesia ni es posible la Eucaristía. Si nosotros comprendiéramos la grandeza del sacerdocio cristiano, decía el santo párroco de Ars, moriríamos, no te temor sino de amor. En el sacerdote se concentra, en acto supremo de poder y humildad, la omnipotencia divina: “¡Dios me obedece!”, decía el santo párroco de Ars, pues cuando pronuncio las palabras de la consagración, Él está aquí en el altar. Eso, comentaba, ni la Virgen Santísima lo puede hacer; y el santo sacerdote caía de rodillas en actitud de adoración y, contemplando la Hostia consagrada, señalaba a los fieles: “Allí está Él”. Así, creyendo y adorando, educaba en la fe eucarística a sus rudos feligreses.
2. La intención del Papa es la siguiente: “Este año (sacerdotal), dice, desea contribuir a promover el compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes, para que su testimonio evangélico en el mundo de hoy sea más intenso e incisivo” (Carta, 18 de Junio, 09). Todos los sacerdotes renovamos cada año en la Misa crismal nuestras promesas sacerdotales. Hoy lo vamos a hacer aquí para expresar ante Dios y ante ustedes, nuestro deseo de servirles en las cosas de Dios. Es verdad; fuimos ordenados sacerdotes “para siempre”. El Señor juró comunicarnos su sacerdocio de manera irrevocable, para toda la eternidad. El Señor lo cumple. Nadie puede dejar de ser sacerdote. Lo que se nos pide a los ministros de Dios es que permanezcamos fieles a ese juramento divino del cual fuimos beneficiarios a favor de ustedes. Nadie se ordena sacerdote por sí mismo ni para sí mismo, sino que es elegido por Dios para servir a los demás, para regir, santificar y enseñar las cosas de Dios. Esta tarea se recibe como regalo de Dios, no se merece, sino que continuamente hay que pedirla con humildad, alentarla con la oración e iluminarla con la palabra de Dios. El Papa nos habla de “renovación interior”, que opera en nosotros el Espíritu Santo. Sólo la fuerza de Dios puede sostener nuestra debilidad.
3. Ahora bien, el sacerdocio es un oficio que compete a toda la Iglesia. Es para el servicio del pueblo de Dios, para ustedes y a ustedes, hermanos, debe interesar desde el cultivo de las vocaciones sacerdotales su formación y la oración por sus sacerdotes. Cada familia debería estar capacitada espiritualmente y dispuesta a ofrecer un hijo para que sea sacerdote o misionero; es deber de cada católico apoyar a su seminario, y de toda la comunidad el orar y cuidar a sus sacerdotes. Este es el sentido profundo del “Año sacerdotal”: Que toda la Iglesia estime, aprecie, cuide y ore por sus sacerdotes para que seamos fieles a la gracia del llamado de Cristo a favor de ustedes. Por eso el lema propuesto por el Papa: “Fidelidad de Cristo, fidelidad del sacerdote”; así el testimonio evangélico del sacerdote en el mundo de hoy será “más intenso e incisivo”. Sí, más intenso e incisivo para que el mensaje del sacerdote tenga la fuerza de penetrar la mente y el corazón del hombre moderno tan inflado de soberbia, que cree saberlo y poderlo todo, saturado de prejuicios contra la iglesia, de resentimientos contra Dios y blindado por una ignorancia religiosa difícil de superar.
4. Cuando san Juan María Vianney llegó a su parroquia en Ars había muy poco amor de Dios en sus fieles, sus “pobrecitos pecadores” como él les llamaba. Comenzó por hacer de la misa el centro de su vida y de su pastoral, celebrando con piedad la eucaristía y pasando horas enteras en adoración ante el santísimo Sacramento. La renovación de su parroquia se inició a partir de la santa Eucaristía. Al mismo tiempo instauró el catecismo e inició con la predicación, acompañada con las obras de servicio a los pobres, la evangelización de sus gentes; pero lo que más impresionó a los visitantes fueron las largas colas en su confesionario: muchas, muchas horas escuchando a los pecadores. Bien sabía que Señor no desprecia a un corazón contrito y humillado. Creía en la gracia y en el perdón de Dios y lo ofrecía a raudales a sus fieles. Fueron tres los lugares privilegiados de su ministerio sacerdotal: El altar, el púlpito y el confesionario. Ningún sacerdote puede resignarse a ver vacío el confesionario de su parroquia, comentará el papa Benedicto XVI en su carta. En estos tiempos modernos habrá que añadir otras muchas tareas al oficio parroquial, como son las reuniones de estudio o de retiro espiritual, la escuela parroquial, las juntas de Consejo. Para eso, nos recuerda el Papa, habrá que hacerse acompañar del ministerio de los fieles laicos y dejar florecer los carismas que nunca faltan en la comunidad.
5. El Corazón de Jesús, de donde brotó nuestro sacerdocio, es un corazón coronado de espinas, nos recuerda el Papa Benedicto; y añade: “así, pienso en las numerosas situaciones de sufrimiento que aquejan a muchos sacerdotes, porque participan de la experiencia humana del dolor en sus múltiples manifestaciones o por las incomprensiones de los destinatarios mismos de su ministerio. ¿Cómo no recordar tantos sacerdotes ofendidos en su dignidad, obstaculizados en su misión, a veces incluso perseguidos hasta ofrecer el supremo testimonio de su sangre?”. Todos ustedes, especialmente los mayores, recordarán a lo largo y ancho de nuestra diócesis, el testimonio heroico de numerosos sacerdotes, algunos casi legendarios, que en tiempos difíciles de la persecución religiosa y en los inmediatos posteriores, ofrendaron sus vidas en su ministerio y gracias a ese testimonio ustedes ahora tienen fe y pertenecen a la Iglesia de Jesucristo. El testimonio de obispos santos como San Rafael Guízar Valencia y de mártires insignes salidos de entre las filas sacerdotales, coronan este nutrido grupo de testigos de Cristo. Si algún hermano sacerdote llega a faltar a sus compromisos sacerdotales, cosa que siempre tendremos que lamentar, pidamos a Dios que la sangre y las lágrimas de todos estos mártires y sacerdotes insignes, cubran sus debilidades y laven sus faltas. Nosotros nunca nos hagamos cómplices de quienes lucran y negocian con la honra de los demás, menos con la de un sacerdote.
6. Hermanos peregrinos: La tradición de nuestra peregrinación quiere que acerquemos, por primera vez, a estos pequeños y jóvenes a la santa Eucaristía. Lo hacemos con gratitud al Señor por tan gran don. Invito a cada uno de ustedes a recordar el día de su Primera Comunión, a tener presente a sus padres, padrinos y, sobre todo, al sacerdote que se las dio por vez primera. Quizá para algunos de nosotros, los presbíteros, haya sido el momento del llamado de Dios. En la Comunión, no solo llega la gracia de Dios al alma del comulgante, sino que el mismo Autor de la gracia, Jesucristo, toma posesión de su corazón. Hagámosle a Jesús en nuestra vida el lugar que sólo a Él le corresponde y que quizá ahora ocupen otros amores u otros intereses, a quienes no pertenece nuestro corazón. Pidámosle a Jesús que nunca nos falte en nuestra vida la presencia y la cercanía de un sacerdote pues, como decía el santo párroco de Ars, “si vemos bien nuestra vida, caeremos en la cuenta de que las bendiciones de Dios nos ha llegado por medio de un sacerdote”. A mis hermanos sacerdotes les agradezco, en nombre de la Iglesia y de Jesús el Buen Pastor, su celo sacerdotal, su próvida colaboración y su oración ante el Señor y su Madre Santísima. Ésta especialmente se las pido, lo mismo que a todos ustedes Hermanos peregrinos, a los pies de nuestra Madre Santísima de Guadalupe, cuando lleguemos con su favor al Tepeyac. Que santa María de Guadalupe, la Madre de Jesús, nuestro Gran Sacerdote, cuide y bendiga a todos nuestros sacerdotes. Que así sea. Amén.
+ Mario De Gasperín Gasperín
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viernes, 3 de julio de 2009
Mensaje con motivo del Año Sacerdotal de Mons. Mario De Gasperín Gasperín

Con ocasión del 150 aniversario de la muerte del santo Párroco de Ars, san Juan María Vianney, el santo Padre Benedicto XVI ha proclamado, para toda la Iglesia, un “Año Sacerdotal”.
Comenzó ya el 19 de junio, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, porque, como afirmaba el santo Párroco de Ars, “el sacerdocio es un regalo del Corazón de Jesús a la Iglesia”. Y también lo es para el mundo.
En efecto, del Corazón abierto y traspasado de Jesús, brotó la Iglesia, brotó la Eucaristía y brotó el Sacerdocio, sin el cual no hay ni Iglesia ni Eucaristía. La Iglesia vive de la Eucaristía y es el sacerdote quien celebra la santa Eucaristía. Iglesia, Eucaristía y Sacerdocio no se pueden separar.
El Papa invita a toda la Iglesia a que reflexione, estime y agradezca a Dios el don del Sacerdocio. Pide también a los sacerdotes que, a ejemplo de Cristo, nuestro Gran Sacerdote, sean fieles a su misión de entregar sin reservas la vida por sus hermanos.
Es verdad, decía el santo Párroco de Ars, que sólo en el cielo comprenderemos la grandeza del Sacerdocio cristiano; por eso el Papa Juan Pablo II lo llamaba “Don y Misterio”, regalo incomprensible de Dios a la Iglesia y al mundo. Los numerosos sacerdotes santos nos acercan a la comprensión de ese misterio.
Durante este “Año Sacerdotal” reflexionaremos y, sobre todo, agradeceremos a Dios el regalo de los sacerdotes, por cuyas manos llegan a nosotros las bendiciones del cielo, comenzando por la fe. Oremos por nuestros sacerdotes. Muchas gracias.
+ Mario De Gasperín Gasperín
Obispo de Querétaro
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Mensaje con motivo del Año Sacerdotal de Mons. Mario De Gasperín Gasperín

Con ocasión del 150 aniversario de la muerte del santo Párroco de Ars, san Juan María Vianney, el santo Padre Benedicto XVI ha proclamado, para toda la Iglesia, un “Año Sacerdotal”.
Comenzó ya el 19 de junio, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, porque, como afirmaba el santo Párroco de Ars, “el sacerdocio es un regalo del Corazón de Jesús a la Iglesia”. Y también lo es para el mundo.
En efecto, del Corazón abierto y traspasado de Jesús, brotó la Iglesia, brotó la Eucaristía y brotó el Sacerdocio, sin el cual no hay ni Iglesia ni Eucaristía. La Iglesia vive de la Eucaristía y es el sacerdote quien celebra la santa Eucaristía. Iglesia, Eucaristía y Sacerdocio no se pueden separar.
El Papa invita a toda la Iglesia a que reflexione, estime y agradezca a Dios el don del Sacerdocio. Pide también a los sacerdotes que, a ejemplo de Cristo, nuestro Gran Sacerdote, sean fieles a su misión de entregar sin reservas la vida por sus hermanos.
Es verdad, decía el santo Párroco de Ars, que sólo en el cielo comprenderemos la grandeza del Sacerdocio cristiano; por eso el Papa Juan Pablo II lo llamaba “Don y Misterio”, regalo incomprensible de Dios a la Iglesia y al mundo. Los numerosos sacerdotes santos nos acercan a la comprensión de ese misterio.
Durante este “Año Sacerdotal” reflexionaremos y, sobre todo, agradeceremos a Dios el regalo de los sacerdotes, por cuyas manos llegan a nosotros las bendiciones del cielo, comenzando por la fe. Oremos por nuestros sacerdotes. Muchas gracias.
+ Mario De Gasperín Gasperín
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martes, 23 de junio de 2009
Sagrado corazón de Jesús. Mons. Marío de Gasperín Gasperín Obispo de Querétaro

Hermanas y hermanos:
1. Hoy celebramos, con toda la Iglesia, la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, fecha escogida por el santo Padre Benedicto XVI para inaugurar el Año Sacerdotal con el tema “Fidelidad de Cristo, fidelidad del sacerdote”, recordando también el 150 aniversario de la muerte del santo Párroco de Ars san Juan María Vianney. Tres aspectos de un mismo misterio: a) El misterio del Amor de Dios manifestado en Cristo mediante el signo de su Corazón traspasado en el momento cumbre de su sacrificio en la Cruz; b) su Sacerdocio comunicado a los apóstoles en la institución de la santa Eucaristía, sacramento de su Amor; y c) la transmisión a la Iglesia de ese sacerdocio mediante el sacramento del Orden, cuyo modelo ejemplar de vida sacerdotal es el santo Párroco de Ars ,san Juan María Vianney.
2. Aquí, en este templo parroquial, dedicado a honrar al Sagrado Corazón de Jesús, se encuentra también una significativa imagen de san Juan María Vianney, herencia de nuestros mayores; ésta es una circunstancia preciosa para sintonizar con el deseo del santo Padre el Papa Benedicto XVI de encomendar al Amor de Cristo a los ministros de su amor que son los sacerdotes. Hoy, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús honramos y agradecemos a ese Corazón divino el regalo de su Amor a la Iglesia mediante su sacerdocio; y voy a comenzar citando algunas frases del santo Párroco de Ars sobre el Amor de Dios y el sacerdocio; decía, por ejemplo,: “El Sacerdocio: es el Amor del Sagrado Corazón de Jesús”; y comenta el Papa Benedicto en su Carta del 16 de junio: “Esta conmovedora expresión nos da pie para reconocer con devoción y admiración el inmenso don que suponen los sacerdotes, no sólo para la Iglesia, sino también para la humanidad misma”. El sacerdocio católico es una bendición para toda la humanidad. Otros textos del santo párroco de Ars: “Si yo encontrara a un sacerdote y a un ángel, yo saludaría primero al sacerdote y después al ángel. Éste es amigo de Dios, pero el sacerdote ocupa su lugar”. “Todo nos llega por medio de un sacerdote”. “Ustedes no podrán señalar un solo beneficio de Dios, sin encontrar al lado de este recuerdo, la imagen de un sacerdote”. “El sacerdote no se llega a comprender si no es en el cielo”. “El sacerdote debe siempre permanecer sacerdote para responder a las necesidades de las almas”. “Cuando se quiere destruir la religión, se comienza por atacar a los sacerdotes”. Todos estos textos están tomados de sus escritos, (Cfr. “Jean-Marie Vianney, Curé D’Ars. Sa pensée – Son Coeur”, de Bernard Nodet, Pgs. 110 y 101) que a más de uno ahora podrán parecer exagerados, pero que reflejan la altísima estima que tenía el santo Párroco de Ars por el sacerdocio y por su ministerio sacerdotal y, quizá o sin quizá, muestran nuestra debilitada fe y decadente estima por un “Don y Misterio” tan excelso, como llamaba el papa Juan Pablo II al sacerdocio católico.
3. El sacerdocio es la expresión clara del amor de Jesús manifestada en su corazón abierto y también coronado de espinas. Su corazón tuvo que ser traspasado por la lanza y coronado de espinas para que de allí brotara el sacerdocio cristiano. Esto quiere decir que el sacerdocio cristiano y la vida sacerdotal están y estarán siempre marcadas por el dolor, el sufrimiento y la incomprensión. Comenta el Papa: “¿Cómo no recordar tantos sacerdotes ofendidos en su dignidad, obstaculizados en su misión, a veces incluso perseguidos hasta ofrecer el supremo testimonio de su sangre?”. Numerosos sacerdotes mexicanos sellaron su amor a Cristo y coronaron su ministerio con el martirio. En medio de situaciones tan difíciles, no deja también de haber, añade el Papa, “situaciones bastante deplorables, en las que la Iglesia misma sufre por la infidelidad de algunos de sus ministros. En estos casos es el mundo el que sufre el escándalo y el abandono”. Estas heridas deben ser curadas y el sacerdocio de Cristo tiene que seguir brillando esplendoroso y alegre en un mundo opaco y en una humanidad ensombrecida, que lo necesita no sólo para tener vida en Cristo sino para poder sobrevivir, pues, como decía el santo Párroco de Ars: “Dejen una parroquia sin sacerdote veinte años y adorarán a las bestias”. La humanidad, la sociedad, sin la presencia de los sacerdotes, se torna inhumana y vuelve a la barbarie.
4. Jesús, puesto de pie, exclamaba en los atrios del templo de Jerusalén: “El que tenga sed, que venga a mi y beba. De aquel que cree en mi, brotarán torrentes de agua viva”. Esto lo decía Jesús del Espíritu Santo que habrían de recibir todos los que creyeran en él. Esto lo dice aquí Jesús, para ustedes, hermanos confirmandos, por medio de su Obispo. Vengo a cumplir para ustedes esta promesa del Corazón de Jesús; vengo a darles el Don del Espíritu Santo, que es esa Fuente de agua viva que brota y salta hasta la vida eterna, que es capaz de elevarlos y llevarlos hasta Dios. Voy a citarles también algunas frases del santo párroco de Ars sobre el Espíritu Santo. Dice: “El Espíritu Santo es quien conduce las almas; sin Él, el alma nada puede. El alma poseída por Él es como una vid, de donde brota una vino sabroso cuando se la presiona. Sin el Espíritu Santo, el alma es como una piedra de donde nada se puede obtener”. “El Espíritu Santo es como el jardinero que cultiva nuestra alma”. “El Espíritu Santo es quien nos hace distinguir la verdad de la mentira, el bien del mal”. “Quienes se dejan conducir por el Espíritu Santo experimentan toda clase de felicidad, más allá de ellos mismos; en cambio, los malos cristianos se revuelcan entre espinas y piedras”. “Los que piensan que la práctica de la religión es aburrida, es que no tienen al Espíritu Santo”. “En el cielo, nos alimentaremos del aliento (Espíritu) de Dios”. (Obra citada, Pgs. 54ss).
5. Termino haciendo mía la oración de San Pablo, pues estamos a punto de concluir el año paulino. Así oraba san Pablo por sus fieles: “Me arrodillo ante el Padre, de quien procede toda paternidad en el cielo y en la tierra, para que, conforme a los tesoros de su bondad, les conceda que su Espíritu los fortalezca interiormente y Cristo habite por la fe en sus corazones. Así, arraigados y cimentados en el Amor, podrán comprender con todo el pueblo de Dios, la anchura y la longitud, la altura y la profundidad del amor de Cristo, y experimentar ese Amor que sobrepasa todo conocimiento humano, para que así queden ustedes colmados con la plenitud misma de Dios” (Ef 3, 18s). Sólo Dios puede colmar el deseo de felicidad del hombre. Sin Dios, jóvenes, ni ustedes ni nadie puede ser feliz. Abran su corazón al amor del Corazón de Cristo y déjense llenar el alma con el Espíritu Santo, que ahora les ofrece la Iglesia y su Obispo en el sacramento de la Confirmación. Su vida -y México- cambiará. Es promesa de Dios.
+ Mario De Gasperín Gasperín
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