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lunes, 23 de noviembre de 2009

Reflexiones del Arzobispo Secretario. Congregación para el Clero



¿Prometes a mi y a mis Sucesores filial respeto y obediencia?
(Pontificale Romanum. De Ordinatione Episcopi, presbyterorum et diaconorum,
editio typica altera , Typis Polyglottis Vaticanis 1990)

Queridos hermanos en el Sacerdocio:

Sin la fuerza del vínculo del Solemne Voto de obediencia, quienes van a recibir el Sacramento del Orden pronuncian la “promesa” de “filial respeto y obediencia” hacia el propio Ordinario y sus Sucesores. Aunque sea diferente el estatuto teológico entre un Voto y una promesa, es idéntico el compromiso moral totalizador y definitivo, e idéntico el ofrecimiento de la propia voluntad a la voluntad de Otro, a la voluntad Divina, eclesialmente mediata.

En nuestro tiempo, entretejido de relativismo y de modelos democráticos, de autonomismos y liberalismos, parece que sea siempre más incomprensible – cada vez más – una tal promesa de obediencia. Tantas veces se la concibe como una diminutio de la dignidad y de la libertad humana, o como una perseverancia arcaica de formas obsoletas, típicas de una sociedad incapaz de una auténtica emancipación.

Nosotros, que vivimos la obediencia auténtica, sabemos muy bien que no es así. Nunca la obediencia en la Iglesia ha sido contraria a la dignidad y al respeto de la persona y nunca debe concebirse como una substracción de la responsabilidad o como fruto de una alienación.

El Rito utiliza un adjetivo fundamental para la justa comprensión de tal promesa; define la obediencia sólo después de haber añadido el “respeto” y ese adjetivado como “filial”. He aquí la nomenclatura: “Hijo” es un nombre relativo en cualquier expresión idiomática, que implica la relación entre padre y el mismo hijo. Propiamente en este contexto relacional debe entenderse la obediencia, que hemos prometido. Un contexto en el que el padre ha sido llamado a ser verdaderamente padre, y el hijo a reconocer la propia filiación y la belleza de la paternidad, que le ha sido dada. Como ocurre en la misma ley de la naturaleza, nadie elige su propio padre y, por ende, nadie elige sus propios hijos. Así pues, todos hemos sido llamados, padres e hijos, a tener una mirada sobrenatural los unos por los otros, de gran misericordia recíproca y de gran respeto, esto es, capacidad de mirar al otro, teniendo siempre presente el Misterio bueno, que lo ha generado y que siempre últimamente lo constituye. En definitiva, el respeto es simplemente esto: Mirar a alguien teniendo presente a Otro.

Sólo en un concepto de “filial respeto” es posible una auténtica obediencia, que no sea apenas formal o una mera ejecución de las órdenes, sino que sea apasionada, entera, atenta y que pueda producir en sí frutos de conversión e de “vida nueva” en quien la vive.

La promesa es en favor del Ordinario en el momento de la Ordenación y de sus “Sucesores”, porque la Iglesia huye siempre de excesivos personalismos. Tiene como centro la persona, pero no los subjetivismos, que la desatan de la fuerza y de la belleza histórica y teológica de la Institución. También en la Institución, que es de origen divina, permanece el Espíritu. Por su propia naturaleza, la Institución es carismática y lógicamente debe unirnos libremente a ella; en el tiempo (Sucesores) significa poder “permanecer en la verdad”, permanecer en El, presente y operante en su cuerpo vivo que es la Iglesia, en la belleza de la continuidad del tiempo y de los siglos, que nos une sin rupturas a Cristo e a los Apóstoles.

Pidamos a la Esclava del Señor –obediente por excelencia, a Ella que en el cansancio ha cantado su “heme aquí, se cumpla según tu palabra”– la gracia de una obediencia filial, llena, alegre y pronta; una obediencia que nos libre de todo protagonismo y pueda mostrar al mundo que es verdaderamente posible darse totalmente a Cristo y realizarse plenamente como auténticos hombres.



Mauro Piacenza
Arz. Titular de Vittoriana
Secretario

lunes, 9 de noviembre de 2009

Carta pastoral del Prelado del Opus Dei Mons. Javier Echeverría con motivo del Año Sacerdotal



Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Al comenzar el mes de noviembre del Año sacerdotal, me gusta pensar que está enmarcado por dos fiestas litúrgicas en las que se pone de relieve el carácter sacerdotal del Pueblo de Dios: la solemnidad de Todos los Santos y la de Cristo Rey. En la primera, que celebramos hoy, se muestra el sacerdocio de Cristo en sus miembros, los cristianos; en la segunda, el día 25, se manifiesta que nuestra Cabeza, Jesucristo, es Sacerdote eterno y Rey del universo[1], que con su venida gloriosa al final de los tiempos tomará posesión de su Reino y lo entregará a Dios Padre[2].

Las dos solemnidades invitan a reflexionar sobre la dignidad de la vocación cristiana. San Pedro, en su primera epístola, nos dice a los bautizados las siguientes palabras: vosotros sois linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido en propiedad, para que pregonéis las maravillas de Aquel que os llamó de las tinieblas a su admirable luz: los que un tiempo no erais pueblo, ahora sois pueblo de Dios, los que antes no habíais alcanzado misericordia, ahora habéis alcanzado misericordia[3]. El Príncipe de los Apóstoles afirma que Dios, al hacernos hijos suyos por la gracia del Espíritu Santo, nos ha insertado en el nuevo Pueblo de Dios —la Iglesia— al que se pertenece no por la descendencia de la carne, sino por la incorporación a Jesucristo. En virtud de tan increíble elección, gratuita e inmerecida —¡partícipes del sacerdocio de Cristo!—, se nos invita a anunciar las maravillas divinas con el ejemplo, con la palabra y con las obras.

Admiremos la bondad de Dios Padre y démosle gracias. No se contentó con enviar a su Hijo al mundo para salvarnos, sino que ha querido que la Redención llegue a todos los hombres, hasta el fin de los tiempos, sirviéndose de la Iglesia, que es Cuerpo de Cristo y presencia salvífica del Señor en el espacio y en el tiempo. San Agustín afirmaba que «así como llamamos cristianos a todos [los bautizados], en virtud del único crisma, así también llamamos a todos sacerdotes, porque son miembros del único Sacerdote»[4]. Nuestro Padre meditó mucho en este don tan grande e impulsaba a que todos tuviésemos los mismos sentimientos de Cristo[5]; por eso hemos de pensar: ¿hasta qué punto me empeño en asimilar esta riqueza?

La llamada universal a la santidad y al apostolado proviene, como de su raíz, del carácter bautismal. El sacerdocio común precede al sacerdocio ministerial, y este último se pone al servicio de aquel. Sin la regeneración del Bautismo no podría haber ministros sagrados, pues este sacramento abre la puerta a todos los demás; y sin sacerdocio ministerial, mediante el que la Iglesia anuncia a los hombres la doctrina de Cristo, los incorpora a su vida con los sacramentos —especialmente con la Eucaristía— y los guía hacia el Cielo, no podríamos progresar en el camino de la santidad. «El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico, aunque diferentes esencialmente y no sólo en grado, se ordenan, sin embargo, el uno al otro, pues ambos participan a su manera del único sacerdocio de Cristo»[6].

El Santo Cura de Ars expresaba con viveza la necesidad del sacerdocio ministerial. Benedicto XVI, en la carta con motivo del Año sacerdotal, recoge algunas expresiones del santo: «Sin el sacerdote —señalaba—, la muerte y la pasión de Nuestro Señor no servirían de nada. El sacerdote continúa la obra de la redención sobre la tierra... ¿De que nos serviría una casa llena de oro si no hubiera nadie que nos abriera la puerta? El sacerdote tiene la llave de los tesoros del Cielo: él es quien abre la puerta; es el administrador del buen Dios; el administrador de sus bienes... El sacerdote no es sacerdote para sí mismo, sino para vosotros»[7]. ¿Cómo rezamos a diario, con auténtica fe, para que no falten sacerdotes santos? ¿Suplicamos al Dueño de la mies, como exigencia de nuestra condición de cristianos, que envíe trabajadores a su campo, en número suficiente para atender las abundantes necesidades del mundo entero?

Pero volvamos a la liturgia de hoy, que subraya el carácter sacerdotal del Pueblo de Dios. En una visión impresionante, el Apocalipsis nos muestra una gran multitud que nadie podía contar, de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas, de pie ante el trono y ante el Cordero, vestidos con túnicas blancas, y con palmas en las manos, que gritaban con fuerte voz: ¡la salvación viene de nuestro Dios, que se sienta sobre el trono, y del Cordero![8]. Esa muchedumbre de personas que se postran en adoración delante de la Santísima Trinidad, en unión con los ángeles, son los santos: unos conocidos, la mayor parte desconocidos. Se ve ahí al Pueblo de Dios en su etapa final, que comprende los santos del Antiguo Testamento, desde el justo Abel y el fiel patriarca Abraham, los del Nuevo Testamento, los numerosos mártires del inicio del cristianismo y los beatos y santos de los siglos sucesivos, hasta los testigos de Cristo de nuestro tiempo. A todos los une la voluntad de encarnar en su vida el Evangelio, bajo el impulso del eterno animador del Pueblo de Dios, que es el Espíritu Santo[9].

Tanto el sacerdocio ministerial como el sacerdocio común son para santificar a los hombres. Los ministros sagrados, configurados con Cristo Cabeza de la Iglesia, lo ejercitan predicando la Palabra de Dios, administrando los sacramentos y siendo pastores que guían a los fieles hacia la vida eterna, como instrumentos visibles del Sumo y Eterno Sacerdote. Pero también los fieles laicos, en virtud del sacerdocio real, participan a su modo en ese triple oficio de Cristo Sacerdote. San Josemaría explicaba que todos los cristianos, sin excepción, hemos sido constituidos sacerdotes de nuestra propia existencia, para ofrecer víctimas espirituales, que sean agradables a Dios por Jesucristo (1 Pe 2, 5), para realizar cada una de nuestras acciones en espíritu de obediencia a la voluntad de Dios, perpetuando así la misión del Dios-Hombre[10].

No se precisa ningún encargo especial de la autoridad de la Iglesia, para sentirse urgidos a participar en la misión salvífica. Apóstol es el cristiano que se siente injertado en Cristo, identificado con Cristo, por el Bautismo; habilitado para luchar por Cristo, por la Confirmación; llamado a servir a Dios con su acción en el mundo, por el sacerdocio común de los fieles, que confiere una cierta participación en el sacerdocio de Cristo, que —siendo esencialmente distinta de aquella que constituye el sacerdocio ministerial— capacita para tomar parte en el culto de la Iglesia, y para ayudar a los hombres en su camino hacia Dios, con el testimonio de la palabra y del ejemplo, con la oración y con la expiación[11]. Detengámonos con frecuencia en lo que significa esta condición del cristiano, porque hemos de ser portadores de Cristo a la humanidad, y portadores de la humanidad a Cristo.

En el curso del Año sacerdotal, además de pedir por la santidad de los sacerdotes, hemos de rezar por la santidad de todo el pueblo cristiano. Si hay familias que educan a los hijos en el amor de Dios, con su ejemplo de vida cristiana; si hay hombres y mujeres que buscan seriamente a Jesucristo en las circunstancias de la existencia ordinaria, habrá muchos jóvenes que se sentirán llamados por el Señor al sacerdocio ministerial. En estos meses se nos ofrece una nueva ocasión para que todos tomemos más conciencia de la vocación universal a la santidad y al apostolado, y para esmerarnos en seguir decididamente esa llamada, sin medianías, sin dejarnos dominar por los estados de ánimo. ¿Cómo y hasta qué punto nos influyen el cansancio, las contradicciones, los fracasos? ¿Perdemos la paz fácilmente y no nos refugiamos en Dios? ¿Consideramos que la Cruz es fundamento y corona de la Iglesia?

San Josemaría recibió especiales luces divinas para enseñar cómo se puede servir a la extensión del Reino de Dios a través de las actividades temporales. El mismo día de su tránsito de este mundo, recordaba a un grupo de mujeres, fieles del Opus Dei, que también ellas —como todos los cristianos— tenían alma sacerdotal. Muchos años antes había escrito: en todo y siempre hemos de tener —tanto los sacerdotes como los seglares— alma verdaderamente sacerdotal y mentalidad plenamente laical, para que podamos entender y ejercitar en nuestra vida personal aquella libertad de que gozamos en la esfera de la Iglesia y en las cosas temporales, considerándonos a un tiempo ciudadanos de la ciudad de Dios (cfr. Ef 2, 19) y de la ciudad de los hombres[12].

El alma sacerdotal conduce a los bautizados —insisto— a tener los mismos sentimientos de Cristo, con hambres de unirse cada día a Él en la Santa Misa y a lo largo de la jornada. El espíritu sacerdotal impulsa a crecer en la ambición santa de servir, con dedicación sincera y concreta por el bien espiritual y material de nuestros semejantes; anima a cultivar un serio afán de almas, con el deseo vehemente de ser corredentores con Cristo, unidos a la Virgen Santísima y filialmente pegados al Romano Pontífice; mueve a mostrarse dispuestos a reparar por los pecados, los propios de cada uno y los de los hombres todos... En definitiva, a amar a Dios y al prójimo sin decir nunca basta en el servicio de la Iglesia y de las almas. San Josemaría lo resumía así: con esa alma sacerdotal, que pido al Señor para todos vosotros, debéis procurar que, en medio de las ocupaciones ordinarias, vuestra vida entera se convierta en una continua alabanza a Dios: oración y reparación constantes, petición y sacrificio por todos los hombres. Y todo esto, en íntima y asidua unión con Cristo Jesús, en el Santo Sacrificio del Altar[13].

En la Santa Misa adquieren nuestras obras valor de eternidad. En esos momentos, con vigorosa intensidad, el cristiano se vuelve plenamente consciente de su compromiso de colaborar con Jesús en la santificación de las realidades humanas, mediante el ofrecimiento de su vida y de toda su actividad. «Altare Dei est cor nostrum»[14], decía San Gregorio Magno; altar de Dios es nuestro corazón. Hemos de servirle no sólo en el altar, sino en el mundo entero, que es altar para nosotros. Todas las obras de los hombres se hacen como en un altar, y cada uno de vosotros, en esa unión de almas contemplativas que es vuestra jornada, dice de algún modo su misa, que dura veinticuatro horas, en espera de la misa siguiente, que durará otras veinticuatro horas, y así hasta el fin de nuestra vida[15].

Además, como manifestación de su participación en el oficio profético de Jesucristo, todos los fieles han de esforzarse por comunicar a otros las enseñanzas divinas. Ciertamente caben muchas maneras de participar en la misión evangelizadora de la Iglesia; en cualquier caso, en la base de cualquier labor apostólica se encuentra siempre el mandato de Jesús a todos los cristianos: id y haced discípulos a todos los pueblos (...) enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado[16].

De igual modo, la participación en el oficio real de Cristo alienta a los cristianos a santificar las realidades terrenas; los laicos, en concreto, mediante su empeño por ordenar según la Voluntad de Dios los asuntos temporales[17], actuando en el mundo a modo de fermento[18] para poner a Cristo en la cumbre de todas sus actividades. «El sacerdocio común que hemos recibido en el Bautismo —explicaba don Álvaro siguiendo la doctrina de San Josemaría— es real, regio (cfr. 1 Pe 2, 9), porque al ofrecer a Dios lo que somos y tenemos, y al ofrecerle todas las actividades humanas nobles realizadas según el querer divino, somos reino de Cristo y reinamos con Él»[19].

Como parte de la misión específica que Dios le había confiado, San Josemaría enseñó que una característica esencial del modo de hacer presente el sacerdocio de Cristo según el espíritu del Opus Dei, tanto por parte de los ministros sagrados como de los fieles laicos, es la mentalidad laical propia de su condición secular y de su situación en el mundo. De este modo, sacerdotes y seglares colaborarán en el cumplimiento de la única misión de la Iglesia, cada uno según los dones recibidos, respetando la situación específica de cada uno. Los laicos ejercen su misión en el seno de las estructuras temporales, tratando de animarlas con el espíritu de Cristo; los sacerdotes sirven a los demás mediante la predicación de la Palabra divina y la administración de los sacramentos. Esto favorece, como escribe San Josemaría, que los clérigos no atropellen a los laicos, ni los laicos a los clérigos; que no haya clérigos que se quieran entrometer en las cosas de los laicos, ni laicos que se entrometan en lo que es propio de los clérigos[20].

El próximo 28 de noviembre se cumple un nuevo aniversario de la erección del Opus Dei en prelatura personal. Demos gracias a Dios y esforcémonos por difundir el profundo significado teológico y espiritual de la cooperación orgánica de sacerdotes y seglares en el Opus Dei, para participar en la misión de la Iglesia; sobre todo, con el testimonio de una vida cristiana coherente, permaneciendo cada uno —como dice el Apóstol— en la vocación en que fue llamado[21]: siendo sacerdotes o laicos al cien por cien. De este modo serviremos con eficacia a la Iglesia, como siempre hemos procurado realizar; con más motivo ahora que muchos confunden el laicismo —que intenta arrojar a Dios de las estructuras seculares— con la laicidad; y fomentaremos el sano espíritu laical, al que se ha referido el Romano Pontífice en varias ocasiones[22].

Dentro de unos días, el 7 de noviembre, ordenaré diáconos a 32 fieles del Opus Dei. Roguemos al Señor para que sean buenos y santos ministros suyos, y prosigamos rezando por la Persona e intenciones del Romano Pontífice, por su colaboradores, por los sacerdotes y diáconos, por los candidatos al sacerdocio del mundo entero. Recordaremos también el día en que la Virgen hizo la caricia a nuestro Padre de que encontrara la "rosa" en Rialp: acudamos a nuestra Madre Santísima, para que nos consiga de Dios la "rosa" perfumada de la fidelidad. Contamos también con la ayuda de todos los que nos han precedido; en las semanas de este mes hagamos más fuerte, con nuestra oración y nuestros sufragios, la unidad de la Iglesia triunfante, purgante y militante.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Roma, 1 de noviembre de 2009

[1] Misal Romano, Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo Rey del universo, Prefacio.

[2] Cfr. 1 Cor 15, 24.

[3] 1 Pe 2, 9-10.

[4] San Agustín, La Ciudad de Dios XX, 10 (CCL 48, 720).

[5] Cfr. Flp 2, 5.

[6] Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 10.

[7] San Juan María Vianney; cit. por Benedicto XVI en Carta a los sacerdotes, 16-VI-2009.

[8] Ap 7, 9-10

[9] Benedicto XVI, Homilía en la solemnidad de Todos los Santos, 1-XI-2006.

[10] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 96.

[11] Ibid., n. 120.

[12] San Josemaría, Carta 2-II-1945, n. 1.

[13] San Josemaría, Carta 28-III-1955, n. 4.

[14] San Gregorio Magno, Moralia 25, 7, 15 (PL 76, 328).

[15] San Josemaría, Notas de una meditación, 19-III-1968.

[16] Mt 28, 19-20.

[17] Cfr. Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 31.

[18] Cfr. Concilio Vaticano II, decr. Apostolicam actuositatem, n. 2.

[19] Mons. Álvaro del Portillo, Carta pastoral, 9-I-1993, n. 11.

[20] San Josemaría, Carta 19-III-1954, n. 21.

[21] 1 Cor 7, 20.

[22] Cfr. Benedicto XVI, Discursos del 18-V-2006 y del 11-VI-2007.

viernes, 16 de octubre de 2009

Reflexiones del Arzobispo Secretario. Congregación para el Clero



¿Queréis uniros siempre más íntimamente a Cristo Sacerdote, que como víctima pura se ha ofrecido al Padre, consagrándoos vosotros mismos a Dios para la salvación de todos los hombres? (Pontificale Romanum. De Ordinatione Episcopi, presbyterorum et diaconorum,
editio typica altera , Typis Polyglottis Vaticanis 1990)



Vaticano a 15 de octubre de 2009


Queridos hermanos en el Sacerdocio:

La única razón de nuestra vida y de nuestro ministerio es Jesús de Nazaret, Señor y Cristo. La existencia de los Sacerdotes tiene en Él y sólo en Él el propio origen y el propio fin y, en el tiempo, el total y entero desarrollo. El contacto íntimo y personal con Jesús Resucitado, vivo y presente, es realmente la única experiencia, que pude empujar a un hombre a darse totalmente a Dios por medio de los hermanos.

Sabemos muy bien, queridísimos, en qué manera el Señor nos ha seducido, cómo su presencia haya sido en nosotros un hecho irresistible, como afirma el profeta: “Me has seducido, Señor, y me he dejado seducir, has hecho fuerza y has vencido! (Ger. 20,7). Esta seducción, como cualquier cosa preciosa, es necesaria que sea defendida, custodiada, protegida y alimentada con el fin de que no se pierda o, todavía peor, que no llegue a ser un frívolo recuerdo, insuficiente para resistir el golpe – tantas veces agresivo – de la realidad del mundo. La intimidad divina, origen de todo apostolado, es el secreto para guardar permanentemente la maravillosa presencia del Señor.

Ante cualquier motivación, aunque buena, somos Sacerdotes para “estar estrictamente unidos a Cristo, Sumo Sacerdote”, unidos a Aquel que es nuestra única salvación, el Amado de nuestro corazón, la Roca sobre la cual construimos cada momento de nuestro ministerio, Aquel que es más íntimo que nosotros mismos y al que más deseamos. Cristo, Sumo Sacerdote, nos atrae hacia sus adentros. Esta unión con Él, que es el Sacramento del Orden, lleva en sí la participación a su ofrecimiento: “Unirse a Cristo supone la renuncia. Hace que no queramos imponer nuestro camino y nuestra voluntad; que no queramos llegar a ser esto u lo otro, sino que nos abandonamos a El, dónde y en el modo en el que El quiera servirse de nosotros” (Benedicto XVI, Homilía en la Santa Misa Crismal, 9.IV.2009). La expresión “estar unidos” nos recuerda que todo esto no es obra nuestra, fruto de nuestro esfuerzo voluntario, sino obra de la Gracia en nosotros: Es el Espíritu Santo que nos configura ontológicamente a Cristo Sacerdote y nos da la fuerza a fin de perseverar hasta el fin en esa participación a la vida y por eso es obra divina. La “víctima pura”, que es Cristo Señor, llama a cada uno al insustituible valor del celibato, que implica la perfecta continencia por el Reino de los cielos y aquella pureza, que hace que sea “agradable a Dios” nuestra entrega a favor de los hombres.

La intimidad con Jesucristo y la protección de la Beata Virgen María – “toda bella” y “toda pura” – nos sostengan en nuestro diario camino de participación a aquella Obra de Otro, en que consiste el ministerio sacerdotal, sabiendo que tal participación es portadora de salvación sobre todo para nosotros que la vivimos: Cristo es, en tal sentido, nuestra vida.




Mauro Piacenza
Arzobispo titular de Vittoriana
Secretario


domingo, 30 de agosto de 2009

De matrimonios santos florecen y maduran las vocaciones, dice el Papa


VATICANO, 30 Ago. 09 / 09:48 am (ACI)
Al presidir este mediodía (hora local) el rezo del Ángelus dominical, el Papa Benedicto XVI resaltó que cuando los esposos “se dedican generosamente a la educación de los hijos, guiándolos y orientándolos en el descubrimiento del plan de Amor de Dios, preparan el terreno fértil en donde florecen y maduren las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada”.

Ante miles de fieles reunidos en el Palacio Apostólico de Castel Gandolfo, el Santo Padre recordó que el pasado 27 de agosto la Iglesia recordó la memoria de Santa Mónica, la Madre de San Agustín, quien “nunca dejó de rezar por él y por su conversión; y tuvo el consuelo de verlo retornar a la fe y recibir el bautismo. Dios escuchó las oraciones de esta madre santa, a la que el Obispo de Tagaste le había dicho: ‘es imposible que un hijo de tantas lágrimas se pierda’”.

En realidad, continuó el Papa, “San Agustín no solo se convirtió sino que decidió abrazar la vida monástica, y al volver a África, fundó una comunidad de monjes”. “Santa Mónica se había convertido, para su hijo, ‘más que en una madre, en la fuete de su cristianismo’. Su único deseo había sido durante años la conversión de Agustín, que ahora veía orientado a una vida de consagración al servicio de Dios”, añadió.

Tras relatar que esta Santa, Patrona de las Madres cristianas, en palabras de San Agustín, “lo había engendrado dos veces”, Benedicto XVI señaló que “la historia del cristianismo está repleta de innumerables ejemplos de padres santos y de auténticas familias cristianas, que han acompañado la vida de generosos sacerdotes y pastores de la Iglesia. Pensemos en los Santos Basilio Magno y Gregorio Nacianceno, ambos pertenecientes a familias de santos”.

Seguidamente el Santo Padre puso como ejemplo a los esposos Luigi Beltrame Quattrocchi y Maria Corsini, beatos del siglo XX, elevados a los altares por Juan Pablo II, al cumplirse 20 años de la exhortación apostólica Familiaris consortio.

“Este documento –prosiguió el Papa– además de ilustrar el valor del matrimonio y las tareas de la familia, solicita a los esposos un particular esfuerzo en el camino de santidad que, recibiendo la gracia y la fuerza del sacramento del matrimonio, los acompaña a lo largo de toda su existencia”.

Cuando los esposos “se dedican generosamente a la educación de los hijos, guiándolos y orientándolos en el descubrimiento del plan de Amor de Dios, preparan el terreno fértil en donde florecen y maduren las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. Se revela así cuán íntimamente ligados están y como se iluminan el matrimonio y la virginidad, a partir de su común raíz en el amor esponsal de Cristo”.

Finalmente, en el marco de este Año Sacerdotal, el Papa Benedicto XVI pidió rezar para que, por intercesión del Santo Cura de Ars, las familias cristianas se conviertan en pequeñas iglesias, en las que todas las vocaciones y todos los carismas, dados por el Espíritu Santo, puedan ser acogidos y valorados. Que nos obtenga esta gracia la Santa Virgen que ahora invocamos”.

jueves, 6 de agosto de 2009

Apertura del Año Sacerdotal en la Arquidiócesis de Tijuana


Adoptar espiritualmente a un sacerdote es la propuesta que ha lanzado el Excelentísimo Señor Arzobispo Metropolitano, Don Rafael Romo Muñoz, durante la Eucaristía de apertura del Año Sacerdotal celebrada a las 11:00 de la mañana hoy martes 4 de agosto, día de San Juan María Vianney, en el Santuario Nuestra Señora del Sagrado Corazón.



“Es una oportunidad importante para nosotros mismos como sacerdotes, que nos revitalice. De hecho en la celebración que tenemos año tras año en la Semana Santa, en la Misa de óleos, las promesas sacerdotales ya es un signo muy importante para nosotros mismos. Esta oportunidad hace también a nuestros fieles que se sensibilicen en torno a la figura del sacerdote. De esa manera estamos puestos en la mente y en el corazón de nuestros fieles. De hecho hay en algunos lugares la iniciativa de poder como adoptar a un sacerdote para tenerlo siempre en el corazón y en la mente para orar por él en este año particularmente, orando por todos, pero por uno en especial. Hacer este llamado de atención a la Iglesia de orar por nosotros”, comentó el Arzobispo.

Recordó que el Santo Padre Benedicto XVI nombró al Año Sacerdotal por los 150 años de fallecido del Santo Cura de Ars, San Juan María Vianney, patrono de los sacerdotes, en especial por los párrocos. Con este motivo hace un llamado de atención a la Iglesia para orar por todos los sacerdotes.

También hizo referencia a las palabras del Santo Cura de Ars de que si los sacerdotes supieran en su plenitud lo que es su ministerio y el sacerdote morirían.

Mencionó el Arzobispo que el sacerdote tiene una presencia muy importante en la comunidad, ya que si el ministro es realmente activo el pueblo se vuelve activo. Ejemplificó el caso del Santo Cura de Ars, quien fue enviado a este pueblo donde había menos de mil personas y pidió el apoyo a Dios para la conversión de sus fieles. Así como San Francisco de Sales, quien decía que por un solo católico él se sentía responsable de su evangelización.

“La responsabilidad de quien ve lo que realmente significa el servir a su comunidad entiende bien su llamado”, enfatizó Monseñor Romo Muñoz.

Sobre el número de jóvenes interesados a ingresar al Seminario Diocesano de Tijuana dijo que es preocupante, ya que son pocos lo que desean ingresar. Los de nivel preparatoria es un poco mayor, pero los de nivel universitario son muy escasos los muchachos.

Por eso exhortó a los sacerdotes a ser los principales promotores de las vocaciones sacerdotales y vida consagrada con su propio testimonio de alegría, entusiasmo, y con la promoción porque es necesario presentarles esta opción de vida ya que no es una profesión ni modo de vivir.

Los invitó además a entrelazar este Año Sacerdotal con la Misión Continental porque el objetivo es fortalecer la fe de quienes están cerca de los consagrados, de los laicos comprometidos, y la búsqueda de los alejados.

“Fortaleciendo nuestra pastoral sacerdotal seremos también instrumentos dóciles. Por eso hay que ponernos en las manos del Señor tanto para el discipulado como para la misión. Se nos invita a que estemos en sincronía y en sintonía con toda América Latina”, resaltó el Arzobispo.

Uno de los proyectos que comentó es establecer una institución para la formación de misioneros laicos, donde participen los jóvenes de los diferentes grupos juveniles y movimientos apostólicos.

Finalmente encomendó a todos los sacerdotes a la Virgen María para continuar su ministerio sacerdotal. Y bendijo a Dios por esta vocación que les dio.

martes, 4 de agosto de 2009

Indulgencia Plenaria con motivo del Año Sacerdotal


Ciudad del Vaticano.- Benedicto XVI concederá a los sacerdotes y fieles la indulgencia plenaria con motivo del Año Sacerdotal (19 de junio 2009 -19 junio 2010), convocado en honor de San Juan María Vianney, según informa el decreto hecho público y firmado por el Cardenal James Francis Stafford y el obispo Gianfranco Girotti, O.F.M. Conv., respectivamente Penitenciario Mayor y Regente de la Penitenciaría Apostólica.

El período comenzará con la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, “jornada de santificación sacerdotal” -dice el texto-, cuando el Pontífice celebrará las Vísperas ante las reliquias del santo traídas a Roma por el obispo de Belley-Ars, y concluirá en la Plaza de San Pedro, en presencia de sacerdotes de todo el mundo, que “renovarán la fidelidad a Cristo y el vínculo de fraternidad”.

Las modalidades para la obtención de las indulgencias son:

A) A los sacerdotes, arrepentidos de corazón, que recen cualquier día las laúdes o vísperas ante el Santísimo Sacramento expuesto a la adoración pública o en el sagrario y se ofrezcan a la celebración de los sacramentos, sobre todo de la Confesión, se concederá Indulgencia plenaria aplicable a los hermanos en el sacerdocio difuntos como sufragio, si en conformidad con las disposiciones vigentes se confesarán sacramentalmente, comulgarán y rezarán por las intenciones del pontífice. También se concede Indulgencia parcial, siempre aplicable a los hermanos en el sacerdocio difuntos, cada vez que recen oraciones debidamente aprobadas para llevar una vida santa y cumplir los oficios que se les han confiado.

B) A los fieles cristianos, arrepentidos de corazón que, en la iglesia o en el oratorio asistan a la Santa Misa y ofrezcan por los sacerdotes de la Iglesia oraciones a Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote y cualquier obra buena cumplida se les concede Indulgencia plenaria, siempre que se hayan confesado sacramentalmente y recen por las intenciones del Papa los días en que se abre y se clausura el Año sacerdotal, en el día del 150 aniversario de la muerte de San Juan María Vianney, los primeros jueves del mes o cualquier otro día establecido por los Ordinarios de los lugares para la utilidad de los fieles”.

Los ancianos, los enfermos y todos aquellos que por motivos legítimos no puedan salir de casa, podrán obtener la Indulgencia plenaria, si con ánimo alejado del pecado y el propósito de cumplir las tres condiciones necesarias apenas les sea posible, “en los días indicados rezan por la santificación de los sacerdotes y ofrecen a Dios por medio de María , Reina de los Apóstoles, sus enfermedades y sufrimientos”.

Asimismo se concede la Indulgencia parcial a todos los fieles cada vez que recen cinco Padrenuestros, Ave Marías y Glorias, y otra oración debidamente aprobada “en honor del Sagrado Corazón de Jesús para que los sacerdotes se conserven en pureza y santidad de vida”.

Importantes fechas de la vida del Cura de Ars. La vida y el ministerio de Juan María Vianney en algunas fechas…


- el 8 de mayo de 1786: Juan María Vianney nace en Dardilly, cerca de Lyon. Es el cuarto de seis hijos, y vivirá la infancia en la granja del padre, durante la atormentada época de la Revolución francesa.
- 1806: habiendo manifestado el deseo de hacerse sacerdote, Juan María Vianney empieza su formación con el Abad Balley, en el presbiterio de Ecully.
- el 23 de junio de 1815: después de una formación larga y a menudo difícil, es ordenado diácono en Lyon.

- el 13 de agosto de 1815: es ordenado sacerdote en Grenoble por Mons. Simon. Es llamado entonces como vicario por el Abad Balley en Ecully.
- el 13 de febrero de 1818: llega a Ars como asistente de la iglesia.
- 1821: Ars recibe el estatuto de parroquia y Juan María Vianney es nombrado párroco.
- A partir del 1822, emprende los trabajos de restauración y decoración de la iglesia, tarea que llevará adelante hasta su muerte.
- 1823: es restablecida la diócesis de Belley, de la cual depende la parroquia de Ars.
- 1824: abre la Casa de la Providencia con el objetivo de abrir una escuela gratuita para las jóvenes; se convertirá más tarde en un orfanato.
- Hacia el 1830: principio de la afluencia de los peregrinos y de los penitentes a Ars. Continuarán a ser cada vez más numerosos hasta su muerte. El Cura de Ars no podrá más dejar, en práctica, su parroquia; se ocupará exclusivamente de los parroquianos y de los peregrinos.
- 1843: grave enfermedad del Santo Cura, que precede la primera “fuga” de Ars. Realizará otros tres intentos de fuga, puesto de frente a la amplitud de su responsabilidad de Párroco y conciente de sus debilidades.
- En 1849, funda la escuela masculina, y la confía a los Hermanos de la Sagrada Familia de Belley.
- A partir del 1853, un equipo de misioneros diocesanos va a ayudar al Santo Cura, “prisionero” del confesionario y asediado por los peregrinos.
- 1858: ese año se cuentan unos 100.000 peregrinos en Ars. El Cura de Ars pasa hasta 17 horas al día en el confesionario.
- el 4 de agosto de 1859: el Cura de Ars muere agotado, aproximadamente a las dos de la mañana, en su presbiterio.
- el 8 de enero de 1905: beatificación por obra del Papa Pío X; es declarado “patrón de los sacerdotes de Francia.”
- el 31 de mayo de 1925: canonización por obra del Papa Pío XI.
- 1929: es declarado “patrón de todos los párrocos del universo” por el Papa Pío XI.
- el 6 de octubre de 1986: el Papa Juan Pablo II hace una peregrinación a Ars.


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lunes, 3 de agosto de 2009

El Papa propone más modelos de santidad para el Año del Sacerdocio


VATICANO, 02 Ago. 09 / 08:58 am (ACI)
Durante el Ángelus que presidió este domingo en la residencia estival de Castelgandolfo, el Papa Benedicto XVI invitó nuevamente a los fieles a profundizar en la importancia de los presbíteros, y propuso el ejemplo de santos sacerdotes similares a la figura del gran patrono de este tiempo, San Juan María Vianney.

El Pontífice destacó que "el Año Sacerdotal que estamos celebrando constituye una ocasión preciosa para profundizar en el valor de la misión de los presbíteros en la Iglesia y en el mundo”.

Al respecto, el Santo Padre recordó la figura de San Alfonso María de Ligorio -cuya fiesta se conmemoró el sábado-, a quien describió como "gran maestro de teología moral y modelo de virtudes cristianas y pastorales, siempre solícito a las necesidades religiosas del pueblo".

Al referirse a la celebración, este domingo, de la fiesta del "Gran Perdón de Asís" establecida por el Papa Honorio III a pedido de San Francisco, el Pontífice destacó del santo de Asís su "ardiente amor por la salvación de las almas", " ejemplo que todo sacerdote debe constantemente alimentar". "Apareciéndosele Jesús en su gloria, y a su derecha la Virgen María junto a muchos ángeles le pidió que expresara un deseo, y Francisco imploró un ‘amplio y generoso perdón’ para todos aquellos que ‘arrepentidos y confesados’ visitaran la iglesia de la Porciúncula”.

El Papa se refirió luego al patrono oficial del Año Sacerdotal, San Juan María Vianney, cuya fiesta la Iglesia celebrará el martes 4 de agosto; y adelantó que el Cura de Ars será el protagonista en la Audiencia del próximo miércoles, durante la cual hablará de “este humilde párroco que constituye un modelo sacerdotal para los párrocos y los demás sacerdotes”.

Benedicto XVI se refirió luego a otro santo sacerdote, San Cayetano de Thiene, cuya fiesta se celebra el 7 de agosto, recordando que solía repetir “las almas se purifican con el amor de los hechos, no con el amor sentimental”. Y sobre Santo Domingo de Guzmán, -cuya fiesta la Iglesia celebra el 8 de agosto-, el Pontífice recordó que “se ha escrito que abría la boca o para hablar con Dios en la oración, o para hablar de Dios”.

El Pontífice concluyó la alocución previa al Ángelus recordando la figura del Papa Pablo VI, de quien el día 6 de agosto se cumplirá el 31 aniversario de su muerte ocurrida en Castel Gandolfo. “Su vida, tan profundamente sacerdotal y rica de tanta humanidad, queda para la Iglesia como un don del que hay que dar gracias a Dios”.

“Qué la Virgen María, Madre de la Iglesia, ayude a los sacerdotes a estar totalmente enamorados de Cristo, siguiendo el ejemplo de estos modelos de santidad sacerdotal”, dijo finalmente.

domingo, 2 de agosto de 2009

Mensaje del Prefecto de la Congregación para el Clero para el mes de Agosto



Jesús dijo: “No he venido para juzgar al mundo, sino para salvarlo” (Jo. 12, 47).


Queridos Presbíteros:

La actual cultura occidental dominante, cada vez más difundida en el mundo a través de los medios globalizados y la movilidad humana – también en los países de otras culturas – presenta nuevos desafíos altamente comprometedores en el campo de la evangelización. Se trata de una cultura profundamente acentuada por un relativismo, que rechaza toda afirmación sobre cualquier verdad absoluta y trascendente y, por eso, destroza también los fundamentos de la moral y se cierra a cualquier religión. De esa manera se pierde la pasión por la verdad, que se reduce a una “pasión inútil”. Por otra parte, Jesús se presenta como la Verdad, el Logos universal, la Razón que ilumina y explica todo cuanto existe. Posteriormente, el subjetivismo individualista, que pone al centro de todo el propio yo, acompaña al relativismo. Finalmente se llega al nihilismo, según el cual nada existe que valga la pena para entregar la propia vida y, en consecuencia, la misma vida no tiene en sí un verdadero sentido. Sin embargo, es necesario reconocer que la actual cultura dominante, posmoderna, conlleva un grande y verdadero progreso científico y tecnológico, que llena de estupor al ser humano, sobre todo, a los jóvenes. Pero el uso de este progreso no tiene siempre, como motivo principal, el bien del hombre y de todos los hombres. Le falta un humanismo integral, que sería el que podría darle su verdadero sentido y finalidad. Podríamos hablar todavía de otros aspectos de esta cultura: consumismo, libertinaje, cultura del espectáculo y del cuerpo. Es patente que todo eso produce un laicismo que no quiere la religión y hace todo lo que puede para debilitarla o, al menos, la deja sólo en el ámbito privado de las personas.

Producto de esta cultura es la descristianización, tal vez demasiado visible, en la mayoría de los países cristianos y, especialmente, en aquellos de Occidente. Ha bajado el número de vocaciones sacerdotales. Disminuido también el número de los presbíteros, sea por falta de vocaciones o por el influjo cultural en el que viven. Todo esto podría conducir a la tentación de un pesimismo descorazonador, que condena al mundo actual y que nos induciría a retirarnos en la trincheras de la resistencia.

Sin embargo Jesús afirma: “No he venido a juzgar al mundo, sino a salvarlo” (Jo. 12, 47). No podemos perder el ánimo ni tener miedo a la sociedad actual o simplemente condenarla. ¡Hay que salvarla! Cada cultura humana – también la actual – puede ser evangelizada. En cada cultura existen las “semina Verbi”, como horizontes de apertura al Evangelio. Con toda seguridad también existen en nuestra actual cultura. Sin duda, también los así llamados “post-cristianos” podrían sentirse tocados y podrían reabrirse si fueran acompañados hacia un verdadero encuentro personal y comunitario con la persona de Jesucristo. En tal encuentro, cada persona humana de buena voluntad puede allegarse a El. El ama a todos y llama a la puerta de todos porque quiere salvar a todos sin excepción. El es la Vida, la Verdad y la Vida. Es el único mediador entre Dios y los hombres.

Queridísimos Presbíteros, nosotros, pastores, hoy somos llamados, con gran urgencia, a realizar la misión, sea “ad gentes”, sea en las regiones de países cristianos en los que tantísimos bautizados se han alejado al no participar en nuestras comunidades o, quizás, han perdido la fe. No podemos tener miedo o quedarnos inmóviles dentro de nuestra casa. El Señor ha dicho a sus discípulos: ¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe? (Mat. 8, 26). “Que no se turbe vuestro corazón. Tened fe en Dios y tened fe en mi” (Jo. 14, 1). “No se enciende una luz para ponerla debajo del celemín sino sobre el candelero para que alumbre a todos los que están en la casa” (Mt. 5,15) “Id a todo el mundo y predicar el Evangelio a toda creatura” (Mt. 16, 15). “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt. 28, 20).

No esparciremos la semilla de la Palabra de Dios sólo desde la ventana de nuestra casa parroquial, sino que iremos al campo abierto de nuestra sociedad, comenzando por los más pobres, llegando a todos los niveles e instituciones de la sociedad. Iremos a visitar a las familias, a todas la personas, iniciando sobre todo por los bautizados alejados. Nuestro pueblo quiere sentir la proximidad de su Iglesia. Lo haremos yendo hacia la sociedad actual, con gozo y entusiasmo, seguros de la presencia del Señor en medio de nosotros y convencidos de que será El quien llamará a las puertas de los corazones de aquellos a quienes hablaremos de El.

Cardenal Cláudio Hummes
Arzobispo Emérito di San Pablo
Prefecto de la Congregación para el Clero


jueves, 23 de julio de 2009

Homilía al inicio del Año Sacerdotal. Mons. Mario de Gasperín Gasperín Obipso de Querétaro


Hermanos presbíteros,
Hermanos peregrinos,
Hermanas y hermanos todos:


1. “El sacerdocio es un don del amor del Corazón de Jesús” hacia nosotros, decía el santo párroco de Ars san Juan María Vianney, en cuyo honor el papa Benedicto XVI acaba de proclamar el “Año sacerdotal”, que hoy aquí declaro inaugurado para toda la Diócesis en esta magna celebración eucarística.

Sí, queridos hermanos y hermanas: Nosotros vivimos del amor de Dios manifestado en su Hijo Jesucristo, cuyo signo preclaro es su corazón abierto y traspasado. De ese corazón brotó la Eucaristía, de allí nació la Iglesia y de allí recibimos el Sacerdocio, que es el que hace posible la santa Eucaristía y la santa Iglesia, porque sin sacerdote no existe la Iglesia ni es posible la Eucaristía. Si nosotros comprendiéramos la grandeza del sacerdocio cristiano, decía el santo párroco de Ars, moriríamos, no te temor sino de amor. En el sacerdote se concentra, en acto supremo de poder y humildad, la omnipotencia divina: “¡Dios me obedece!”, decía el santo párroco de Ars, pues cuando pronuncio las palabras de la consagración, Él está aquí en el altar. Eso, comentaba, ni la Virgen Santísima lo puede hacer; y el santo sacerdote caía de rodillas en actitud de adoración y, contemplando la Hostia consagrada, señalaba a los fieles: “Allí está Él”. Así, creyendo y adorando, educaba en la fe eucarística a sus rudos feligreses.

2. La intención del Papa es la siguiente: “Este año (sacerdotal), dice, desea contribuir a promover el compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes, para que su testimonio evangélico en el mundo de hoy sea más intenso e incisivo” (Carta, 18 de Junio, 09). Todos los sacerdotes renovamos cada año en la Misa crismal nuestras promesas sacerdotales. Hoy lo vamos a hacer aquí para expresar ante Dios y ante ustedes, nuestro deseo de servirles en las cosas de Dios. Es verdad; fuimos ordenados sacerdotes “para siempre”. El Señor juró comunicarnos su sacerdocio de manera irrevocable, para toda la eternidad. El Señor lo cumple. Nadie puede dejar de ser sacerdote. Lo que se nos pide a los ministros de Dios es que permanezcamos fieles a ese juramento divino del cual fuimos beneficiarios a favor de ustedes. Nadie se ordena sacerdote por sí mismo ni para sí mismo, sino que es elegido por Dios para servir a los demás, para regir, santificar y enseñar las cosas de Dios. Esta tarea se recibe como regalo de Dios, no se merece, sino que continuamente hay que pedirla con humildad, alentarla con la oración e iluminarla con la palabra de Dios. El Papa nos habla de “renovación interior”, que opera en nosotros el Espíritu Santo. Sólo la fuerza de Dios puede sostener nuestra debilidad.


3. Ahora bien, el sacerdocio es un oficio que compete a toda la Iglesia. Es para el servicio del pueblo de Dios, para ustedes y a ustedes, hermanos, debe interesar desde el cultivo de las vocaciones sacerdotales su formación y la oración por sus sacerdotes. Cada familia debería estar capacitada espiritualmente y dispuesta a ofrecer un hijo para que sea sacerdote o misionero; es deber de cada católico apoyar a su seminario, y de toda la comunidad el orar y cuidar a sus sacerdotes. Este es el sentido profundo del “Año sacerdotal”: Que toda la Iglesia estime, aprecie, cuide y ore por sus sacerdotes para que seamos fieles a la gracia del llamado de Cristo a favor de ustedes. Por eso el lema propuesto por el Papa: “Fidelidad de Cristo, fidelidad del sacerdote”; así el testimonio evangélico del sacerdote en el mundo de hoy será “más intenso e incisivo”. Sí, más intenso e incisivo para que el mensaje del sacerdote tenga la fuerza de penetrar la mente y el corazón del hombre moderno tan inflado de soberbia, que cree saberlo y poderlo todo, saturado de prejuicios contra la iglesia, de resentimientos contra Dios y blindado por una ignorancia religiosa difícil de superar.


4. Cuando san Juan María Vianney llegó a su parroquia en Ars había muy poco amor de Dios en sus fieles, sus “pobrecitos pecadores” como él les llamaba. Comenzó por hacer de la misa el centro de su vida y de su pastoral, celebrando con piedad la eucaristía y pasando horas enteras en adoración ante el santísimo Sacramento. La renovación de su parroquia se inició a partir de la santa Eucaristía. Al mismo tiempo instauró el catecismo e inició con la predicación, acompañada con las obras de servicio a los pobres, la evangelización de sus gentes; pero lo que más impresionó a los visitantes fueron las largas colas en su confesionario: muchas, muchas horas escuchando a los pecadores. Bien sabía que Señor no desprecia a un corazón contrito y humillado. Creía en la gracia y en el perdón de Dios y lo ofrecía a raudales a sus fieles. Fueron tres los lugares privilegiados de su ministerio sacerdotal: El altar, el púlpito y el confesionario. Ningún sacerdote puede resignarse a ver vacío el confesionario de su parroquia, comentará el papa Benedicto XVI en su carta. En estos tiempos modernos habrá que añadir otras muchas tareas al oficio parroquial, como son las reuniones de estudio o de retiro espiritual, la escuela parroquial, las juntas de Consejo. Para eso, nos recuerda el Papa, habrá que hacerse acompañar del ministerio de los fieles laicos y dejar florecer los carismas que nunca faltan en la comunidad.


5. El Corazón de Jesús, de donde brotó nuestro sacerdocio, es un corazón coronado de espinas, nos recuerda el Papa Benedicto; y añade: “así, pienso en las numerosas situaciones de sufrimiento que aquejan a muchos sacerdotes, porque participan de la experiencia humana del dolor en sus múltiples manifestaciones o por las incomprensiones de los destinatarios mismos de su ministerio. ¿Cómo no recordar tantos sacerdotes ofendidos en su dignidad, obstaculizados en su misión, a veces incluso perseguidos hasta ofrecer el supremo testimonio de su sangre?”. Todos ustedes, especialmente los mayores, recordarán a lo largo y ancho de nuestra diócesis, el testimonio heroico de numerosos sacerdotes, algunos casi legendarios, que en tiempos difíciles de la persecución religiosa y en los inmediatos posteriores, ofrendaron sus vidas en su ministerio y gracias a ese testimonio ustedes ahora tienen fe y pertenecen a la Iglesia de Jesucristo. El testimonio de obispos santos como San Rafael Guízar Valencia y de mártires insignes salidos de entre las filas sacerdotales, coronan este nutrido grupo de testigos de Cristo. Si algún hermano sacerdote llega a faltar a sus compromisos sacerdotales, cosa que siempre tendremos que lamentar, pidamos a Dios que la sangre y las lágrimas de todos estos mártires y sacerdotes insignes, cubran sus debilidades y laven sus faltas. Nosotros nunca nos hagamos cómplices de quienes lucran y negocian con la honra de los demás, menos con la de un sacerdote.


6. Hermanos peregrinos: La tradición de nuestra peregrinación quiere que acerquemos, por primera vez, a estos pequeños y jóvenes a la santa Eucaristía. Lo hacemos con gratitud al Señor por tan gran don. Invito a cada uno de ustedes a recordar el día de su Primera Comunión, a tener presente a sus padres, padrinos y, sobre todo, al sacerdote que se las dio por vez primera. Quizá para algunos de nosotros, los presbíteros, haya sido el momento del llamado de Dios. En la Comunión, no solo llega la gracia de Dios al alma del comulgante, sino que el mismo Autor de la gracia, Jesucristo, toma posesión de su corazón. Hagámosle a Jesús en nuestra vida el lugar que sólo a Él le corresponde y que quizá ahora ocupen otros amores u otros intereses, a quienes no pertenece nuestro corazón. Pidámosle a Jesús que nunca nos falte en nuestra vida la presencia y la cercanía de un sacerdote pues, como decía el santo párroco de Ars, “si vemos bien nuestra vida, caeremos en la cuenta de que las bendiciones de Dios nos ha llegado por medio de un sacerdote”. A mis hermanos sacerdotes les agradezco, en nombre de la Iglesia y de Jesús el Buen Pastor, su celo sacerdotal, su próvida colaboración y su oración ante el Señor y su Madre Santísima. Ésta especialmente se las pido, lo mismo que a todos ustedes Hermanos peregrinos, a los pies de nuestra Madre Santísima de Guadalupe, cuando lleguemos con su favor al Tepeyac. Que santa María de Guadalupe, la Madre de Jesús, nuestro Gran Sacerdote, cuide y bendiga a todos nuestros sacerdotes. Que así sea. Amén.




+ Mario De Gasperín Gasperín
Obispo de Querétaro

viernes, 3 de julio de 2009

Mensaje con motivo del Año Sacerdotal de Mons. Mario De Gasperín Gasperín


Con ocasión del 150 aniversario de la muerte del santo Párroco de Ars, san Juan María Vianney, el santo Padre Benedicto XVI ha proclamado, para toda la Iglesia, un “Año Sacerdotal”.

Comenzó ya el 19 de junio, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, porque, como afirmaba el santo Párroco de Ars, “el sacerdocio es un regalo del Corazón de Jesús a la Iglesia”. Y también lo es para el mundo.

En efecto, del Corazón abierto y traspasado de Jesús, brotó la Iglesia, brotó la Eucaristía y brotó el Sacerdocio, sin el cual no hay ni Iglesia ni Eucaristía. La Iglesia vive de la Eucaristía y es el sacerdote quien celebra la santa Eucaristía. Iglesia, Eucaristía y Sacerdocio no se pueden separar.

El Papa invita a toda la Iglesia a que reflexione, estime y agradezca a Dios el don del Sacerdocio. Pide también a los sacerdotes que, a ejemplo de Cristo, nuestro Gran Sacerdote, sean fieles a su misión de entregar sin reservas la vida por sus hermanos.

Es verdad, decía el santo Párroco de Ars, que sólo en el cielo comprenderemos la grandeza del Sacerdocio cristiano; por eso el Papa Juan Pablo II lo llamaba “Don y Misterio”, regalo incomprensible de Dios a la Iglesia y al mundo. Los numerosos sacerdotes santos nos acercan a la comprensión de ese misterio.

Durante este “Año Sacerdotal” reflexionaremos y, sobre todo, agradeceremos a Dios el regalo de los sacerdotes, por cuyas manos llegan a nosotros las bendiciones del cielo, comenzando por la fe. Oremos por nuestros sacerdotes. Muchas gracias.



+ Mario De Gasperín Gasperín
Obispo de Querétaro

Mensaje con motivo del Año Sacerdotal de Mons. Mario De Gasperín Gasperín


Con ocasión del 150 aniversario de la muerte del santo Párroco de Ars, san Juan María Vianney, el santo Padre Benedicto XVI ha proclamado, para toda la Iglesia, un “Año Sacerdotal”.

Comenzó ya el 19 de junio, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, porque, como afirmaba el santo Párroco de Ars, “el sacerdocio es un regalo del Corazón de Jesús a la Iglesia”. Y también lo es para el mundo.

En efecto, del Corazón abierto y traspasado de Jesús, brotó la Iglesia, brotó la Eucaristía y brotó el Sacerdocio, sin el cual no hay ni Iglesia ni Eucaristía. La Iglesia vive de la Eucaristía y es el sacerdote quien celebra la santa Eucaristía. Iglesia, Eucaristía y Sacerdocio no se pueden separar.

El Papa invita a toda la Iglesia a que reflexione, estime y agradezca a Dios el don del Sacerdocio. Pide también a los sacerdotes que, a ejemplo de Cristo, nuestro Gran Sacerdote, sean fieles a su misión de entregar sin reservas la vida por sus hermanos.

Es verdad, decía el santo Párroco de Ars, que sólo en el cielo comprenderemos la grandeza del Sacerdocio cristiano; por eso el Papa Juan Pablo II lo llamaba “Don y Misterio”, regalo incomprensible de Dios a la Iglesia y al mundo. Los numerosos sacerdotes santos nos acercan a la comprensión de ese misterio.

Durante este “Año Sacerdotal” reflexionaremos y, sobre todo, agradeceremos a Dios el regalo de los sacerdotes, por cuyas manos llegan a nosotros las bendiciones del cielo, comenzando por la fe. Oremos por nuestros sacerdotes. Muchas gracias.



+ Mario De Gasperín Gasperín
Obispo de Querétaro

miércoles, 24 de junio de 2009

Identificarse totalmente con Cristo, pide el Papa a presbíteros en Año Sacerdotal


VATICANO, 24 Jun. 09 / 09:33 am (ACI)
Al referirse hoy en la Audiencia General de los miércoles al Año Sacerdotal que inauguró el pasado 19 de junio, el Papa Benedicto XVI resaltó que los presbíteros, a ejemplo de San Juan María Vianney y San Pablo, deben identificarse totalmente con Cristo, renovando además su aspiración a la perfección espiritual.

El Pontífice explicó las razones por las que ha querido celebrar este especial Año Sacerdotal, en ocasión del 150 aniversario de la muerte del Santo Cura de Ars, "que aparentemente no hizo nada de extraordinario". "La Providencia divina ha hecho que su figura se uniese a la de San Pablo. (...) Si los dos santos siguieron caminos muy diferentes,(...) existe sin embargo una cosa fundamental que los une: su identificación total con el propio ministerio, su comunión con Cristo", añadió.

Seguidamente el Santo Padre señaló que "el objetivo de este Año Sacerdotal es renovar en cada uno de los presbíteros la aspiración a la perfección espiritual, de la que depende en gran medida la eficacia de su ministerio. Asimismo, esta iniciativa servirá para ayudar a los sacerdotes y a todo el Pueblo de Dios a volver a descubrir y reforzar la conciencia del don de gracia extraordinario e indispensable que supone el ministerio ordenado para quien lo ha recibido, para toda la Iglesia y para el mundo, que sin la presencia real de Cristo estaría perdido".

Para el Papa "en un mundo en el que la visión común de la vida comprende cada vez menos lo sagrado, donde la 'funcionalidad' es la única y decisiva categoría, la concepción católica del sacerdocio podría correr el riesgo de perder su consideración natural, a veces incluso dentro de la conciencia eclesial".

Benedicto XVI precisó luego que existen actualmente dos concepciones del sacerdocio, "que en realidad no se contraponen: una social-funcional que define la esencia del sacerdocio con el concepto de 'servicio' y otra sacramental-ontológica, que (...) considera que el ser ministro está determinado por un don concedido por el Señor a través de la mediación de la Iglesia, cuyo nombre es sacramento".

Tras preguntarse "¿qué significa evangelizar para los sacerdotes y en qué consiste el primado del anuncio?", el Papa resaltó que "el anuncio coincide con la persona misma de Cristo; (...) el presbítero no se puede considerar 'dueño' de la palabra, sino siervo".

"Sólo la participación en el sacrificio de Cristo, en su 'chenosi', (...) y la obediencia dócil a la Iglesia, hace auténtico el anuncio. El sacerdote es siervo de Cristo, en el sentido de que su existencia, configurada a El ontológicamente, asume un carácter esencialmente relacional: es 'in' Cristo, 'per' Cristo y 'con' Cristo al servicio de los seres humanos. Precisamente porque pertenece a Cristo, el presbítero está totalmente al servicio de ellos", explicó el Santo Padre.

Finalmente el Papa expresó su deseo de que "el Año Sacerdotal lleve a todos los sacerdotes a identificarse totalmente con Cristo crucificado y resucitado, para que a imitación de San Juan Bautista, de quien hoy celebramos la natividad, estén dispuestos a 'disminuir' para que Él crezca, y así, siguiendo también el ejemplo del Cura de Ars, perciban constantemente y en profundidad la responsabilidad de su misión, que es signo y presencia de la misericordia infinita de Dios".

Audiencia General del Papa Benedicto XVI sobre el Año Sacerdotal. Texto original en Italiano


Cari fratelli e sorelle,

venerdì scorso 19 giugno, Solennità del Sacratissimo Cuore di Gesù e Giornata tradizionalmente dedicata alla preghiera per la santificazione dei sacerdoti, ho avuto la gioia d’inaugurare l’Anno Sacerdotale, indetto in occasione del centocinquantesimo anniversario della “nascita al Cielo” del Curato d’Ars, san Giovanni Battista Maria Vianney. Ed entrando nella Basilica Vaticana per la celebrazione dei Vespri, quasi come primo gesto simbolico, mi sono fermato nella Cappella del Coro per venerare la reliquia di questo santo Pastore d’anime: il suo cuore. Perché un Anno Sacerdotale? Perché proprio nel ricordo del santo Curato d’Ars, che apparentemente non ha compiuto nulla di straordinario?

La Provvidenza divina ha fatto sì che la sua figura venisse accostata a quella di san Paolo. Mentre infatti si va concludendo l’Anno Paolino, dedicato all’Apostolo delle genti, modello di straordinario evangelizzatore che ha compiuto diversi viaggi missionari per diffondere il Vangelo, questo nuovo anno giubilare ci invita a guardare ad un povero contadino diventato umile parroco, che ha consumato il suo servizio pastorale in un piccolo villaggio. Se i due Santi differiscono molto per i percorsi di vita che li hanno caratterizzati – l’uno è passato di regione in regione per annunciare il Vangelo, l’altro ha accolto migliaia e migliaia di fedeli sempre restando nella sua piccola parrocchia -, c’è però qualcosa di fondamentale che li accomuna: ed è la loro identificazione totale col proprio ministero, la loro comunione con Cristo che faceva dire a san Paolo: “ Sono stato crocifisso con Cristo. Non sono più io che vivo, ma Cristo vive in me ” (Gal 2,20). E san Giovanni Maria Vianney amava ripetere: “Se avessimo fede, vedremmo Dio nascosto nel sacerdote come una luce dietro il vetro, come il vino mescolato all’acqua”. Scopo di questo Anno Sacerdotale come ho scritto nella lettera inviata ai sacerdoti per tale occasione - è pertanto favorire la tensione di ogni presbitero “verso la perfezione spirituale dalla quale soprattutto dipende l’efficacia del suo ministero”, e aiutare innanzitutto i sacerdoti, e con essi l’intero Popolo di Dio, a riscoprire e rinvigorire la coscienza dello straordinario ed indispensabile dono di Grazia che il ministero ordinato rappresenta per chi lo ha ricevuto, per la Chiesa intera e per il mondo, che senza la presenza reale di Cristo sarebbe perduto.

Indubbiamente sono mutate le condizioni storiche e sociali nelle quali ebbe a trovarsi il Curato d’Ars ed è giusto domandarsi come possano i sacerdoti imitarlo nella immedesimazione col proprio ministero nelle attuali società globalizzate. In un mondo in cui la visione comune della vita comprende sempre meno il sacro, al posto del quale, la “funzionalità” diviene l’unica decisiva categoria, la concezione cattolica del sacerdozio potrebbe rischiare di perdere la sua naturale considerazione, talora anche all’interno della coscienza ecclesiale. Non di rado, sia negli ambienti teologici, come pure nella concreta prassi pastorale e di formazione del clero, si confrontano, e talora si oppongono, due differenti concezioni del sacerdozio. Rilevavo in proposito alcuni anni or sono che esistono “da una parte una concezione sociale-funzionale che definisce l’essenza del sacerdozio con il concetto di ‘servizio’: il servizio alla comunità, nell’espletamento di una funzione… Dall’altra parte, vi è la concezione sacramentale-ontologica, che naturalmente non nega il carattere di servizio del sacerdozio, lo vede però ancorato all’essere del ministro e ritiene che questo essere è determinato da un dono concesso dal Signore attraverso la mediazione della Chiesa, il cui nome è sacramento” (J. Ratzinger, Ministero e vita del Sacerdote, in Elementi di Teologia fondamentale. Saggio su fede e ministero, Brescia 2005, p. 165). Anche lo slittamento terminologico dalla parola “sacerdozio” a quelle di “servizio, ministero, incarico”, è segno di tale differente concezione. Alla prima, poi, quella ontologico-sacramentale, è legato il primato dell’Eucaristia, nel binomio “sacerdozio-sacrificio”, mentre alla seconda corrisponderebbe il primato della parola e del servizio dell’annuncio.

A ben vedere, non si tratta di due concezioni contrapposte, e la tensione che pur esiste tra di esse va risolta dall’interno. Così il Decreto Presbyterorum ordinis del Concilio Vaticano II afferma: “È proprio per mezzo dell'annuncio apostolico del Vangelo che il popolo di Dio viene convocato e adunato, in modo che tutti… possano offrire se stessi come «ostia viva, santa, accettabile da Dio» (Rm 12,1), ed è proprio attraverso il ministero dei presbiteri che il sacrificio spirituale dei fedeli viene reso perfetto nell'unione al sacrificio di Cristo, unico mediatore. Questo sacrificio, infatti, per mano dei presbiteri e in nome di tutta la Chiesa, viene offerto nell'Eucaristia in modo incruento e sacramentale, fino al giorno della venuta del Signore” (n. 2).

Ci chiediamo allora: “Che cosa significa propriamente, per i sacerdoti, evangelizzare? In che consiste il cosiddetto primato dell’annuncio”?. Gesù parla dell’annuncio del Regno di Dio come del vero scopo della sua venuta nel mondo e il suo annuncio non è solo un “discorso”. Include, nel medesimo tempo, il suo stesso agire: i segni e i miracoli che compie indicano che il Regno viene nel mondo come realtà presente, che coincide ultimamente con la sua stessa persona. In questo senso, è doveroso ricordare che, anche nel primato dell’annuncio, parola e segno sono indivisibili. La predicazione cristiana non proclama “parole”, ma la Parola, e l’annuncio coincide con la persona stessa di Cristo, ontologicamente aperta alla relazione con il Padre ed obbediente alla sua volontà. Quindi, un autentico servizio alla Parola richiede da parte del sacerdote che tenda ad una approfondita abnegazione di sé, sino a dire con l’Apostolo: “non sono più io che vivo, ma Cristo vive in me”. Il presbitero non può considerarsi “padrone” della parola, ma servo. Egli non è la parola, ma, come proclamava Giovanni il Battista, del quale celebriamo proprio oggi la Natività, è “voce” della Parola: “ Voce di uno che grida nel deserto: preparate la strada del Signore, raddrizzate i suoi sentieri ” (Mc 1,3).

Ora, essere “voce” della Parola, non costituisce per il sacerdote un mero aspetto funzionale. Al contrario presuppone un sostanziale “perdersi” in Cristo, partecipando al suo mistero di morte e di risurrezione con tutto il proprio io: intelligenza, libertà, volontà e offerta dei propri corpi, come sacrificio vivente (cfr Rm 12,1-2). Solo la partecipazione al sacrificio di Cristo, alla sua chènosi, rende autentico l’annuncio! E questo è il cammino che deve percorrere con Cristo per giungere a dire al Padre insieme con Lui: si compia “non ciò che io voglio, ma ciò che tu vuoi” (Mc 14,36). L’annuncio, allora, comporta sempre anche il sacrificio di sé, condizione perché l’annuncio sia autentico ed efficace.

Alter Christus, il sacerdote è profondamente unito al Verbo del Padre, che incarnandosi ha preso la forma di servo, è divenuto servo (cfr Fil 2,5-11). Il sacerdote é servo di Cristo, nel senso che la sua esistenza, configurata a Cristo ontologicamente, assume un carattere essenzialmente relazionale: egli è in Cristo, per Cristo e con Cristo al servizio degli uomini. Proprio perché appartiene a Cristo, il presbitero è radicalmente al servizio degli uomini: è ministro della loro salvezza, della loro felicità, della loro autentica liberazione, maturando, in questa progressiva assunzione della volontà del Cristo, nella preghiera, nello “stare cuore a cuore” con Lui. È questa allora la condizione imprescindibile di ogni annuncio, che comporta la partecipazione all’offerta sacramentale dell’Eucaristia e la docile obbedienza alla Chiesa.

Il santo Curato d’Ars ripeteva spesso con le lacrime agli occhi: “Come è spaventoso essere prete!”. Ed aggiungeva: “Come è da compiangere un prete quando celebra la Messa come un fatto ordinario! Com’è sventurato un prete senza vita interiore!”. Possa l’Anno Sacerdotale condurre tutti i sacerdoti ad immedesimarsi totalmente con Gesù crocifisso e risorto, perché, ad imitazione di san Giovanni Battista, siano pronti a “diminuire” perché Lui cresca; perché, seguendo l’esempio del Curato d’Ars, avvertano in maniera costante e profonda la responsabilità della loro missione, che è segno e presenza dell’infinita misericordia di Dio. Affidiamo alla Madonna, Madre della Chiesa, l’Anno Sacerdotale appena iniziato e tutti i sacerdoti del mondo.

¡Soy sacerdote! . Artículo del P. Sergio G. Román. Fuente: DESDE LA FE


Soy sacerdote



El obispo impuso sus manos sobre mí y me dio la potestad de ser sacerdote para siempre. Me marcaste, Señor, con un sello indeleble, más mío que mi piel, que mi cuerpo mismo. Hasta la eternidad seré sacerdote. Tu sacerdote.

Soy sacerdote. ¡Soy sacerdote!

La realidad de un sueño por muchos años anhelado; el convencimiento, por fin, de que es cierta la vocación que yo acepté, cultivé y cuidé desde el momento en que creí escuchar tu voz que me llamaba a seguirte, haciendo a un lado mis planes personales para hacer de tu voluntad mi único plan de vida... ¡para siempre!

Para ofrecer el sacrificio



Soy sacerdote, con el mismo sacerdocio de tu Unigénito Jesucristo que generosamente me comparte para ofrecer, en su persona, el único sacrificio de amor puro totalmente agradable para ti. En la persona de Cristo celebro cada Misa como memorial de su Muerte y Resurrección.



Para absolver



Soy sacerdote y tengo el poder divino de declarar perdonado en la tierra lo que tú perdonas en el cielo. Con el Espíritu de tu Hijo y en el nombre de la Trinidad Santa reconcilio a mis hermanos contigo y los regreso a la unidad con la Iglesia Santa. ¡Maravilloso! Pusiste en mis humanas manos las llaves que abren las puertas de los cielos y me hiciste capaz de recibir con un amor paternal como el tuyo a los hijos pródigos cansados de su hambre insatisfecha del alimento de los cerdos. Yo pecador, en el nombre de Dios, declaro perdonados los pecados de los hombres mis hermanos.



Para sanar



Como signo de la verdad del Evangelio, Jesús dio a los apóstoles el mandato de curar a los enfermos. Soy sacerdote, y como ellos, impongo mis manos sobre los enfermos y los unjo con el Óleo Santo para dar en tu nombre la salud del alma y la del cuerpo si conviene. En la Santa Unción a los enfermos doy tu gracia y tu fuerza para luchar contra la enfermedad, para buscar la vida de este mundo y aquella otra vida del más allá, la vida verdadera.



Para hablar



Me llamaste, Señor, para ser tu vocero oficial. Mi vocación es dar a mis hermanos la Palabra de tu Hijo, tu misma Palabra. He recibido la misión de ser maestro, como Jesús, de los fieles mis hermanos. Quiero, Señor, con tu ayuda, no caer nunca en la tentación de predicarme a mí mismo, ni de predicar mis propias palabras disfrazadas de Evangelio. Quiero ser intérprete fiel del único Evangelio de tu Hijo. Y quiero, con tu ayuda, predicar más con mi vida que con mi boca.



Soy pastor



Me confiaste, Señor, tus ovejas. Soy pastor como tu Hijo y con tu Hijo. Humanamente me asusta eso de dar mi vida por las ovejas, pero poco a poco voy comprendiendo que si de veras las amo y con tu gracia divina es posible, por lo pronto, gastar mi vida, pasar mis años, cuidando a tus ovejas.

Quiero ser el buen pastor que conoce a sus ovejas por su nombre, que las llama y ellas lo siguen porque conocen su voz. ¡Que mi voz no sea otra que la de Cristo el verdadero Buen Pastor!



Todos me llaman Padre



Ellos, tus hijos por el Bautismo que quizás yo les he dado en nombre de la Trinidad Santa, tus hijos que aprendieron a amarte desde los brazos maternales, ellos que te llaman a ti con el santo nombre de Padre, enseñados por Jesús mismo, me llaman a mí “Padre”, como a ti.



Nombre cariñoso y respetuoso que otros padres antes que yo se ganaron a pulso y lo hicieron costumbre, cultura, en tu pueblo santo.



Yo quiero ser digno de ese nombre y del cariño y el respeto que entraña. Quiero ser imagen fidedigna de tu paternidad divina.



Pero, no soy más que un pobre hombre limitado por condición de pecador.



Quiero ser santo



Soy sacerdote. Un hombre sacado de entre los demás hombres para ofrecerte sacrificios por mis propios pecados y por los de mis hermanos. Santifícame, Señor, para ser digno del sacerdocio santo de tu Hijo. Mira que mi maldad no hace juego con mi sacerdocio. Hazme santo para que no vaya a suceder que el que salva quede sin salvación. Hazme santo para poder ser un mejor instrumento de tu divina voluntad. Hazme santo a pesar mío, para mi propio bien y el de mis hermanos.

martes, 23 de junio de 2009

Sagrado corazón de Jesús. Mons. Marío de Gasperín Gasperín Obispo de Querétaro


Hermanas y hermanos:

1. Hoy celebramos, con toda la Iglesia, la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, fecha escogida por el santo Padre Benedicto XVI para inaugurar el Año Sacerdotal con el tema “Fidelidad de Cristo, fidelidad del sacerdote”, recordando también el 150 aniversario de la muerte del santo Párroco de Ars san Juan María Vianney. Tres aspectos de un mismo misterio: a) El misterio del Amor de Dios manifestado en Cristo mediante el signo de su Corazón traspasado en el momento cumbre de su sacrificio en la Cruz; b) su Sacerdocio comunicado a los apóstoles en la institución de la santa Eucaristía, sacramento de su Amor; y c) la transmisión a la Iglesia de ese sacerdocio mediante el sacramento del Orden, cuyo modelo ejemplar de vida sacerdotal es el santo Párroco de Ars ,san Juan María Vianney.

2. Aquí, en este templo parroquial, dedicado a honrar al Sagrado Corazón de Jesús, se encuentra también una significativa imagen de san Juan María Vianney, herencia de nuestros mayores; ésta es una circunstancia preciosa para sintonizar con el deseo del santo Padre el Papa Benedicto XVI de encomendar al Amor de Cristo a los ministros de su amor que son los sacerdotes. Hoy, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús honramos y agradecemos a ese Corazón divino el regalo de su Amor a la Iglesia mediante su sacerdocio; y voy a comenzar citando algunas frases del santo Párroco de Ars sobre el Amor de Dios y el sacerdocio; decía, por ejemplo,: “El Sacerdocio: es el Amor del Sagrado Corazón de Jesús”; y comenta el Papa Benedicto en su Carta del 16 de junio: “Esta conmovedora expresión nos da pie para reconocer con devoción y admiración el inmenso don que suponen los sacerdotes, no sólo para la Iglesia, sino también para la humanidad misma”. El sacerdocio católico es una bendición para toda la humanidad. Otros textos del santo párroco de Ars: “Si yo encontrara a un sacerdote y a un ángel, yo saludaría primero al sacerdote y después al ángel. Éste es amigo de Dios, pero el sacerdote ocupa su lugar”. “Todo nos llega por medio de un sacerdote”. “Ustedes no podrán señalar un solo beneficio de Dios, sin encontrar al lado de este recuerdo, la imagen de un sacerdote”. “El sacerdote no se llega a comprender si no es en el cielo”. “El sacerdote debe siempre permanecer sacerdote para responder a las necesidades de las almas”. “Cuando se quiere destruir la religión, se comienza por atacar a los sacerdotes”. Todos estos textos están tomados de sus escritos, (Cfr. “Jean-Marie Vianney, Curé D’Ars. Sa pensée – Son Coeur”, de Bernard Nodet, Pgs. 110 y 101) que a más de uno ahora podrán parecer exagerados, pero que reflejan la altísima estima que tenía el santo Párroco de Ars por el sacerdocio y por su ministerio sacerdotal y, quizá o sin quizá, muestran nuestra debilitada fe y decadente estima por un “Don y Misterio” tan excelso, como llamaba el papa Juan Pablo II al sacerdocio católico.

3. El sacerdocio es la expresión clara del amor de Jesús manifestada en su corazón abierto y también coronado de espinas. Su corazón tuvo que ser traspasado por la lanza y coronado de espinas para que de allí brotara el sacerdocio cristiano. Esto quiere decir que el sacerdocio cristiano y la vida sacerdotal están y estarán siempre marcadas por el dolor, el sufrimiento y la incomprensión. Comenta el Papa: “¿Cómo no recordar tantos sacerdotes ofendidos en su dignidad, obstaculizados en su misión, a veces incluso perseguidos hasta ofrecer el supremo testimonio de su sangre?”. Numerosos sacerdotes mexicanos sellaron su amor a Cristo y coronaron su ministerio con el martirio. En medio de situaciones tan difíciles, no deja también de haber, añade el Papa, “situaciones bastante deplorables, en las que la Iglesia misma sufre por la infidelidad de algunos de sus ministros. En estos casos es el mundo el que sufre el escándalo y el abandono”. Estas heridas deben ser curadas y el sacerdocio de Cristo tiene que seguir brillando esplendoroso y alegre en un mundo opaco y en una humanidad ensombrecida, que lo necesita no sólo para tener vida en Cristo sino para poder sobrevivir, pues, como decía el santo Párroco de Ars: “Dejen una parroquia sin sacerdote veinte años y adorarán a las bestias”. La humanidad, la sociedad, sin la presencia de los sacerdotes, se torna inhumana y vuelve a la barbarie.

4. Jesús, puesto de pie, exclamaba en los atrios del templo de Jerusalén: “El que tenga sed, que venga a mi y beba. De aquel que cree en mi, brotarán torrentes de agua viva”. Esto lo decía Jesús del Espíritu Santo que habrían de recibir todos los que creyeran en él. Esto lo dice aquí Jesús, para ustedes, hermanos confirmandos, por medio de su Obispo. Vengo a cumplir para ustedes esta promesa del Corazón de Jesús; vengo a darles el Don del Espíritu Santo, que es esa Fuente de agua viva que brota y salta hasta la vida eterna, que es capaz de elevarlos y llevarlos hasta Dios. Voy a citarles también algunas frases del santo párroco de Ars sobre el Espíritu Santo. Dice: “El Espíritu Santo es quien conduce las almas; sin Él, el alma nada puede. El alma poseída por Él es como una vid, de donde brota una vino sabroso cuando se la presiona. Sin el Espíritu Santo, el alma es como una piedra de donde nada se puede obtener”. “El Espíritu Santo es como el jardinero que cultiva nuestra alma”. “El Espíritu Santo es quien nos hace distinguir la verdad de la mentira, el bien del mal”. “Quienes se dejan conducir por el Espíritu Santo experimentan toda clase de felicidad, más allá de ellos mismos; en cambio, los malos cristianos se revuelcan entre espinas y piedras”. “Los que piensan que la práctica de la religión es aburrida, es que no tienen al Espíritu Santo”. “En el cielo, nos alimentaremos del aliento (Espíritu) de Dios”. (Obra citada, Pgs. 54ss).

5. Termino haciendo mía la oración de San Pablo, pues estamos a punto de concluir el año paulino. Así oraba san Pablo por sus fieles: “Me arrodillo ante el Padre, de quien procede toda paternidad en el cielo y en la tierra, para que, conforme a los tesoros de su bondad, les conceda que su Espíritu los fortalezca interiormente y Cristo habite por la fe en sus corazones. Así, arraigados y cimentados en el Amor, podrán comprender con todo el pueblo de Dios, la anchura y la longitud, la altura y la profundidad del amor de Cristo, y experimentar ese Amor que sobrepasa todo conocimiento humano, para que así queden ustedes colmados con la plenitud misma de Dios” (Ef 3, 18s). Sólo Dios puede colmar el deseo de felicidad del hombre. Sin Dios, jóvenes, ni ustedes ni nadie puede ser feliz. Abran su corazón al amor del Corazón de Cristo y déjense llenar el alma con el Espíritu Santo, que ahora les ofrece la Iglesia y su Obispo en el sacramento de la Confirmación. Su vida -y México- cambiará. Es promesa de Dios.



+ Mario De Gasperín Gasperín
Obispo de Querétaro

Alvaro Corcuera L.C.: En El Año Sacerdotal


19 de junio de 2009
Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

A todos los miembros del Regnum Christi
con motivo del «Año sacerdotal»
convocado por el Papa Benedicto XVI


Muy estimados en Cristo,

Siempre es un gusto poder escribirles unas líneas y compartir la alegría de ser una familia unida en Cristo. Vivimos un periodo muy intenso del año litúrgico pues hemos celebrado grandes solemnidades como Pentecostés, la Santísima Trinidad y el Corpus Domini, y hoy celebramos la del Sagrado Corazón, que tanto nos ayuda a contemplar el amor de Cristo hacia cada uno de nosotros. Dios no deja de derramar su gracia de modo sobreabundante en nuestras almas y por eso buscamos vivir también con un corazón agradecido y generoso, pidiéndole con humildad el don de formar un corazón como el suyo, en esa oración tan hermosa de la Iglesia: «Sagrado Corazón de Jesús, haz nuestro corazón semejante al tuyo».


El motivo de esta carta es el deseo de que reflexionemos juntos sobre el significado y las implicaciones para nuestra vida del «Año sacerdotal» que el Papa ha convocado y que comienza precisamente hoy, con esta solemnidad del Sagrado Corazón, teniendo como lema: «Fidelidad de Cristo, fidelidad del sacerdote».

La ocasión que ha dado pie para este especial acontecimiento es el 150º aniversario de la muerte de san Juan María Vianney, a quien Benedicto XVI proclamará patrono de todos los sacerdotes del mundo. Mejor conocido como «el Cura de Ars», la gran obra de este sacerdote fue haber desgastado su vida por la salvación de las almas. Cuando era joven, antes de ingresar al seminario, se decía: «Si soy sacerdote podría ganar muchas almas para Dios»; ésta era su gran ilusión.

Fue párroco del pequeño pueblo de Ars durante más de cuarenta años. Ahí se dedicó con intensidad a la predicación, a formar a sus feligreses en la fe, a las obras de caridad y, sobre todo, a celebrar los sacramentos. Sólo Dios sabe cuántos milagros y conversiones tuvieron lugar en su confesonario, en el que llegaba a pasar hasta doce horas en un día ordinario.

El gran secreto del Cura de Ars fue su amor a Dios y el tener su mirada fija en el cielo. En una carta a un primo suyo, le animaba así, hablándole del cielo: «Qué divina felicidad. Ver al buen Jesús que tanto nos ha amado y que nos hará dichosos». Y dicen que pocas horas antes de morir, pronunció estas palabras: «Qué bueno es Dios; cuando ya nosotros no podemos ir más hacia Él, Él viene a nosotros». Toda su vida fue un «ir hacia Dios» y llevar a los hombres a Él.

Cuánto debemos dar gracias a Dios porque, hoy también, Él se hace presente en nuestra vida e ilumina nuestro camino con el testimonio de muchos sacerdotes santos. Misteriosamente, Él ha querido que su gracia nos llegue a través de instrumentos humanos. Cada uno de nosotros puede considerar cómo fue a través de un sacerdote que recibimos el don de la filiación divina y la fe, por el bautismo. Cada vez que queremos reconciliarnos con Dios y renovar nuestra amistad con Él, en la confesión, es un sacerdote quien en nombre de Cristo nos dice: «Yo te absuelvo de tus pecados…».

Sólo el sacerdote tiene el poder para que, al pronunciar las palabras que dijo Jesús en la Última Cena, se haga presente de modo incruento el sacrificio de la cruz, y el pan y el vino se transformen en el Cuerpo y la Sangre del Señor. Por eso, para valorar lo que un sacerdote representa basta preguntarnos qué sería de nuestra vida si no contáramos con sacerdotes que nos sirvieran como puentes para llegar a Dios. El Cura de Ars decía: «El sacerdote es algo grande. No se sabrá lo que es, sino en el cielo. Si lo entendiéramos en la tierra, moriría uno, no de espanto, sino de amor».

Quienes hemos recibido esta vocación, sabemos que la grandeza del sacerdocio es puro don gratuito de Dios. No hay mérito alguno de nuestra parte. Al contrario, somos conscientes de que Dios nos llamó, siendo débiles y pequeños, como todo hombre. Experimentamos la desproporción que hay entre lo que somos –hombres, creaturas frágiles–, y lo que representamos –¡a Dios mismo!–; entre nuestras fuerzas y capacidades limitadas, y la misión trascendente que se nos ha encomendado. Con san Pablo, podemos decir: «llevamos este tesoro en recipientes de barro para que aparezca que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros» (2Co 4, 7).

O como dice la carta a los Hebreos, somos tomados de entre los hombres y puestos a favor de los hombres en lo que se refiere a Dios (cf. Hb 5, 1). Ante esta realidad, nos llenan de confianza y nos iluminan mucho las palabras que Cristo nos dirige en el Evangelio: «A vosotros os he llamado amigos… No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca» (Jn 15, 15-16).

Sabemos que nuestra fidelidad es posible porque Jesucristo es fiel y cumple su palabra, porque contamos con su gracia, su auxilio y su misericordia. Él es el Amigo fiel. El Papa Juan Pablo II, nos decía muy bien: «Tened confianza en Jesucristo, el Amigo, pues Él no nos abandona. Él sostiene nuestro ministerio, aún ahí donde externamente no se alcanza un éxito inmediato. Creed en Él; creed que Él espera todo de vosotros, del mismo modo que un amigo lo espera de su amigo» (Homilía a los sacerdotes y seminaristas en la catedral de Fulda, 17 de noviembre de 1980).

El sacerdote debe ser siempre una puerta abierta a todos, debe saber escuchar, tratar a cada persona con todo su corazón, dedicando a cada uno el tiempo necesario, amando y acogiendo a todos como el mismo Jesucristo. No da sólo su tiempo, sino su misma vida, sin límite alguno. Se puede decir que su vocación es ser un mártir del servicio al prójimo. Una sola alma vale la pena todo el esfuerzo de un sacerdote. El mundo necesita a Cristo. Todos le necesitamos, porque sólo con Él tiene sentido nuestra vida, nuestros afanes diarios, nuestras alegrías y nuestras luchas.

Por eso, Dios quiere sacerdotes santos que nos ayuden a encontrar a Cristo. El Papa ha convocado este año sacerdotal «para favorecer esta tendencia de los sacerdotes a la perfección espiritual de la que depende sobre todo la eficacia de su ministerio» (Discurso a los miembros de la Congregación para el Clero, 16 de marzo de 2009). Resuenan aquí de nuevo las palabras con las que Cristo invita a sus apóstoles a permanecer en su amor, unidos a la vid, y a guardar sus mandamientos para dar fruto abundante (cf. Jn 15, 1-10).

Sólo así el sacerdote puede encarnar en su vida la imagen del Buen Pastor, manso y humilde, con quien el yugo es suave y la carga, ligera (cf. Mt 11, 29-30). Sólo así se puede tener como única recompensa el bien de las almas, sin esperar nada a cambio, reflejando en la propia vida los frutos de la presencia del Espíritu Santo que definen al cristiano: «amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí» (Ga 5, 22-23). Repasar este texto, en examen de conciencia, le da al cristiano las pautas para ir en el camino correcto. Son signo evidente de que el Espíritu Santo está en nuestros corazones. No son dones para nuestro propio beneficio, sino para compartirlos de modo desinteresado con nuestros hermanos los hombres, sin cansarnos de hacer el bien.

Podríamos pensar que es éste un llamamiento dirigido exclusivamente a los sacerdotes, pero sin duda es una oportunidad para que todos los cristianos cobremos conciencia de esta realidad y veamos de qué modo podemos colaborar para que haya más sacerdotes y sacerdotes cada vez más santos. Para nosotros, como miembros del Regnum Christi, esta iniciativa del Santo Padre representa un deseo de Cristo mismo. El Movimiento Regnum Christi está para «servir a la Iglesia y a sus Pastores, y, desde la Iglesia, servir a los hombres» (Manual del miembro del Regnum Christi, 11). Contar con sacerdotes santos es, sin duda, una de las más apremiantes necesidades de nuestra querida Iglesia. Por eso, quisiera también proponerles algunos medios con los que creo que todos podemos sumarnos a este año sacerdotal, sea individualmente, en familia, en las parroquias o en los centros y obras del Regnum Christi.

En primer lugar y de modo muy especial, quiero invitarles a que una vez al mes los jóvenes del Regnum Christi organicen en cada localidad una hora eucarística con adoración al Santísimo para pedir al Señor por los sacerdotes y por las vocaciones. Que sean momentos íntimos de oración, de reparación por las faltas y pecados cometidos, de petición de perdón y misericordia, como al iniciar la celebración de la Santa Misa cada mañana. Será algo muy bueno que puedan participar en familia en esa actividad, ya que tanto ayuda rezar unidos, y que inviten también a otros amigos y conocidos.

Donde sea posible, puede hacerse en una parroquia, de modo que otros fieles se puedan beneficiar también de esa gracia y apoyemos la labor de nuestros párrocos. Dios quiera que logremos que esto se convierta en una tradición, que sin duda nos ayudará a vivir más cerca del Señor y alcanzará muchas bendiciones para toda la Iglesia.

Este año sacerdotal será también una ocasión magnífica para presentar el atractivo de la vocación sacerdotal y fomentar entre los jóvenes la apertura a un posible llamado de Dios. Sabemos que esto no es tarea exclusiva de los obispos y sacerdotes, sino que los laicos también pueden y deben ser instrumentos eficaces para que un alma perciba la voz de Cristo que invita a seguirle. De hecho, esto es ya una realidad en la Iglesia y en el Regnum Christi. Muchos de ustedes participan en los Círculos de Acción Vocacional o en el programa de Adoración por las vocaciones.

Otro ejemplo es la labor de los Evangelizadores de Tiempo Completo, gracias a la cual cada año Dios bendice con decenas de vocaciones algunos seminarios diocesanos. Entre los jóvenes del Movimiento, muchos han participado en actividades de discernimiento vocacional y están buscando, con la ayuda de su director espiritual, cuál es la voluntad de Dios sobre sus vidas. Estoy seguro de que las iniciativas para suscitar un mayor número de vocaciones podrán multiplicarse aún más en este contexto del año sacerdotal. El Papa tituló su mensaje para la jornada mundial de oración por las vocaciones, que se celebró el cuarto domingo de Pascua, con palabras que nos llenan de esperanza: «La confianza en la iniciativa de Dios y la respuesta humana».

A continuación quisiera centrar la atención en lo que podemos hacer por quienes ya son sacerdotes. Los miembros del Regnum Christi deben distinguirse por ser apoyo y sostén para todo sacerdote que se encuentren en su camino, sea el propio párroco, un sacerdote amigo de la familia, un sacerdote legionario o de otra congregación religiosa o asociación eclesial, un sacerdote necesitado, que requiera nuestra mayor cercanía y bondad. La motivación fundamental para hacerlo es que todo sacerdote es «otro Cristo», pues por la imposición de las manos su ser ha quedado profundamente identificado con Él y tiene el poder de actuar no sólo en nombre de Cristo sino in persona Christi. Es Cristo mismo quien actúa a través de él. Por tanto, cuando servimos a un sacerdote, servimos al mismo Cristo.

1.Oración y sacrificio por la santificación de los sacerdotes
Además de la iniciativa ya propuesta, todos podemos incrementar nuestra oración y sacrificio por la fidelidad y santidad de todos los sacerdotes, pues sabemos que Dios escucha las súplicas que le dirigimos con fe. No puede faltar entre nuestras intenciones ésta que toca tan esencialmente nuestra vida cristiana. Esta acción, aparentemente imperceptible, es para nosotros, sacerdotes, fuente de fortaleza y de innumerables gracias de Dios.

La Congregación vaticana para el Clero está impulsando con mucho empeño este auténtico apostolado de la oración, promoviendo la «adopción espiritual»: una persona se compromete a rezar por un sacerdote concreto. Es algo que suelen hacer las religiosas, y cuánto nos ayudan con sus plegarias, pero también los laicos pueden sumarse a este modo de apoyar a los sacerdotes. Les invito también a informarse sobre las indulgencias que el Santo Padre ha concedido para este año sacerdotal mediante un decreto de la Penitenciaría Apostólica; son oportunidades especiales para alcanzar gracias de Dios.
En todas estas oraciones debemos pedir, ante todo, que los sacerdotes seamos hombres de oración, porque un sacerdote es lo que es su oración. En la oración se forma y se define el sacerdote. Por eso, buscamos estar el mayor tiempo posible con Jesucristo ante el Sagrario. La celebración eucarística debe ser el centro de nuestra jornada, lo que marca nuestra vida. Tener a Cristo en nuestras manos y recibirle en nuestro corazón es el don más grande que se nos puede dar. Por eso nos llena de alegría dedicar un tiempo en silencio, sin prisas, para la acción de gracias después de la comunión, después de haber repartido a nuestros hermanos el alimento de salvación, el tesoro de nuestra vida.

Recordando las cartas a los sacerdotes de Juan Pablo II, tengo presente cómo nos ponía en guardia del peligro del aseglaramiento y de la secularización. Escribía el Papa: «Es la oración la que señala el estilo esencial del sacerdocio; sin ella, el estilo se desfigura. La oración nos ayuda a encontrar siempre la luz que nos ha conducido desde el comienzo de nuestra vocación sacerdotal, y que sin cesar nos dirige, aunque alguna vez da la impresión de perderse en la oscuridad. La oración nos permite convertirnos continuamente, permanecer en el estado de constante tensión hacia Dios, que es indispensable si queremos conducir a los demás a El. La oración nos ayuda a creer, a esperar y amar, incluso cuando nos lo dificulta nuestra debilidad humana» (Carta a los sacerdotes, jueves santo de 1979, 10).

2. Caridad
La caridad es el distintivo del cristiano y virtud fundamental en el espíritu del Regnum Christi. El sacerdote debe ser el hombre que ama y pasa haciendo el bien; el que comprende y sale al paso de su hermano caído, enfermo o solo; el que goza cuando ve que sus hermanos crecen y él disminuye (cf. Jn 3, 30). El sacerdote ama también reparando el Corazón de Cristo por sus pecados y los de todos los hombres.

Es instrumento de perdón, a través del sacramento de la confesión, en el que las almas se encuentran con Cristo; pero al mismo tiempo se sabe un hombre frágil, necesitado de la misericordia de Dios. ¡Cómo sentimos necesidad de pedir perdón por los pecados, los de los fieles y los de cada uno de nosotros, como sacerdotes!

Hemos recibido tanto amor de Dios, que nuestros pecados nos llenan de un dolor mayor cuando no hemos estado a la altura, cuando hemos podido opacar la imagen de Cristo o cuando no hemos vivido conforme a nuestra condición sacerdotal. Por eso todas las noches terminamos la jornada ante Cristo crucificado, rezando el salmo Miserere: «Misericordia, Señor, hemos pecado» (Sal 50). La forma de reparar es dar la vida por Dios y por los hombres nuestros hermanos, sin cansarnos de hacer el bien.

El sacerdote lucha con todo su corazón por conocer y experimentar la misericordia de Dios para después transmitirla a sus hermanos en el sacramento de la Reconciliación y en ministerio sacerdotal, buscando ser siempre un espejo de la bondad de Dios. Él mismo sabe que esto no es fruto de su esfuerzo personal, sino que es un don recibido del amor infinito de Dios. La corona del sacerdote es presentarse al final de su vida habiendo sido instrumento fiel para llevar muchas almas al cielo. Por eso, el sacerdote es promotor de las buenas obras de sus hermanos. Su alegría hace brillar aún más la belleza de nuestra fe cristiana y de la consagración a Jesús.

En un mundo muchas veces agresivo, la caridad y la benedicencia son todo un reto para nosotros. Estamos llamados de modo especial a difundir con objetividad la buena fama de los sacerdotes, a fomentar el justo aprecio hacia a sus personas y a ponderar sus virtudes. Como decía recientemente el cardenal Cláudio Hummes en una entrevista, se trata de «llevar a los sacerdotes el mensaje de que la Iglesia los ama, los respeta, los admira y se siente orgullosa de ellos» (Zenit, 3 de junio de 2009).

3. Cercanía, gratitud y amistad

El sacerdote, como recordaba el Papa Benedicto XVI el pasado jueves santo, pertenece exclusivamente a Dios. Su corazón está puesto en Dios y, por Él, abierto a todos los hombres. A ellos se entrega y de ellos puede esperar también una sincera amistad. Hay muchos detalles por los que podemos manifestar nuestra gratitud y aprecio a los sacerdotes, especialmente a aquellos que viven solos o en situaciones más difíciles. Es verdad que el sacerdote encuentra una auténtica familia en su Obispo y en sus hermanos sacerdotes, o en sus superiores y hermanos en el caso de los religiosos, pero es de desear que también experimente la cercanía y acogida de los fieles que Dios pone en su camino.

Por su parte, el sacerdote es por definición el hombre de la gratitud. Se sabe bendecido por Dios. En todo reconoce su mano amorosa y, por eso, todo lo agradece, en todo inspira e infunde confianza. ¿Cómo ser sacerdote sin ser instrumento de paz? El sacerdote no sólo sabe agradecer, sino que está dispuesto a humillarse por el bien de los demás y a ser el primero en reconocer sus propias faltas, sabiendo que es sólo un instrumento. Su misión es la de ser un puente hacia Dios o, incluso podríamos decir, la de ser como un tapete por el que los hombres pasan para llegar al cielo.

Y por eso, el sacerdote busca desarrollar también esas facetas tan humanas que ayudan a acercar a las almas al amor de Cristo: un trato respetuoso, lleno de bondad y de detalles de cortesía, caracterizado por una auténtica amabilidad, a ejemplo de su Maestro.

4. Disponibilidad, iniciativa y obediencia
Un modo muy concreto de vivir este año sacerdotal es ponernos a disposición de los sacerdotes –por ejemplo, del propio párroco– para ayudarles en todo lo que necesiten y esté a nuestro alcance. La primera manifestación de disponibilidad será acoger sus orientaciones con docilidad y sumarnos con ánimo a las iniciativas de la parroquia y de la diócesis. Aún más, no debemos esperar a que nos pidan ayuda, sino fomentar el espíritu de iniciativa, saber adelantarnos, ofreciéndonos para colaborar de algún modo en las necesidades espirituales, pastorales o materiales de la parroquia o de los fieles.

5. Poner el Movimiento Regnum Christi al servicio de los sacerdotes
Al poner nuestras personas a disposición de los sacerdotes, les podemos ofrecer también el carisma que Dios nos ha regalado. Dios nos ha dado este don no sólo para nuestro propio provecho, sino para servir a la Iglesia y a todos los hombres. Nuestra espiritualidad, nuestra metodología, los recursos formativos, los apostolados y obras deben contribuir al bien de la Iglesia y ofrecer un apoyo incondicional a los sacerdotes. Lo queremos compartir con sencillez, como un don recibido que queremos poner al servicio de nuestros hermanos.

Espero que estas sugerencias les puedan ayudar y que en comunicación con sus directores de sección, las vayan aplicando del modo más conveniente para realizar el mayor bien posible a cada situación concreta. En algunos países contamos ya con centros sacerdotales que están haciendo mucho bien en este sentido. Pueden dirigirse a ellos para obtener ayuda o para compartir las iniciativas que tengan. Vivamos este período de nuestra vida dentro de la Congregación y el Movimiento, como un año de mucha oración, humildad, penitencia y caridad.

Antes de terminar, les agradezco una vez más su testimonio y todo lo que hacen por Cristo y por la Iglesia. Que María les alcance muchas bendiciones y nos conceda a todos la gracia de cada día conocer y amar más a su Hijo. Me despido, asegurándoles un recuerdo en mis oraciones, suyo afectísimo en Cristo,

Álvaro Corcuera, L.C.