Mostrando entradas con la etiqueta Carta por el Año Sacerdotal. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Carta por el Año Sacerdotal. Mostrar todas las entradas

lunes, 9 de noviembre de 2009

Carta pastoral del Prelado del Opus Dei Mons. Javier Echeverría con motivo del Año Sacerdotal



Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Al comenzar el mes de noviembre del Año sacerdotal, me gusta pensar que está enmarcado por dos fiestas litúrgicas en las que se pone de relieve el carácter sacerdotal del Pueblo de Dios: la solemnidad de Todos los Santos y la de Cristo Rey. En la primera, que celebramos hoy, se muestra el sacerdocio de Cristo en sus miembros, los cristianos; en la segunda, el día 25, se manifiesta que nuestra Cabeza, Jesucristo, es Sacerdote eterno y Rey del universo[1], que con su venida gloriosa al final de los tiempos tomará posesión de su Reino y lo entregará a Dios Padre[2].

Las dos solemnidades invitan a reflexionar sobre la dignidad de la vocación cristiana. San Pedro, en su primera epístola, nos dice a los bautizados las siguientes palabras: vosotros sois linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido en propiedad, para que pregonéis las maravillas de Aquel que os llamó de las tinieblas a su admirable luz: los que un tiempo no erais pueblo, ahora sois pueblo de Dios, los que antes no habíais alcanzado misericordia, ahora habéis alcanzado misericordia[3]. El Príncipe de los Apóstoles afirma que Dios, al hacernos hijos suyos por la gracia del Espíritu Santo, nos ha insertado en el nuevo Pueblo de Dios —la Iglesia— al que se pertenece no por la descendencia de la carne, sino por la incorporación a Jesucristo. En virtud de tan increíble elección, gratuita e inmerecida —¡partícipes del sacerdocio de Cristo!—, se nos invita a anunciar las maravillas divinas con el ejemplo, con la palabra y con las obras.

Admiremos la bondad de Dios Padre y démosle gracias. No se contentó con enviar a su Hijo al mundo para salvarnos, sino que ha querido que la Redención llegue a todos los hombres, hasta el fin de los tiempos, sirviéndose de la Iglesia, que es Cuerpo de Cristo y presencia salvífica del Señor en el espacio y en el tiempo. San Agustín afirmaba que «así como llamamos cristianos a todos [los bautizados], en virtud del único crisma, así también llamamos a todos sacerdotes, porque son miembros del único Sacerdote»[4]. Nuestro Padre meditó mucho en este don tan grande e impulsaba a que todos tuviésemos los mismos sentimientos de Cristo[5]; por eso hemos de pensar: ¿hasta qué punto me empeño en asimilar esta riqueza?

La llamada universal a la santidad y al apostolado proviene, como de su raíz, del carácter bautismal. El sacerdocio común precede al sacerdocio ministerial, y este último se pone al servicio de aquel. Sin la regeneración del Bautismo no podría haber ministros sagrados, pues este sacramento abre la puerta a todos los demás; y sin sacerdocio ministerial, mediante el que la Iglesia anuncia a los hombres la doctrina de Cristo, los incorpora a su vida con los sacramentos —especialmente con la Eucaristía— y los guía hacia el Cielo, no podríamos progresar en el camino de la santidad. «El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico, aunque diferentes esencialmente y no sólo en grado, se ordenan, sin embargo, el uno al otro, pues ambos participan a su manera del único sacerdocio de Cristo»[6].

El Santo Cura de Ars expresaba con viveza la necesidad del sacerdocio ministerial. Benedicto XVI, en la carta con motivo del Año sacerdotal, recoge algunas expresiones del santo: «Sin el sacerdote —señalaba—, la muerte y la pasión de Nuestro Señor no servirían de nada. El sacerdote continúa la obra de la redención sobre la tierra... ¿De que nos serviría una casa llena de oro si no hubiera nadie que nos abriera la puerta? El sacerdote tiene la llave de los tesoros del Cielo: él es quien abre la puerta; es el administrador del buen Dios; el administrador de sus bienes... El sacerdote no es sacerdote para sí mismo, sino para vosotros»[7]. ¿Cómo rezamos a diario, con auténtica fe, para que no falten sacerdotes santos? ¿Suplicamos al Dueño de la mies, como exigencia de nuestra condición de cristianos, que envíe trabajadores a su campo, en número suficiente para atender las abundantes necesidades del mundo entero?

Pero volvamos a la liturgia de hoy, que subraya el carácter sacerdotal del Pueblo de Dios. En una visión impresionante, el Apocalipsis nos muestra una gran multitud que nadie podía contar, de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas, de pie ante el trono y ante el Cordero, vestidos con túnicas blancas, y con palmas en las manos, que gritaban con fuerte voz: ¡la salvación viene de nuestro Dios, que se sienta sobre el trono, y del Cordero![8]. Esa muchedumbre de personas que se postran en adoración delante de la Santísima Trinidad, en unión con los ángeles, son los santos: unos conocidos, la mayor parte desconocidos. Se ve ahí al Pueblo de Dios en su etapa final, que comprende los santos del Antiguo Testamento, desde el justo Abel y el fiel patriarca Abraham, los del Nuevo Testamento, los numerosos mártires del inicio del cristianismo y los beatos y santos de los siglos sucesivos, hasta los testigos de Cristo de nuestro tiempo. A todos los une la voluntad de encarnar en su vida el Evangelio, bajo el impulso del eterno animador del Pueblo de Dios, que es el Espíritu Santo[9].

Tanto el sacerdocio ministerial como el sacerdocio común son para santificar a los hombres. Los ministros sagrados, configurados con Cristo Cabeza de la Iglesia, lo ejercitan predicando la Palabra de Dios, administrando los sacramentos y siendo pastores que guían a los fieles hacia la vida eterna, como instrumentos visibles del Sumo y Eterno Sacerdote. Pero también los fieles laicos, en virtud del sacerdocio real, participan a su modo en ese triple oficio de Cristo Sacerdote. San Josemaría explicaba que todos los cristianos, sin excepción, hemos sido constituidos sacerdotes de nuestra propia existencia, para ofrecer víctimas espirituales, que sean agradables a Dios por Jesucristo (1 Pe 2, 5), para realizar cada una de nuestras acciones en espíritu de obediencia a la voluntad de Dios, perpetuando así la misión del Dios-Hombre[10].

No se precisa ningún encargo especial de la autoridad de la Iglesia, para sentirse urgidos a participar en la misión salvífica. Apóstol es el cristiano que se siente injertado en Cristo, identificado con Cristo, por el Bautismo; habilitado para luchar por Cristo, por la Confirmación; llamado a servir a Dios con su acción en el mundo, por el sacerdocio común de los fieles, que confiere una cierta participación en el sacerdocio de Cristo, que —siendo esencialmente distinta de aquella que constituye el sacerdocio ministerial— capacita para tomar parte en el culto de la Iglesia, y para ayudar a los hombres en su camino hacia Dios, con el testimonio de la palabra y del ejemplo, con la oración y con la expiación[11]. Detengámonos con frecuencia en lo que significa esta condición del cristiano, porque hemos de ser portadores de Cristo a la humanidad, y portadores de la humanidad a Cristo.

En el curso del Año sacerdotal, además de pedir por la santidad de los sacerdotes, hemos de rezar por la santidad de todo el pueblo cristiano. Si hay familias que educan a los hijos en el amor de Dios, con su ejemplo de vida cristiana; si hay hombres y mujeres que buscan seriamente a Jesucristo en las circunstancias de la existencia ordinaria, habrá muchos jóvenes que se sentirán llamados por el Señor al sacerdocio ministerial. En estos meses se nos ofrece una nueva ocasión para que todos tomemos más conciencia de la vocación universal a la santidad y al apostolado, y para esmerarnos en seguir decididamente esa llamada, sin medianías, sin dejarnos dominar por los estados de ánimo. ¿Cómo y hasta qué punto nos influyen el cansancio, las contradicciones, los fracasos? ¿Perdemos la paz fácilmente y no nos refugiamos en Dios? ¿Consideramos que la Cruz es fundamento y corona de la Iglesia?

San Josemaría recibió especiales luces divinas para enseñar cómo se puede servir a la extensión del Reino de Dios a través de las actividades temporales. El mismo día de su tránsito de este mundo, recordaba a un grupo de mujeres, fieles del Opus Dei, que también ellas —como todos los cristianos— tenían alma sacerdotal. Muchos años antes había escrito: en todo y siempre hemos de tener —tanto los sacerdotes como los seglares— alma verdaderamente sacerdotal y mentalidad plenamente laical, para que podamos entender y ejercitar en nuestra vida personal aquella libertad de que gozamos en la esfera de la Iglesia y en las cosas temporales, considerándonos a un tiempo ciudadanos de la ciudad de Dios (cfr. Ef 2, 19) y de la ciudad de los hombres[12].

El alma sacerdotal conduce a los bautizados —insisto— a tener los mismos sentimientos de Cristo, con hambres de unirse cada día a Él en la Santa Misa y a lo largo de la jornada. El espíritu sacerdotal impulsa a crecer en la ambición santa de servir, con dedicación sincera y concreta por el bien espiritual y material de nuestros semejantes; anima a cultivar un serio afán de almas, con el deseo vehemente de ser corredentores con Cristo, unidos a la Virgen Santísima y filialmente pegados al Romano Pontífice; mueve a mostrarse dispuestos a reparar por los pecados, los propios de cada uno y los de los hombres todos... En definitiva, a amar a Dios y al prójimo sin decir nunca basta en el servicio de la Iglesia y de las almas. San Josemaría lo resumía así: con esa alma sacerdotal, que pido al Señor para todos vosotros, debéis procurar que, en medio de las ocupaciones ordinarias, vuestra vida entera se convierta en una continua alabanza a Dios: oración y reparación constantes, petición y sacrificio por todos los hombres. Y todo esto, en íntima y asidua unión con Cristo Jesús, en el Santo Sacrificio del Altar[13].

En la Santa Misa adquieren nuestras obras valor de eternidad. En esos momentos, con vigorosa intensidad, el cristiano se vuelve plenamente consciente de su compromiso de colaborar con Jesús en la santificación de las realidades humanas, mediante el ofrecimiento de su vida y de toda su actividad. «Altare Dei est cor nostrum»[14], decía San Gregorio Magno; altar de Dios es nuestro corazón. Hemos de servirle no sólo en el altar, sino en el mundo entero, que es altar para nosotros. Todas las obras de los hombres se hacen como en un altar, y cada uno de vosotros, en esa unión de almas contemplativas que es vuestra jornada, dice de algún modo su misa, que dura veinticuatro horas, en espera de la misa siguiente, que durará otras veinticuatro horas, y así hasta el fin de nuestra vida[15].

Además, como manifestación de su participación en el oficio profético de Jesucristo, todos los fieles han de esforzarse por comunicar a otros las enseñanzas divinas. Ciertamente caben muchas maneras de participar en la misión evangelizadora de la Iglesia; en cualquier caso, en la base de cualquier labor apostólica se encuentra siempre el mandato de Jesús a todos los cristianos: id y haced discípulos a todos los pueblos (...) enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado[16].

De igual modo, la participación en el oficio real de Cristo alienta a los cristianos a santificar las realidades terrenas; los laicos, en concreto, mediante su empeño por ordenar según la Voluntad de Dios los asuntos temporales[17], actuando en el mundo a modo de fermento[18] para poner a Cristo en la cumbre de todas sus actividades. «El sacerdocio común que hemos recibido en el Bautismo —explicaba don Álvaro siguiendo la doctrina de San Josemaría— es real, regio (cfr. 1 Pe 2, 9), porque al ofrecer a Dios lo que somos y tenemos, y al ofrecerle todas las actividades humanas nobles realizadas según el querer divino, somos reino de Cristo y reinamos con Él»[19].

Como parte de la misión específica que Dios le había confiado, San Josemaría enseñó que una característica esencial del modo de hacer presente el sacerdocio de Cristo según el espíritu del Opus Dei, tanto por parte de los ministros sagrados como de los fieles laicos, es la mentalidad laical propia de su condición secular y de su situación en el mundo. De este modo, sacerdotes y seglares colaborarán en el cumplimiento de la única misión de la Iglesia, cada uno según los dones recibidos, respetando la situación específica de cada uno. Los laicos ejercen su misión en el seno de las estructuras temporales, tratando de animarlas con el espíritu de Cristo; los sacerdotes sirven a los demás mediante la predicación de la Palabra divina y la administración de los sacramentos. Esto favorece, como escribe San Josemaría, que los clérigos no atropellen a los laicos, ni los laicos a los clérigos; que no haya clérigos que se quieran entrometer en las cosas de los laicos, ni laicos que se entrometan en lo que es propio de los clérigos[20].

El próximo 28 de noviembre se cumple un nuevo aniversario de la erección del Opus Dei en prelatura personal. Demos gracias a Dios y esforcémonos por difundir el profundo significado teológico y espiritual de la cooperación orgánica de sacerdotes y seglares en el Opus Dei, para participar en la misión de la Iglesia; sobre todo, con el testimonio de una vida cristiana coherente, permaneciendo cada uno —como dice el Apóstol— en la vocación en que fue llamado[21]: siendo sacerdotes o laicos al cien por cien. De este modo serviremos con eficacia a la Iglesia, como siempre hemos procurado realizar; con más motivo ahora que muchos confunden el laicismo —que intenta arrojar a Dios de las estructuras seculares— con la laicidad; y fomentaremos el sano espíritu laical, al que se ha referido el Romano Pontífice en varias ocasiones[22].

Dentro de unos días, el 7 de noviembre, ordenaré diáconos a 32 fieles del Opus Dei. Roguemos al Señor para que sean buenos y santos ministros suyos, y prosigamos rezando por la Persona e intenciones del Romano Pontífice, por su colaboradores, por los sacerdotes y diáconos, por los candidatos al sacerdocio del mundo entero. Recordaremos también el día en que la Virgen hizo la caricia a nuestro Padre de que encontrara la "rosa" en Rialp: acudamos a nuestra Madre Santísima, para que nos consiga de Dios la "rosa" perfumada de la fidelidad. Contamos también con la ayuda de todos los que nos han precedido; en las semanas de este mes hagamos más fuerte, con nuestra oración y nuestros sufragios, la unidad de la Iglesia triunfante, purgante y militante.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Roma, 1 de noviembre de 2009

[1] Misal Romano, Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo Rey del universo, Prefacio.

[2] Cfr. 1 Cor 15, 24.

[3] 1 Pe 2, 9-10.

[4] San Agustín, La Ciudad de Dios XX, 10 (CCL 48, 720).

[5] Cfr. Flp 2, 5.

[6] Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 10.

[7] San Juan María Vianney; cit. por Benedicto XVI en Carta a los sacerdotes, 16-VI-2009.

[8] Ap 7, 9-10

[9] Benedicto XVI, Homilía en la solemnidad de Todos los Santos, 1-XI-2006.

[10] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 96.

[11] Ibid., n. 120.

[12] San Josemaría, Carta 2-II-1945, n. 1.

[13] San Josemaría, Carta 28-III-1955, n. 4.

[14] San Gregorio Magno, Moralia 25, 7, 15 (PL 76, 328).

[15] San Josemaría, Notas de una meditación, 19-III-1968.

[16] Mt 28, 19-20.

[17] Cfr. Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 31.

[18] Cfr. Concilio Vaticano II, decr. Apostolicam actuositatem, n. 2.

[19] Mons. Álvaro del Portillo, Carta pastoral, 9-I-1993, n. 11.

[20] San Josemaría, Carta 19-III-1954, n. 21.

[21] 1 Cor 7, 20.

[22] Cfr. Benedicto XVI, Discursos del 18-V-2006 y del 11-VI-2007.

martes, 23 de junio de 2009

Alvaro Corcuera L.C.: En El Año Sacerdotal


19 de junio de 2009
Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

A todos los miembros del Regnum Christi
con motivo del «Año sacerdotal»
convocado por el Papa Benedicto XVI


Muy estimados en Cristo,

Siempre es un gusto poder escribirles unas líneas y compartir la alegría de ser una familia unida en Cristo. Vivimos un periodo muy intenso del año litúrgico pues hemos celebrado grandes solemnidades como Pentecostés, la Santísima Trinidad y el Corpus Domini, y hoy celebramos la del Sagrado Corazón, que tanto nos ayuda a contemplar el amor de Cristo hacia cada uno de nosotros. Dios no deja de derramar su gracia de modo sobreabundante en nuestras almas y por eso buscamos vivir también con un corazón agradecido y generoso, pidiéndole con humildad el don de formar un corazón como el suyo, en esa oración tan hermosa de la Iglesia: «Sagrado Corazón de Jesús, haz nuestro corazón semejante al tuyo».


El motivo de esta carta es el deseo de que reflexionemos juntos sobre el significado y las implicaciones para nuestra vida del «Año sacerdotal» que el Papa ha convocado y que comienza precisamente hoy, con esta solemnidad del Sagrado Corazón, teniendo como lema: «Fidelidad de Cristo, fidelidad del sacerdote».

La ocasión que ha dado pie para este especial acontecimiento es el 150º aniversario de la muerte de san Juan María Vianney, a quien Benedicto XVI proclamará patrono de todos los sacerdotes del mundo. Mejor conocido como «el Cura de Ars», la gran obra de este sacerdote fue haber desgastado su vida por la salvación de las almas. Cuando era joven, antes de ingresar al seminario, se decía: «Si soy sacerdote podría ganar muchas almas para Dios»; ésta era su gran ilusión.

Fue párroco del pequeño pueblo de Ars durante más de cuarenta años. Ahí se dedicó con intensidad a la predicación, a formar a sus feligreses en la fe, a las obras de caridad y, sobre todo, a celebrar los sacramentos. Sólo Dios sabe cuántos milagros y conversiones tuvieron lugar en su confesonario, en el que llegaba a pasar hasta doce horas en un día ordinario.

El gran secreto del Cura de Ars fue su amor a Dios y el tener su mirada fija en el cielo. En una carta a un primo suyo, le animaba así, hablándole del cielo: «Qué divina felicidad. Ver al buen Jesús que tanto nos ha amado y que nos hará dichosos». Y dicen que pocas horas antes de morir, pronunció estas palabras: «Qué bueno es Dios; cuando ya nosotros no podemos ir más hacia Él, Él viene a nosotros». Toda su vida fue un «ir hacia Dios» y llevar a los hombres a Él.

Cuánto debemos dar gracias a Dios porque, hoy también, Él se hace presente en nuestra vida e ilumina nuestro camino con el testimonio de muchos sacerdotes santos. Misteriosamente, Él ha querido que su gracia nos llegue a través de instrumentos humanos. Cada uno de nosotros puede considerar cómo fue a través de un sacerdote que recibimos el don de la filiación divina y la fe, por el bautismo. Cada vez que queremos reconciliarnos con Dios y renovar nuestra amistad con Él, en la confesión, es un sacerdote quien en nombre de Cristo nos dice: «Yo te absuelvo de tus pecados…».

Sólo el sacerdote tiene el poder para que, al pronunciar las palabras que dijo Jesús en la Última Cena, se haga presente de modo incruento el sacrificio de la cruz, y el pan y el vino se transformen en el Cuerpo y la Sangre del Señor. Por eso, para valorar lo que un sacerdote representa basta preguntarnos qué sería de nuestra vida si no contáramos con sacerdotes que nos sirvieran como puentes para llegar a Dios. El Cura de Ars decía: «El sacerdote es algo grande. No se sabrá lo que es, sino en el cielo. Si lo entendiéramos en la tierra, moriría uno, no de espanto, sino de amor».

Quienes hemos recibido esta vocación, sabemos que la grandeza del sacerdocio es puro don gratuito de Dios. No hay mérito alguno de nuestra parte. Al contrario, somos conscientes de que Dios nos llamó, siendo débiles y pequeños, como todo hombre. Experimentamos la desproporción que hay entre lo que somos –hombres, creaturas frágiles–, y lo que representamos –¡a Dios mismo!–; entre nuestras fuerzas y capacidades limitadas, y la misión trascendente que se nos ha encomendado. Con san Pablo, podemos decir: «llevamos este tesoro en recipientes de barro para que aparezca que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros» (2Co 4, 7).

O como dice la carta a los Hebreos, somos tomados de entre los hombres y puestos a favor de los hombres en lo que se refiere a Dios (cf. Hb 5, 1). Ante esta realidad, nos llenan de confianza y nos iluminan mucho las palabras que Cristo nos dirige en el Evangelio: «A vosotros os he llamado amigos… No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca» (Jn 15, 15-16).

Sabemos que nuestra fidelidad es posible porque Jesucristo es fiel y cumple su palabra, porque contamos con su gracia, su auxilio y su misericordia. Él es el Amigo fiel. El Papa Juan Pablo II, nos decía muy bien: «Tened confianza en Jesucristo, el Amigo, pues Él no nos abandona. Él sostiene nuestro ministerio, aún ahí donde externamente no se alcanza un éxito inmediato. Creed en Él; creed que Él espera todo de vosotros, del mismo modo que un amigo lo espera de su amigo» (Homilía a los sacerdotes y seminaristas en la catedral de Fulda, 17 de noviembre de 1980).

El sacerdote debe ser siempre una puerta abierta a todos, debe saber escuchar, tratar a cada persona con todo su corazón, dedicando a cada uno el tiempo necesario, amando y acogiendo a todos como el mismo Jesucristo. No da sólo su tiempo, sino su misma vida, sin límite alguno. Se puede decir que su vocación es ser un mártir del servicio al prójimo. Una sola alma vale la pena todo el esfuerzo de un sacerdote. El mundo necesita a Cristo. Todos le necesitamos, porque sólo con Él tiene sentido nuestra vida, nuestros afanes diarios, nuestras alegrías y nuestras luchas.

Por eso, Dios quiere sacerdotes santos que nos ayuden a encontrar a Cristo. El Papa ha convocado este año sacerdotal «para favorecer esta tendencia de los sacerdotes a la perfección espiritual de la que depende sobre todo la eficacia de su ministerio» (Discurso a los miembros de la Congregación para el Clero, 16 de marzo de 2009). Resuenan aquí de nuevo las palabras con las que Cristo invita a sus apóstoles a permanecer en su amor, unidos a la vid, y a guardar sus mandamientos para dar fruto abundante (cf. Jn 15, 1-10).

Sólo así el sacerdote puede encarnar en su vida la imagen del Buen Pastor, manso y humilde, con quien el yugo es suave y la carga, ligera (cf. Mt 11, 29-30). Sólo así se puede tener como única recompensa el bien de las almas, sin esperar nada a cambio, reflejando en la propia vida los frutos de la presencia del Espíritu Santo que definen al cristiano: «amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí» (Ga 5, 22-23). Repasar este texto, en examen de conciencia, le da al cristiano las pautas para ir en el camino correcto. Son signo evidente de que el Espíritu Santo está en nuestros corazones. No son dones para nuestro propio beneficio, sino para compartirlos de modo desinteresado con nuestros hermanos los hombres, sin cansarnos de hacer el bien.

Podríamos pensar que es éste un llamamiento dirigido exclusivamente a los sacerdotes, pero sin duda es una oportunidad para que todos los cristianos cobremos conciencia de esta realidad y veamos de qué modo podemos colaborar para que haya más sacerdotes y sacerdotes cada vez más santos. Para nosotros, como miembros del Regnum Christi, esta iniciativa del Santo Padre representa un deseo de Cristo mismo. El Movimiento Regnum Christi está para «servir a la Iglesia y a sus Pastores, y, desde la Iglesia, servir a los hombres» (Manual del miembro del Regnum Christi, 11). Contar con sacerdotes santos es, sin duda, una de las más apremiantes necesidades de nuestra querida Iglesia. Por eso, quisiera también proponerles algunos medios con los que creo que todos podemos sumarnos a este año sacerdotal, sea individualmente, en familia, en las parroquias o en los centros y obras del Regnum Christi.

En primer lugar y de modo muy especial, quiero invitarles a que una vez al mes los jóvenes del Regnum Christi organicen en cada localidad una hora eucarística con adoración al Santísimo para pedir al Señor por los sacerdotes y por las vocaciones. Que sean momentos íntimos de oración, de reparación por las faltas y pecados cometidos, de petición de perdón y misericordia, como al iniciar la celebración de la Santa Misa cada mañana. Será algo muy bueno que puedan participar en familia en esa actividad, ya que tanto ayuda rezar unidos, y que inviten también a otros amigos y conocidos.

Donde sea posible, puede hacerse en una parroquia, de modo que otros fieles se puedan beneficiar también de esa gracia y apoyemos la labor de nuestros párrocos. Dios quiera que logremos que esto se convierta en una tradición, que sin duda nos ayudará a vivir más cerca del Señor y alcanzará muchas bendiciones para toda la Iglesia.

Este año sacerdotal será también una ocasión magnífica para presentar el atractivo de la vocación sacerdotal y fomentar entre los jóvenes la apertura a un posible llamado de Dios. Sabemos que esto no es tarea exclusiva de los obispos y sacerdotes, sino que los laicos también pueden y deben ser instrumentos eficaces para que un alma perciba la voz de Cristo que invita a seguirle. De hecho, esto es ya una realidad en la Iglesia y en el Regnum Christi. Muchos de ustedes participan en los Círculos de Acción Vocacional o en el programa de Adoración por las vocaciones.

Otro ejemplo es la labor de los Evangelizadores de Tiempo Completo, gracias a la cual cada año Dios bendice con decenas de vocaciones algunos seminarios diocesanos. Entre los jóvenes del Movimiento, muchos han participado en actividades de discernimiento vocacional y están buscando, con la ayuda de su director espiritual, cuál es la voluntad de Dios sobre sus vidas. Estoy seguro de que las iniciativas para suscitar un mayor número de vocaciones podrán multiplicarse aún más en este contexto del año sacerdotal. El Papa tituló su mensaje para la jornada mundial de oración por las vocaciones, que se celebró el cuarto domingo de Pascua, con palabras que nos llenan de esperanza: «La confianza en la iniciativa de Dios y la respuesta humana».

A continuación quisiera centrar la atención en lo que podemos hacer por quienes ya son sacerdotes. Los miembros del Regnum Christi deben distinguirse por ser apoyo y sostén para todo sacerdote que se encuentren en su camino, sea el propio párroco, un sacerdote amigo de la familia, un sacerdote legionario o de otra congregación religiosa o asociación eclesial, un sacerdote necesitado, que requiera nuestra mayor cercanía y bondad. La motivación fundamental para hacerlo es que todo sacerdote es «otro Cristo», pues por la imposición de las manos su ser ha quedado profundamente identificado con Él y tiene el poder de actuar no sólo en nombre de Cristo sino in persona Christi. Es Cristo mismo quien actúa a través de él. Por tanto, cuando servimos a un sacerdote, servimos al mismo Cristo.

1.Oración y sacrificio por la santificación de los sacerdotes
Además de la iniciativa ya propuesta, todos podemos incrementar nuestra oración y sacrificio por la fidelidad y santidad de todos los sacerdotes, pues sabemos que Dios escucha las súplicas que le dirigimos con fe. No puede faltar entre nuestras intenciones ésta que toca tan esencialmente nuestra vida cristiana. Esta acción, aparentemente imperceptible, es para nosotros, sacerdotes, fuente de fortaleza y de innumerables gracias de Dios.

La Congregación vaticana para el Clero está impulsando con mucho empeño este auténtico apostolado de la oración, promoviendo la «adopción espiritual»: una persona se compromete a rezar por un sacerdote concreto. Es algo que suelen hacer las religiosas, y cuánto nos ayudan con sus plegarias, pero también los laicos pueden sumarse a este modo de apoyar a los sacerdotes. Les invito también a informarse sobre las indulgencias que el Santo Padre ha concedido para este año sacerdotal mediante un decreto de la Penitenciaría Apostólica; son oportunidades especiales para alcanzar gracias de Dios.
En todas estas oraciones debemos pedir, ante todo, que los sacerdotes seamos hombres de oración, porque un sacerdote es lo que es su oración. En la oración se forma y se define el sacerdote. Por eso, buscamos estar el mayor tiempo posible con Jesucristo ante el Sagrario. La celebración eucarística debe ser el centro de nuestra jornada, lo que marca nuestra vida. Tener a Cristo en nuestras manos y recibirle en nuestro corazón es el don más grande que se nos puede dar. Por eso nos llena de alegría dedicar un tiempo en silencio, sin prisas, para la acción de gracias después de la comunión, después de haber repartido a nuestros hermanos el alimento de salvación, el tesoro de nuestra vida.

Recordando las cartas a los sacerdotes de Juan Pablo II, tengo presente cómo nos ponía en guardia del peligro del aseglaramiento y de la secularización. Escribía el Papa: «Es la oración la que señala el estilo esencial del sacerdocio; sin ella, el estilo se desfigura. La oración nos ayuda a encontrar siempre la luz que nos ha conducido desde el comienzo de nuestra vocación sacerdotal, y que sin cesar nos dirige, aunque alguna vez da la impresión de perderse en la oscuridad. La oración nos permite convertirnos continuamente, permanecer en el estado de constante tensión hacia Dios, que es indispensable si queremos conducir a los demás a El. La oración nos ayuda a creer, a esperar y amar, incluso cuando nos lo dificulta nuestra debilidad humana» (Carta a los sacerdotes, jueves santo de 1979, 10).

2. Caridad
La caridad es el distintivo del cristiano y virtud fundamental en el espíritu del Regnum Christi. El sacerdote debe ser el hombre que ama y pasa haciendo el bien; el que comprende y sale al paso de su hermano caído, enfermo o solo; el que goza cuando ve que sus hermanos crecen y él disminuye (cf. Jn 3, 30). El sacerdote ama también reparando el Corazón de Cristo por sus pecados y los de todos los hombres.

Es instrumento de perdón, a través del sacramento de la confesión, en el que las almas se encuentran con Cristo; pero al mismo tiempo se sabe un hombre frágil, necesitado de la misericordia de Dios. ¡Cómo sentimos necesidad de pedir perdón por los pecados, los de los fieles y los de cada uno de nosotros, como sacerdotes!

Hemos recibido tanto amor de Dios, que nuestros pecados nos llenan de un dolor mayor cuando no hemos estado a la altura, cuando hemos podido opacar la imagen de Cristo o cuando no hemos vivido conforme a nuestra condición sacerdotal. Por eso todas las noches terminamos la jornada ante Cristo crucificado, rezando el salmo Miserere: «Misericordia, Señor, hemos pecado» (Sal 50). La forma de reparar es dar la vida por Dios y por los hombres nuestros hermanos, sin cansarnos de hacer el bien.

El sacerdote lucha con todo su corazón por conocer y experimentar la misericordia de Dios para después transmitirla a sus hermanos en el sacramento de la Reconciliación y en ministerio sacerdotal, buscando ser siempre un espejo de la bondad de Dios. Él mismo sabe que esto no es fruto de su esfuerzo personal, sino que es un don recibido del amor infinito de Dios. La corona del sacerdote es presentarse al final de su vida habiendo sido instrumento fiel para llevar muchas almas al cielo. Por eso, el sacerdote es promotor de las buenas obras de sus hermanos. Su alegría hace brillar aún más la belleza de nuestra fe cristiana y de la consagración a Jesús.

En un mundo muchas veces agresivo, la caridad y la benedicencia son todo un reto para nosotros. Estamos llamados de modo especial a difundir con objetividad la buena fama de los sacerdotes, a fomentar el justo aprecio hacia a sus personas y a ponderar sus virtudes. Como decía recientemente el cardenal Cláudio Hummes en una entrevista, se trata de «llevar a los sacerdotes el mensaje de que la Iglesia los ama, los respeta, los admira y se siente orgullosa de ellos» (Zenit, 3 de junio de 2009).

3. Cercanía, gratitud y amistad

El sacerdote, como recordaba el Papa Benedicto XVI el pasado jueves santo, pertenece exclusivamente a Dios. Su corazón está puesto en Dios y, por Él, abierto a todos los hombres. A ellos se entrega y de ellos puede esperar también una sincera amistad. Hay muchos detalles por los que podemos manifestar nuestra gratitud y aprecio a los sacerdotes, especialmente a aquellos que viven solos o en situaciones más difíciles. Es verdad que el sacerdote encuentra una auténtica familia en su Obispo y en sus hermanos sacerdotes, o en sus superiores y hermanos en el caso de los religiosos, pero es de desear que también experimente la cercanía y acogida de los fieles que Dios pone en su camino.

Por su parte, el sacerdote es por definición el hombre de la gratitud. Se sabe bendecido por Dios. En todo reconoce su mano amorosa y, por eso, todo lo agradece, en todo inspira e infunde confianza. ¿Cómo ser sacerdote sin ser instrumento de paz? El sacerdote no sólo sabe agradecer, sino que está dispuesto a humillarse por el bien de los demás y a ser el primero en reconocer sus propias faltas, sabiendo que es sólo un instrumento. Su misión es la de ser un puente hacia Dios o, incluso podríamos decir, la de ser como un tapete por el que los hombres pasan para llegar al cielo.

Y por eso, el sacerdote busca desarrollar también esas facetas tan humanas que ayudan a acercar a las almas al amor de Cristo: un trato respetuoso, lleno de bondad y de detalles de cortesía, caracterizado por una auténtica amabilidad, a ejemplo de su Maestro.

4. Disponibilidad, iniciativa y obediencia
Un modo muy concreto de vivir este año sacerdotal es ponernos a disposición de los sacerdotes –por ejemplo, del propio párroco– para ayudarles en todo lo que necesiten y esté a nuestro alcance. La primera manifestación de disponibilidad será acoger sus orientaciones con docilidad y sumarnos con ánimo a las iniciativas de la parroquia y de la diócesis. Aún más, no debemos esperar a que nos pidan ayuda, sino fomentar el espíritu de iniciativa, saber adelantarnos, ofreciéndonos para colaborar de algún modo en las necesidades espirituales, pastorales o materiales de la parroquia o de los fieles.

5. Poner el Movimiento Regnum Christi al servicio de los sacerdotes
Al poner nuestras personas a disposición de los sacerdotes, les podemos ofrecer también el carisma que Dios nos ha regalado. Dios nos ha dado este don no sólo para nuestro propio provecho, sino para servir a la Iglesia y a todos los hombres. Nuestra espiritualidad, nuestra metodología, los recursos formativos, los apostolados y obras deben contribuir al bien de la Iglesia y ofrecer un apoyo incondicional a los sacerdotes. Lo queremos compartir con sencillez, como un don recibido que queremos poner al servicio de nuestros hermanos.

Espero que estas sugerencias les puedan ayudar y que en comunicación con sus directores de sección, las vayan aplicando del modo más conveniente para realizar el mayor bien posible a cada situación concreta. En algunos países contamos ya con centros sacerdotales que están haciendo mucho bien en este sentido. Pueden dirigirse a ellos para obtener ayuda o para compartir las iniciativas que tengan. Vivamos este período de nuestra vida dentro de la Congregación y el Movimiento, como un año de mucha oración, humildad, penitencia y caridad.

Antes de terminar, les agradezco una vez más su testimonio y todo lo que hacen por Cristo y por la Iglesia. Que María les alcance muchas bendiciones y nos conceda a todos la gracia de cada día conocer y amar más a su Hijo. Me despido, asegurándoles un recuerdo en mis oraciones, suyo afectísimo en Cristo,

Álvaro Corcuera, L.C.