Mostrando entradas con la etiqueta Santo Cura de Ars. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Santo Cura de Ars. Mostrar todas las entradas

martes, 23 de junio de 2009

Alvaro Corcuera L.C.: En El Año Sacerdotal


19 de junio de 2009
Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

A todos los miembros del Regnum Christi
con motivo del «Año sacerdotal»
convocado por el Papa Benedicto XVI


Muy estimados en Cristo,

Siempre es un gusto poder escribirles unas líneas y compartir la alegría de ser una familia unida en Cristo. Vivimos un periodo muy intenso del año litúrgico pues hemos celebrado grandes solemnidades como Pentecostés, la Santísima Trinidad y el Corpus Domini, y hoy celebramos la del Sagrado Corazón, que tanto nos ayuda a contemplar el amor de Cristo hacia cada uno de nosotros. Dios no deja de derramar su gracia de modo sobreabundante en nuestras almas y por eso buscamos vivir también con un corazón agradecido y generoso, pidiéndole con humildad el don de formar un corazón como el suyo, en esa oración tan hermosa de la Iglesia: «Sagrado Corazón de Jesús, haz nuestro corazón semejante al tuyo».


El motivo de esta carta es el deseo de que reflexionemos juntos sobre el significado y las implicaciones para nuestra vida del «Año sacerdotal» que el Papa ha convocado y que comienza precisamente hoy, con esta solemnidad del Sagrado Corazón, teniendo como lema: «Fidelidad de Cristo, fidelidad del sacerdote».

La ocasión que ha dado pie para este especial acontecimiento es el 150º aniversario de la muerte de san Juan María Vianney, a quien Benedicto XVI proclamará patrono de todos los sacerdotes del mundo. Mejor conocido como «el Cura de Ars», la gran obra de este sacerdote fue haber desgastado su vida por la salvación de las almas. Cuando era joven, antes de ingresar al seminario, se decía: «Si soy sacerdote podría ganar muchas almas para Dios»; ésta era su gran ilusión.

Fue párroco del pequeño pueblo de Ars durante más de cuarenta años. Ahí se dedicó con intensidad a la predicación, a formar a sus feligreses en la fe, a las obras de caridad y, sobre todo, a celebrar los sacramentos. Sólo Dios sabe cuántos milagros y conversiones tuvieron lugar en su confesonario, en el que llegaba a pasar hasta doce horas en un día ordinario.

El gran secreto del Cura de Ars fue su amor a Dios y el tener su mirada fija en el cielo. En una carta a un primo suyo, le animaba así, hablándole del cielo: «Qué divina felicidad. Ver al buen Jesús que tanto nos ha amado y que nos hará dichosos». Y dicen que pocas horas antes de morir, pronunció estas palabras: «Qué bueno es Dios; cuando ya nosotros no podemos ir más hacia Él, Él viene a nosotros». Toda su vida fue un «ir hacia Dios» y llevar a los hombres a Él.

Cuánto debemos dar gracias a Dios porque, hoy también, Él se hace presente en nuestra vida e ilumina nuestro camino con el testimonio de muchos sacerdotes santos. Misteriosamente, Él ha querido que su gracia nos llegue a través de instrumentos humanos. Cada uno de nosotros puede considerar cómo fue a través de un sacerdote que recibimos el don de la filiación divina y la fe, por el bautismo. Cada vez que queremos reconciliarnos con Dios y renovar nuestra amistad con Él, en la confesión, es un sacerdote quien en nombre de Cristo nos dice: «Yo te absuelvo de tus pecados…».

Sólo el sacerdote tiene el poder para que, al pronunciar las palabras que dijo Jesús en la Última Cena, se haga presente de modo incruento el sacrificio de la cruz, y el pan y el vino se transformen en el Cuerpo y la Sangre del Señor. Por eso, para valorar lo que un sacerdote representa basta preguntarnos qué sería de nuestra vida si no contáramos con sacerdotes que nos sirvieran como puentes para llegar a Dios. El Cura de Ars decía: «El sacerdote es algo grande. No se sabrá lo que es, sino en el cielo. Si lo entendiéramos en la tierra, moriría uno, no de espanto, sino de amor».

Quienes hemos recibido esta vocación, sabemos que la grandeza del sacerdocio es puro don gratuito de Dios. No hay mérito alguno de nuestra parte. Al contrario, somos conscientes de que Dios nos llamó, siendo débiles y pequeños, como todo hombre. Experimentamos la desproporción que hay entre lo que somos –hombres, creaturas frágiles–, y lo que representamos –¡a Dios mismo!–; entre nuestras fuerzas y capacidades limitadas, y la misión trascendente que se nos ha encomendado. Con san Pablo, podemos decir: «llevamos este tesoro en recipientes de barro para que aparezca que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros» (2Co 4, 7).

O como dice la carta a los Hebreos, somos tomados de entre los hombres y puestos a favor de los hombres en lo que se refiere a Dios (cf. Hb 5, 1). Ante esta realidad, nos llenan de confianza y nos iluminan mucho las palabras que Cristo nos dirige en el Evangelio: «A vosotros os he llamado amigos… No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca» (Jn 15, 15-16).

Sabemos que nuestra fidelidad es posible porque Jesucristo es fiel y cumple su palabra, porque contamos con su gracia, su auxilio y su misericordia. Él es el Amigo fiel. El Papa Juan Pablo II, nos decía muy bien: «Tened confianza en Jesucristo, el Amigo, pues Él no nos abandona. Él sostiene nuestro ministerio, aún ahí donde externamente no se alcanza un éxito inmediato. Creed en Él; creed que Él espera todo de vosotros, del mismo modo que un amigo lo espera de su amigo» (Homilía a los sacerdotes y seminaristas en la catedral de Fulda, 17 de noviembre de 1980).

El sacerdote debe ser siempre una puerta abierta a todos, debe saber escuchar, tratar a cada persona con todo su corazón, dedicando a cada uno el tiempo necesario, amando y acogiendo a todos como el mismo Jesucristo. No da sólo su tiempo, sino su misma vida, sin límite alguno. Se puede decir que su vocación es ser un mártir del servicio al prójimo. Una sola alma vale la pena todo el esfuerzo de un sacerdote. El mundo necesita a Cristo. Todos le necesitamos, porque sólo con Él tiene sentido nuestra vida, nuestros afanes diarios, nuestras alegrías y nuestras luchas.

Por eso, Dios quiere sacerdotes santos que nos ayuden a encontrar a Cristo. El Papa ha convocado este año sacerdotal «para favorecer esta tendencia de los sacerdotes a la perfección espiritual de la que depende sobre todo la eficacia de su ministerio» (Discurso a los miembros de la Congregación para el Clero, 16 de marzo de 2009). Resuenan aquí de nuevo las palabras con las que Cristo invita a sus apóstoles a permanecer en su amor, unidos a la vid, y a guardar sus mandamientos para dar fruto abundante (cf. Jn 15, 1-10).

Sólo así el sacerdote puede encarnar en su vida la imagen del Buen Pastor, manso y humilde, con quien el yugo es suave y la carga, ligera (cf. Mt 11, 29-30). Sólo así se puede tener como única recompensa el bien de las almas, sin esperar nada a cambio, reflejando en la propia vida los frutos de la presencia del Espíritu Santo que definen al cristiano: «amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí» (Ga 5, 22-23). Repasar este texto, en examen de conciencia, le da al cristiano las pautas para ir en el camino correcto. Son signo evidente de que el Espíritu Santo está en nuestros corazones. No son dones para nuestro propio beneficio, sino para compartirlos de modo desinteresado con nuestros hermanos los hombres, sin cansarnos de hacer el bien.

Podríamos pensar que es éste un llamamiento dirigido exclusivamente a los sacerdotes, pero sin duda es una oportunidad para que todos los cristianos cobremos conciencia de esta realidad y veamos de qué modo podemos colaborar para que haya más sacerdotes y sacerdotes cada vez más santos. Para nosotros, como miembros del Regnum Christi, esta iniciativa del Santo Padre representa un deseo de Cristo mismo. El Movimiento Regnum Christi está para «servir a la Iglesia y a sus Pastores, y, desde la Iglesia, servir a los hombres» (Manual del miembro del Regnum Christi, 11). Contar con sacerdotes santos es, sin duda, una de las más apremiantes necesidades de nuestra querida Iglesia. Por eso, quisiera también proponerles algunos medios con los que creo que todos podemos sumarnos a este año sacerdotal, sea individualmente, en familia, en las parroquias o en los centros y obras del Regnum Christi.

En primer lugar y de modo muy especial, quiero invitarles a que una vez al mes los jóvenes del Regnum Christi organicen en cada localidad una hora eucarística con adoración al Santísimo para pedir al Señor por los sacerdotes y por las vocaciones. Que sean momentos íntimos de oración, de reparación por las faltas y pecados cometidos, de petición de perdón y misericordia, como al iniciar la celebración de la Santa Misa cada mañana. Será algo muy bueno que puedan participar en familia en esa actividad, ya que tanto ayuda rezar unidos, y que inviten también a otros amigos y conocidos.

Donde sea posible, puede hacerse en una parroquia, de modo que otros fieles se puedan beneficiar también de esa gracia y apoyemos la labor de nuestros párrocos. Dios quiera que logremos que esto se convierta en una tradición, que sin duda nos ayudará a vivir más cerca del Señor y alcanzará muchas bendiciones para toda la Iglesia.

Este año sacerdotal será también una ocasión magnífica para presentar el atractivo de la vocación sacerdotal y fomentar entre los jóvenes la apertura a un posible llamado de Dios. Sabemos que esto no es tarea exclusiva de los obispos y sacerdotes, sino que los laicos también pueden y deben ser instrumentos eficaces para que un alma perciba la voz de Cristo que invita a seguirle. De hecho, esto es ya una realidad en la Iglesia y en el Regnum Christi. Muchos de ustedes participan en los Círculos de Acción Vocacional o en el programa de Adoración por las vocaciones.

Otro ejemplo es la labor de los Evangelizadores de Tiempo Completo, gracias a la cual cada año Dios bendice con decenas de vocaciones algunos seminarios diocesanos. Entre los jóvenes del Movimiento, muchos han participado en actividades de discernimiento vocacional y están buscando, con la ayuda de su director espiritual, cuál es la voluntad de Dios sobre sus vidas. Estoy seguro de que las iniciativas para suscitar un mayor número de vocaciones podrán multiplicarse aún más en este contexto del año sacerdotal. El Papa tituló su mensaje para la jornada mundial de oración por las vocaciones, que se celebró el cuarto domingo de Pascua, con palabras que nos llenan de esperanza: «La confianza en la iniciativa de Dios y la respuesta humana».

A continuación quisiera centrar la atención en lo que podemos hacer por quienes ya son sacerdotes. Los miembros del Regnum Christi deben distinguirse por ser apoyo y sostén para todo sacerdote que se encuentren en su camino, sea el propio párroco, un sacerdote amigo de la familia, un sacerdote legionario o de otra congregación religiosa o asociación eclesial, un sacerdote necesitado, que requiera nuestra mayor cercanía y bondad. La motivación fundamental para hacerlo es que todo sacerdote es «otro Cristo», pues por la imposición de las manos su ser ha quedado profundamente identificado con Él y tiene el poder de actuar no sólo en nombre de Cristo sino in persona Christi. Es Cristo mismo quien actúa a través de él. Por tanto, cuando servimos a un sacerdote, servimos al mismo Cristo.

1.Oración y sacrificio por la santificación de los sacerdotes
Además de la iniciativa ya propuesta, todos podemos incrementar nuestra oración y sacrificio por la fidelidad y santidad de todos los sacerdotes, pues sabemos que Dios escucha las súplicas que le dirigimos con fe. No puede faltar entre nuestras intenciones ésta que toca tan esencialmente nuestra vida cristiana. Esta acción, aparentemente imperceptible, es para nosotros, sacerdotes, fuente de fortaleza y de innumerables gracias de Dios.

La Congregación vaticana para el Clero está impulsando con mucho empeño este auténtico apostolado de la oración, promoviendo la «adopción espiritual»: una persona se compromete a rezar por un sacerdote concreto. Es algo que suelen hacer las religiosas, y cuánto nos ayudan con sus plegarias, pero también los laicos pueden sumarse a este modo de apoyar a los sacerdotes. Les invito también a informarse sobre las indulgencias que el Santo Padre ha concedido para este año sacerdotal mediante un decreto de la Penitenciaría Apostólica; son oportunidades especiales para alcanzar gracias de Dios.
En todas estas oraciones debemos pedir, ante todo, que los sacerdotes seamos hombres de oración, porque un sacerdote es lo que es su oración. En la oración se forma y se define el sacerdote. Por eso, buscamos estar el mayor tiempo posible con Jesucristo ante el Sagrario. La celebración eucarística debe ser el centro de nuestra jornada, lo que marca nuestra vida. Tener a Cristo en nuestras manos y recibirle en nuestro corazón es el don más grande que se nos puede dar. Por eso nos llena de alegría dedicar un tiempo en silencio, sin prisas, para la acción de gracias después de la comunión, después de haber repartido a nuestros hermanos el alimento de salvación, el tesoro de nuestra vida.

Recordando las cartas a los sacerdotes de Juan Pablo II, tengo presente cómo nos ponía en guardia del peligro del aseglaramiento y de la secularización. Escribía el Papa: «Es la oración la que señala el estilo esencial del sacerdocio; sin ella, el estilo se desfigura. La oración nos ayuda a encontrar siempre la luz que nos ha conducido desde el comienzo de nuestra vocación sacerdotal, y que sin cesar nos dirige, aunque alguna vez da la impresión de perderse en la oscuridad. La oración nos permite convertirnos continuamente, permanecer en el estado de constante tensión hacia Dios, que es indispensable si queremos conducir a los demás a El. La oración nos ayuda a creer, a esperar y amar, incluso cuando nos lo dificulta nuestra debilidad humana» (Carta a los sacerdotes, jueves santo de 1979, 10).

2. Caridad
La caridad es el distintivo del cristiano y virtud fundamental en el espíritu del Regnum Christi. El sacerdote debe ser el hombre que ama y pasa haciendo el bien; el que comprende y sale al paso de su hermano caído, enfermo o solo; el que goza cuando ve que sus hermanos crecen y él disminuye (cf. Jn 3, 30). El sacerdote ama también reparando el Corazón de Cristo por sus pecados y los de todos los hombres.

Es instrumento de perdón, a través del sacramento de la confesión, en el que las almas se encuentran con Cristo; pero al mismo tiempo se sabe un hombre frágil, necesitado de la misericordia de Dios. ¡Cómo sentimos necesidad de pedir perdón por los pecados, los de los fieles y los de cada uno de nosotros, como sacerdotes!

Hemos recibido tanto amor de Dios, que nuestros pecados nos llenan de un dolor mayor cuando no hemos estado a la altura, cuando hemos podido opacar la imagen de Cristo o cuando no hemos vivido conforme a nuestra condición sacerdotal. Por eso todas las noches terminamos la jornada ante Cristo crucificado, rezando el salmo Miserere: «Misericordia, Señor, hemos pecado» (Sal 50). La forma de reparar es dar la vida por Dios y por los hombres nuestros hermanos, sin cansarnos de hacer el bien.

El sacerdote lucha con todo su corazón por conocer y experimentar la misericordia de Dios para después transmitirla a sus hermanos en el sacramento de la Reconciliación y en ministerio sacerdotal, buscando ser siempre un espejo de la bondad de Dios. Él mismo sabe que esto no es fruto de su esfuerzo personal, sino que es un don recibido del amor infinito de Dios. La corona del sacerdote es presentarse al final de su vida habiendo sido instrumento fiel para llevar muchas almas al cielo. Por eso, el sacerdote es promotor de las buenas obras de sus hermanos. Su alegría hace brillar aún más la belleza de nuestra fe cristiana y de la consagración a Jesús.

En un mundo muchas veces agresivo, la caridad y la benedicencia son todo un reto para nosotros. Estamos llamados de modo especial a difundir con objetividad la buena fama de los sacerdotes, a fomentar el justo aprecio hacia a sus personas y a ponderar sus virtudes. Como decía recientemente el cardenal Cláudio Hummes en una entrevista, se trata de «llevar a los sacerdotes el mensaje de que la Iglesia los ama, los respeta, los admira y se siente orgullosa de ellos» (Zenit, 3 de junio de 2009).

3. Cercanía, gratitud y amistad

El sacerdote, como recordaba el Papa Benedicto XVI el pasado jueves santo, pertenece exclusivamente a Dios. Su corazón está puesto en Dios y, por Él, abierto a todos los hombres. A ellos se entrega y de ellos puede esperar también una sincera amistad. Hay muchos detalles por los que podemos manifestar nuestra gratitud y aprecio a los sacerdotes, especialmente a aquellos que viven solos o en situaciones más difíciles. Es verdad que el sacerdote encuentra una auténtica familia en su Obispo y en sus hermanos sacerdotes, o en sus superiores y hermanos en el caso de los religiosos, pero es de desear que también experimente la cercanía y acogida de los fieles que Dios pone en su camino.

Por su parte, el sacerdote es por definición el hombre de la gratitud. Se sabe bendecido por Dios. En todo reconoce su mano amorosa y, por eso, todo lo agradece, en todo inspira e infunde confianza. ¿Cómo ser sacerdote sin ser instrumento de paz? El sacerdote no sólo sabe agradecer, sino que está dispuesto a humillarse por el bien de los demás y a ser el primero en reconocer sus propias faltas, sabiendo que es sólo un instrumento. Su misión es la de ser un puente hacia Dios o, incluso podríamos decir, la de ser como un tapete por el que los hombres pasan para llegar al cielo.

Y por eso, el sacerdote busca desarrollar también esas facetas tan humanas que ayudan a acercar a las almas al amor de Cristo: un trato respetuoso, lleno de bondad y de detalles de cortesía, caracterizado por una auténtica amabilidad, a ejemplo de su Maestro.

4. Disponibilidad, iniciativa y obediencia
Un modo muy concreto de vivir este año sacerdotal es ponernos a disposición de los sacerdotes –por ejemplo, del propio párroco– para ayudarles en todo lo que necesiten y esté a nuestro alcance. La primera manifestación de disponibilidad será acoger sus orientaciones con docilidad y sumarnos con ánimo a las iniciativas de la parroquia y de la diócesis. Aún más, no debemos esperar a que nos pidan ayuda, sino fomentar el espíritu de iniciativa, saber adelantarnos, ofreciéndonos para colaborar de algún modo en las necesidades espirituales, pastorales o materiales de la parroquia o de los fieles.

5. Poner el Movimiento Regnum Christi al servicio de los sacerdotes
Al poner nuestras personas a disposición de los sacerdotes, les podemos ofrecer también el carisma que Dios nos ha regalado. Dios nos ha dado este don no sólo para nuestro propio provecho, sino para servir a la Iglesia y a todos los hombres. Nuestra espiritualidad, nuestra metodología, los recursos formativos, los apostolados y obras deben contribuir al bien de la Iglesia y ofrecer un apoyo incondicional a los sacerdotes. Lo queremos compartir con sencillez, como un don recibido que queremos poner al servicio de nuestros hermanos.

Espero que estas sugerencias les puedan ayudar y que en comunicación con sus directores de sección, las vayan aplicando del modo más conveniente para realizar el mayor bien posible a cada situación concreta. En algunos países contamos ya con centros sacerdotales que están haciendo mucho bien en este sentido. Pueden dirigirse a ellos para obtener ayuda o para compartir las iniciativas que tengan. Vivamos este período de nuestra vida dentro de la Congregación y el Movimiento, como un año de mucha oración, humildad, penitencia y caridad.

Antes de terminar, les agradezco una vez más su testimonio y todo lo que hacen por Cristo y por la Iglesia. Que María les alcance muchas bendiciones y nos conceda a todos la gracia de cada día conocer y amar más a su Hijo. Me despido, asegurándoles un recuerdo en mis oraciones, suyo afectísimo en Cristo,

Álvaro Corcuera, L.C.

viernes, 19 de junio de 2009

Carta del Papa Benedicto XVI para la convocación de un Año Sacerdotal con ocasión del 150 aniversario del Dies Natalis del Santo Cura de Ars


Queridos hermanos en el Sacerdocio:

He resuelto convocar oficialmente un “Año Sacerdotal” con ocasión del 150 aniversario del “dies natalis” de Juan María Vianney, el Santo Patrón de todos los párrocos del mundo,

que comenzará el viernes 19 de junio de 2009, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús –jornada tradicionalmente dedicada a la oración por la santificación del clero–.[1] Este año desea contribuir a promover el compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes, para que su testimonio evangélico en el mundo de hoy sea más intenso e incisivo, y se concluirá en la misma solemnidad de 2010.


“El Sacerdocio es el amor del corazón de Jesús”, repetía con frecuencia el Santo Cura de Ars.[2] Esta conmovedora expresión nos da pie para reconocer con devoción y admiración el inmenso don que suponen los sacerdotes, no sólo para la Iglesia, sino también para la humanidad misma. Tengo presente a todos los presbíteros que con humildad repiten cada día las palabras y los gestos de Cristo a los fieles cristianos y al mundo entero, identificándose con sus pensamientos, deseos y sentimientos, así como con su estilo de vida. ¿Cómo no destacar sus esfuerzos apostólicos, su servicio infatigable y oculto, su caridad que no excluye a nadie? Y ¿qué decir de la fidelidad entusiasta de tantos sacerdotes que, a pesar de las dificultades e incomprensiones, perseveran en su vocación de “amigos de Cristo”, llamados personalmente, elegidos y enviados por Él?

Todavía conservo en el corazón el recuerdo del primer párroco con el que comencé mi ministerio como joven sacerdote: fue para mí un ejemplo de entrega sin reservas al propio ministerio pastoral, llegando a morir cuando llevaba el viático a un enfermo grave. También repaso los innumerables hermanos que he conocido a lo largo de mi vida y últimamente en mis viajes pastorales a diversas naciones, comprometidos generosamente en el ejercicio cotidiano de su ministerio sacerdotal.

Pero la expresión utilizada por el Santo Cura de Ars evoca también la herida abierta en el Corazón de Cristo y la corona de espinas que lo circunda. Y así, pienso en las numerosas situaciones de sufrimiento que aquejan a muchos sacerdotes, porque participan de la experiencia humana del dolor en sus múltiples manifestaciones o por las incomprensiones de los destinatarios mismos de su ministerio: ¿Cómo no recordar tantos sacerdotes ofendidos en su dignidad, obstaculizados en su misión, a veces incluso perseguidos hasta ofrecer el supremo testimonio de la sangre?

Sin embargo, también hay situaciones, nunca bastante deploradas, en las que la Iglesia misma sufre por la infidelidad de algunos de sus ministros. En estos casos, es el mundo el que sufre el escándalo y el abandono. Ante estas situaciones, lo más conveniente para la Iglesia no es tanto resaltar escrupulosamente las debilidades de sus ministros, cuanto renovar el reconocimiento gozoso de la grandeza del don de Dios, plasmado en espléndidas figuras de Pastores generosos, religiosos llenos de amor a Dios y a las almas, directores espirituales clarividentes y pacientes. En este sentido, la enseñanza y el ejemplo de san Juan María Vianney pueden ofrecer un punto de referencia significativo. El Cura de Ars era muy humilde, pero consciente de ser, como sacerdote, un inmenso don para su gente: “Un buen pastor, un pastor según el Corazón de Dios, es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una parroquia, y uno de los dones más preciosos de la misericordia divina”.[3] Hablaba del sacerdocio como si no fuera posible llegar a percibir toda la grandeza del don y de la tarea confiados a una criatura humana: “¡Oh, qué grande es el sacerdote! Si se diese cuenta, moriría… Dios le obedece: pronuncia dos palabras y Nuestro Señor baja del cielo al oír su voz y se encierra en una pequeña hostia…”.[4] Explicando a sus fieles la importancia de los sacramentos decía: “Si desapareciese el sacramento del Orden, no tendríamos al Señor. ¿Quién lo ha puesto en el sagrario? El sacerdote. ¿Quién ha recibido vuestra alma apenas nacidos? El sacerdote. ¿Quién la nutre para que pueda terminar su peregrinación? El sacerdote. ¿Quién la preparará para comparecer ante Dios, lavándola por última vez en la sangre de Jesucristo? El sacerdote, siempre el sacerdote. Y si esta alma llegase a morir [a causa del pecado], ¿quién la resucitará y le dará el descanso y la paz? También el sacerdote… ¡Después de Dios, el sacerdote lo es todo!... Él mismo sólo lo entenderá en el cielo”.[5] Estas afirmaciones, nacidas del corazón sacerdotal del santo párroco, pueden parecer exageradas. Sin embargo, revelan la altísima consideración en que tenía el sacramento del sacerdocio. Parecía sobrecogido por un inmenso sentido de la responsabilidad: “Si comprendiéramos bien lo que representa un sacerdote sobre la tierra, moriríamos: no de pavor, sino de amor… Sin el sacerdote, la muerte y la pasión de Nuestro Señor no servirían de nada. El sacerdote continúa la obra de la redención sobre la tierra… ¿De qué nos serviría una casa llena de oro si no hubiera nadie que nos abriera la puerta? El sacerdote tiene la llave de los tesoros del cielo: él es quien abre la puerta; es el administrador del buen Dios; el administrador de sus bienes… Dejad una parroquia veinte años sin sacerdote y adorarán a las bestias… El sacerdote no es sacerdote para sí mismo, sino para vosotros”.[6]

Llegó a Ars, una pequeña aldea de 230 habitantes, advertido por el Obispo sobre la precaria situación religiosa: “No hay mucho amor de Dios en esa parroquia; usted lo pondrá”. Bien sabía él que tendría que encarnar la presencia de Cristo dando testimonio de la ternura de la salvación: “Dios mío, concédeme la conversión de mi parroquia; acepto sufrir todo lo que quieras durante toda mi vida”. Con esta oración comenzó su misión.[7] El Santo Cura de Ars se dedicó a la conversión de su parroquia con todas sus fuerzas, insistiendo por encima de todo en la formación cristiana del pueblo que le había sido confiado.

Queridos hermanos en el Sacerdocio, pidamos al Señor Jesús la gracia de aprender también nosotros el método pastoral de san Juan María Vianney. En primer lugar, su total identificación con el propio ministerio. En Jesús, Persona y Misión tienden a coincidir: toda su obra salvífica era y es expresión de su “Yo filial”, que está ante el Padre, desde toda la eternidad, en actitud de amorosa sumisión a su voluntad. De modo análogo y con toda humildad, también el sacerdote debe aspirar a esta identificación. Aunque no se puede olvidar que la eficacia sustancial del ministerio no depende de la santidad del ministro, tampoco se puede dejar de lado la extraordinaria fecundidad que se deriva de la confluencia de la santidad objetiva del ministerio con la subjetiva del ministro. El Cura de Ars emprendió en seguida esta humilde y paciente tarea de armonizar su vida como ministro con la santidad del ministerio confiado, “viviendo” incluso materialmente en su Iglesia parroquial: “En cuanto llegó, consideró la Iglesia como su casa… Entraba en la Iglesia antes de la aurora y no salía hasta después del Angelus de la tarde. Si alguno tenía necesidad de él, allí lo podía encontrar”, se lee en su primera biografía.[8]

La devota exageración del piadoso hagiógrafo no nos debe hacer perder de vista que el Santo Cura de Ars también supo “hacerse presente” en todo el territorio de su parroquia: visitaba sistemáticamente a los enfermos y a las familias; organizaba misiones populares y fiestas patronales; recogía y administraba dinero para sus obras de caridad y para las misiones; adornaba la iglesia y la dotaba de paramentos sacerdotales; se ocupaba de las niñas huérfanas de la “Providence” (un Instituto que fundó) y de sus formadoras; se interesaba por la educación de los niños; fundaba hermandades y llamaba a los laicos a colaborar con él.

Su ejemplo me lleva a poner de relieve los ámbitos de colaboración en los que se debe dar cada vez más cabida a los laicos, con los que los presbíteros forman un único pueblo sacerdotal[9] y entre los cuales, en virtud del sacerdocio ministerial, están puestos “para llevar a todos a la unidad del amor: ‘amándose mutuamente con amor fraterno, rivalizando en la estima mutua’ (Rm 12, 10)”.[10] En este contexto, hay que tener en cuenta la encarecida recomendación del Concilio Vaticano II a los presbíteros de “reconocer sinceramente y promover la dignidad de los laicos y la función que tienen como propia en la misión de la Iglesia… Deben escuchar de buena gana a los laicos, teniendo fraternalmente en cuenta sus deseos y reconociendo su experiencia y competencia en los diversos campos de la actividad humana, para poder junto con ellos reconocer los signos de los tiempos”.[11]

El Santo Cura de Ars enseñaba a sus parroquianos sobre todo con el testimonio de su vida. De su ejemplo aprendían los fieles a orar, acudiendo con gusto al sagrario para hacer una visita a Jesús Eucaristía.[12] “No hay necesidad de hablar mucho para orar bien”, les enseñaba el Cura de Ars. “Sabemos que Jesús está allí, en el sagrario: abrámosle nuestro corazón, alegrémonos de su presencia. Ésta es la mejor oración”.[13] Y les persuadía: “Venid a comulgar, hijos míos, venid donde Jesús. Venid a vivir de Él para poder vivir con Él…”.[14] “Es verdad que no sois dignos, pero lo necesitáis”.[15] Dicha educación de los fieles en la presencia eucarística y en la comunión era particularmente eficaz cuando lo veían celebrar el Santo Sacrificio de la Misa. Los que asistían decían que “no se podía encontrar una figura que expresase mejor la adoración… Contemplaba la hostia con amor”.[16] Les decía: “Todas las buenas obras juntas no son comparables al Sacrificio de la Misa, porque son obras de hombres, mientras la Santa Misa es obra de Dios”.[17] Estaba convencido de que todo el fervor en la vida de un sacerdote dependía de la Misa: “La causa de la relajación del sacerdote es que descuida la Misa. Dios mío, ¡qué pena el sacerdote que celebra como si estuviese haciendo algo ordinario!”.[18] Siempre que celebraba, tenía la costumbre de ofrecer también la propia vida como sacrificio: “¡Cómo aprovecha a un sacerdote ofrecerse a Dios en sacrificio todas las mañanas!”.[19]

Esta identificación personal con el Sacrificio de la Cruz lo llevaba –con una sola moción interior– del altar al confesonario. Los sacerdotes no deberían resignarse nunca a ver vacíos sus confesonarios ni limitarse a constatar la indiferencia de los fieles hacia este sacramento. En Francia, en tiempos del Santo Cura de Ars, la confesión no era ni más fácil ni más frecuente que en nuestros días, pues el vendaval revolucionario había arrasado desde hacía tiempo la práctica religiosa. Pero él intentó por todos los medios, en la predicación y con consejos persuasivos, que sus parroquianos redescubriesen el significado y la belleza de la Penitencia sacramental, mostrándola como una íntima exigencia de la presencia eucarística. Supo iniciar así un “círculo virtuoso”. Con su prolongado estar ante el sagrario en la Iglesia, consiguió que los fieles comenzasen a imitarlo, yendo a visitar a Jesús, seguros de que allí encontrarían también a su párroco, disponible para escucharlos y perdonarlos. Al final, una muchedumbre cada vez mayor de penitentes, provenientes de toda Francia, lo retenía en el confesonario hasta 16 horas al día. Se comentaba que Ars se había convertido en “el gran hospital de las almas”.[20] Su primer biógrafo afirma: “La gracia que conseguía [para que los pecadores se convirtiesen] era tan abundante que salía en su búsqueda sin dejarles un momento de tregua”.[21] En este mismo sentido, el Santo Cura de Ars decía: “No es el pecador el que vuelve a Dios para pedirle perdón, sino Dios mismo quien va tras el pecador y lo hace volver a Él”.[22] “Este buen Salvador está tan lleno de amor que nos busca por todas partes”.[23]

Todos los sacerdotes hemos de considerar como dirigidas personalmente a nosotros aquellas palabras que él ponía en boca de Jesús: “Encargaré a mis ministros que anuncien a los pecadores que estoy siempre dispuesto a recibirlos, que mi misericordia es infinita”.[24] Los sacerdotes podemos aprender del Santo Cura de Ars no sólo una confianza infinita en el sacramento de la Penitencia, que nos impulse a ponerlo en el centro de nuestras preocupaciones pastorales, sino también el método del “diálogo de salvación” que en él se debe entablar. El Cura de Ars se comportaba de manera diferente con cada penitente. Quien se acercaba a su confesonario con una necesidad profunda y humilde del perdón de Dios, encontraba en él palabras de ánimo para sumergirse en el “torrente de la divina misericordia” que arrastra todo con su fuerza. Y si alguno estaba afligido por su debilidad e inconstancia, con miedo a futuras recaídas, el Cura de Ars le revelaba el secreto de Dios con una expresión de una belleza conmovedora: “El buen Dios lo sabe todo. Antes incluso de que se lo confeséis, sabe ya que pecaréis nuevamente y sin embargo os perdona. ¡Qué grande es el amor de nuestro Dios que le lleva incluso a olvidar voluntariamente el futuro, con tal de perdonarnos!”.[25] A quien, en cambio, se acusaba de manera fría y casi indolente, le mostraba, con sus propias lágrimas, la evidencia seria y dolorosa de lo “abominable” de su actitud: “Lloro porque vosotros no lloráis”,[26] decía. “Si el Señor no fuese tan bueno… pero lo es. Hay que ser un bárbaro para comportarse de esta manera ante un Padre tan bueno”.[27] Provocaba el arrepentimiento en el corazón de los tibios, obligándoles a ver con sus propios ojos el sufrimiento de Dios por los pecados como “encarnado” en el rostro del sacerdote que los confesaba. Si alguno manifestaba deseos y actitudes de una vida espiritual más profunda, le mostraba abiertamente las profundidades del amor, explicándole la inefable belleza de vivir unidos a Dios y estar en su presencia: “Todo bajo los ojos de Dios, todo con Dios, todo para agradar a Dios… ¡Qué maravilla!”.[28] Y les enseñaba a orar: “Dios mío, concédeme la gracia de amarte tanto cuanto yo sea capaz”.[29]

El Cura de Ars consiguió en su tiempo cambiar el corazón y la vida de muchas personas, porque fue capaz de hacerles sentir el amor misericordioso del Señor. Urge también en nuestro tiempo un anuncio y un testimonio similar de la verdad del Amor: Deus caritas est (1 Jn 4, 8). Con la Palabra y con los Sacramentos de su Jesús, Juan María Vianney edificaba a su pueblo, aunque a veces se agitaba interiormente porque no se sentía a la altura, hasta el punto de pensar muchas veces en abandonar las responsabilidades del ministerio parroquial para el que se sentía indigno. Sin embargo, con un sentido de la obediencia ejemplar, permaneció siempre en su puesto, porque lo consumía el celo apostólico por la salvación de las almas. Se entregaba totalmente a su propia vocación y misión con una ascesis severa: “La mayor desgracia para nosotros los párrocos –deploraba el Santo– es que el alma se endurezca”; con esto se refería al peligro de que el pastor se acostumbre al estado de pecado o indiferencia en que viven muchas de sus ovejas.[30] Dominaba su cuerpo con vigilias y ayunos para evitar que opusiera resistencia a su alma sacerdotal. Y se mortificaba voluntariamente en favor de las almas que le habían sido confiadas y para unirse a la expiación de tantos pecados oídos en confesión. A un hermano sacerdote, le explicaba: “Le diré cuál es mi receta: doy a los pecadores una penitencia pequeña y el resto lo hago yo por ellos”.[31] Más allá de las penitencias concretas que el Cura de Ars hacía, el núcleo de su enseñanza sigue siendo en cualquier caso válido para todos: las almas cuestan la sangre de Cristo y el sacerdote no puede dedicarse a su salvación sin participar personalmente en el “alto precio” de la redención.

En la actualidad, como en los tiempos difíciles del Cura de Ars, es preciso que los sacerdotes, con su vida y obras, se distingan por un vigoroso testimonio evangélico. Pablo VI ha observado oportunamente: “El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escucha a los que enseñan, es porque dan testimonio”.[32] Para que no nos quedemos existencialmente vacíos, comprometiendo con ello la eficacia de nuestro ministerio, debemos preguntarnos constantemente: “¿Estamos realmente impregnados por la palabra de Dios? ¿Es ella en verdad el alimento del que vivimos, más que lo que pueda ser el pan y las cosas de este mundo? ¿La conocemos verdaderamente? ¿La amamos? ¿Nos ocupamos interiormente de esta palabra hasta el punto de que realmente deja una impronta en nuestra vida y forma nuestro pensamiento?”.[33] Así como Jesús llamó a los Doce para que estuvieran con Él (cf. Mc 3, 14), y sólo después los mandó a predicar, también en nuestros días los sacerdotes están llamados a asimilar el “nuevo estilo de vida” que el Señor Jesús inauguró y que los Apóstoles hicieron suyo.[34]

La identificación sin reservas con este “nuevo estilo de vida” caracterizó la dedicación al ministerio del Cura de Ars. El Papa Juan XXIII en la Carta encíclica Sacerdotii nostri primordia, publicada en 1959, en el primer centenario de la muerte de san Juan María Vianney, presentaba su fisonomía ascética refiriéndose particularmente a los tres consejos evangélicos, considerados como necesarios también para los presbíteros: “Y, si para alcanzar esta santidad de vida, no se impone al sacerdote, en virtud del estado clerical, la práctica de los consejos evangélicos, ciertamente que a él, y a todos los discípulos del Señor, se le presenta como el camino real de la santificación cristiana”.[35] El Cura de Ars supo vivir los “consejos evangélicos” de acuerdo a su condición de presbítero. En efecto, su pobreza no fue la de un religioso o un monje, sino la que se pide a un sacerdote: a pesar de manejar mucho dinero (ya que los peregrinos más pudientes se interesaban por sus obras de caridad), era consciente de que todo era para su iglesia, sus pobres, sus huérfanos, sus niñas de la “Providence”,[36] sus familias más necesitadas. Por eso “era rico para dar a los otros y era muy pobre para sí mismo”.[37] Y explicaba: “Mi secreto es simple: dar todo y no conservar nada”.[38] Cuando se encontraba con las manos vacías, decía contento a los pobres que le pedían: “Hoy soy pobre como vosotros, soy uno de vosotros”.[39] Así, al final de su vida, pudo decir con absoluta serenidad: “No tengo nada… Ahora el buen Dios me puede llamar cuando quiera”.[40] También su castidad era la que se pide a un sacerdote para su ministerio. Se puede decir que era la castidad que conviene a quien debe tocar habitualmente con sus manos la Eucaristía y contemplarla con todo su corazón arrebatado y con el mismo entusiasmo la distribuye a sus fieles. Decían de él que “la castidad brillaba en su mirada”, y los fieles se daban cuenta cuando clavaba la mirada en el sagrario con los ojos de un enamorado.[41] También la obediencia de san Juan María Vianney quedó plasmada totalmente en la entrega abnegada a las exigencias cotidianas de su ministerio. Se sabe cuánto le atormentaba no sentirse idóneo para el ministerio parroquial y su deseo de retirarse “a llorar su pobre vida, en soledad”.[42] Sólo la obediencia y la pasión por las almas conseguían convencerlo para seguir en su puesto. A los fieles y a sí mismo explicaba: “No hay dos maneras buenas de servir a Dios. Hay una sola: servirlo como Él quiere ser servido”.[43] Consideraba que la regla de oro para una vida obediente era: “Hacer sólo aquello que puede ser ofrecido al buen Dios”.[44]

En el contexto de la espiritualidad apoyada en la práctica de los consejos evangélicos, me complace invitar particularmente a los sacerdotes, en este Año dedicado a ellos, a percibir la nueva primavera que el Espíritu está suscitando en nuestros días en la Iglesia, a la que los Movimientos eclesiales y las nuevas Comunidades han contribuido positivamente. “El Espíritu es multiforme en sus dones… Él sopla donde quiere. Lo hace de modo inesperado, en lugares inesperados y en formas nunca antes imaginadas… Él quiere vuestra multiformidad y os quiere para el único Cuerpo”.[45] A este propósito vale la indicación del Decreto Presbyterorum ordinis: “Examinando los espíritus para ver si son de Dios, [los presbíteros] han de descubrir mediante el sentido de la fe los múltiples carismas de los laicos, tanto los humildes como los más altos, reconocerlos con alegría y fomentarlos con empeño”.[46] Dichos dones, que llevan a muchos a una vida espiritual más elevada, pueden hacer bien no sólo a los fieles laicos sino también a los ministros mismos. La comunión entre ministros ordenados y carismas “puede impulsar un renovado compromiso de la Iglesia en el anuncio y en el testimonio del Evangelio de la esperanza y de la caridad en todos los rincones del mundo”.[47] Quisiera añadir además, en línea con la Exhortación apostólica Pastores dabo vobis del Papa Juan Pablo II, que el ministerio ordenado tiene una radical “forma comunitaria” y sólo puede ser desempeñado en la comunión de los presbíteros con su Obispo.[48] Es necesario que esta comunión entre los sacerdotes y con el propio Obispo, basada en el sacramento del Orden y manifestada en la concelebración eucarística, se traduzca en diversas formas concretas de fraternidad sacerdotal efectiva y afectiva.[49] Sólo así los sacerdotes sabrán vivir en plenitud el don del celibato y serán capaces de hacer florecer comunidades cristianas en las cuales se repitan los prodigios de la primera predicación del Evangelio.

El Año Paulino que está por concluir orienta nuestro pensamiento también hacia el Apóstol de los gentiles, en quien podemos ver un espléndido modelo sacerdotal, totalmente “entregado” a su ministerio. “Nos apremia el amor de Cristo –escribía-, al considerar que, si uno murió por todos, todos murieron” (2 Co 5, 14). Y añadía: “Cristo murió por todos, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos” (2 Co 5, 15). ¿Qué mejor programa se podría proponer a un sacerdote que quiera avanzar en el camino de la perfección cristiana?

Queridos sacerdotes, la celebración del 150 aniversario de la muerte de San Juan María Vianney (1859) viene inmediatamente después de las celebraciones apenas concluidas del 150 aniversario de las apariciones de Lourdes (1858). Ya en 1959, el Beato Papa Juan XXIII había hecho notar: “Poco antes de que el Cura de Ars terminase su carrera tan llena de méritos, la Virgen Inmaculada se había aparecido en otra región de Francia a una joven humilde y pura, para comunicarle un mensaje de oración y de penitencia, cuya inmensa resonancia espiritual es bien conocida desde hace un siglo. En realidad, la vida de este sacerdote cuya memoria celebramos, era anticipadamente una viva ilustración de las grandes verdades sobrenaturales enseñadas a la vidente de Massabielle. Él mismo sentía una devoción vivísima hacia la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen; él, que ya en 1836 había consagrado su parroquia a María concebida sin pecado, y que con tanta fe y alegría había de acoger la definición dogmática de 1854”.[50] El Santo Cura de Ars recordaba siempre a sus fieles que “Jesucristo, cuando nos dio todo lo que nos podía dar, quiso hacernos herederos de lo más precioso que tenía, es decir de su Santa Madre”.[51]

Confío este Año Sacerdotal a la Santísima Virgen María, pidiéndole que suscite en cada presbítero un generoso y renovado impulso de los ideales de total donación a Cristo y a la Iglesia que inspiraron el pensamiento y la tarea del Santo Cura de Ars. Con su ferviente vida de oración y su apasionado amor a Jesús crucificado, Juan María Vianney alimentó su entrega cotidiana sin reservas a Dios y a la Iglesia. Que su ejemplo fomente en los sacerdotes el testimonio de unidad con el Obispo, entre ellos y con los laicos, tan necesario hoy como siempre. A pesar del mal que hay en el mundo, conservan siempre su actualidad las palabras de Cristo a sus discípulos en el Cenáculo: “En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33). La fe en el Maestro divino nos da la fuerza para mirar con confianza el futuro. Queridos sacerdotes, Cristo cuenta con vosotros. A ejemplo del Santo Cura de Ars, dejaos conquistar por Él y seréis también vosotros, en el mundo de hoy, mensajeros de esperanza, reconciliación y paz.

Con mi bendición.

Vaticano, 16 de junio de 2009.


BENEDICTUS PP. XVI




--------------------------------------------------------------------------------

[1] Así lo proclamó el Sumo Pontífice Pío XI en 1929.

[2] “Le Sacerdoce, c’est l’amour du coeur de Jésus” (in Le curé d’Ars. Sa pensée – Son Coeur. Présentés par l’Abbé Bernard Nodet, éd. Xavier Mappus, Foi Vivante 1966, p. 98). En adelante: NODET. La expresión aparece citada también en el Catecismo de la Iglesia católica, n. 1589.

[3] Nodet, p. 101.

[4] Ibíd., p. 97.

[5] Ibíd., pp. 98-99.

[6] Ibíd., pp. 98-100.

[7] Ibíd., p. 183.

[8] A. Monnin, Il Curato d’Ars. Vita di Gian-Battista-Maria Vianney, vol. I, Ed. Marietti, Torino 1870, p. 122.

[9] Cf. Lumen gentium, 10.

[10] Presbyterorum ordinis, 9.

[11] Ibid.

[12] “La contemplación es mirada de fe, fijada en Jesús. ‘Yo le miro y él me mira’, decía a su santo cura un campesino de Ars que oraba ante el Sagrario”: Catecismo de la Iglesia católica, n. 2715.

[13] Nodet, p. 85.

[14] Ibíd., p. 114.

[15] Ibíd., p. 119.

[16] A. Monnin, o.c., II, pp. 430 ss.

[17] Nodet, p. 105.

[18] Ibíd., p. 105.

[19] Ibíd., p. 104.

[20] A. Monnin, o.c., II, p. 293.

[21] Ibíd., II, p. 10.

[22] Nodet, p. 128.

[23] Ibíd., p. 50.

[24] Ibíd., p. 131.

[25] Ibíd., p. 130.

[26] Ibíd., p. 27.

[27] Ibíd., p. 139.

[28] Ibíd., p. 28.

[29] Ibíd., p. 77.

[30] Ibíd., p. 102.

[31] Ibíd., p. 189.

[32] Evangelii nuntiandi, 41.

[33] Benedicto XVI, Homilía en la solemne Misa Crismal, 9 de abril de 2009.

[34] Cf. Benedicto XVI, Discurso a los participantes en la Asamblea plenaria de la Congregación para el Clero. 16 de marzo de 2009.

[35] P. I.

[36] Nombre que dio a la casa para la acogida y educación de 60 niñas abandonadas. Fue capaz de todo con tal de mantenerla: “J’ai fait tous les commerces imaginables”, decía sonriendo (Nodet, p. 214).

[37] Nodet, p. 216.

[38] Ibíd., p. 215.

[39] Ibíd., p. 216.

[40] Ibíd., p. 214.

[41] Cf. Ibíd., p. 212.

[42] Cf. Ibíd., pp. 82-84; 102-103.

[43] Ibíd., p. 75.

[44] Ibíd., p. 76.

[45] Benedicto XVI, Homilía en la celebración de las primeras vísperas en la vigilia de Pentecostés, 3 de junio de 2006.

[46] N. 9.

[47] Benedicto XVI, Discurso a un grupo de Obispos amigos del Movimiento de los Focolares y a otro de amigos de la Comunidad de San Egidio, 8 de febrero de 2007.

[48] Cf. n. 17.

[49] Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. Pastores dabo vobis, 74.

[50] Carta enc. Sacerdotii nostri primordia, P. III.

[51] Nodet, p. 244.



Fuente: Santa Sede