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sábado, 26 de octubre de 2013

Homilía del Señor Cardenal Norberto Rivera Carrera en la Peregrinación de Enfermos a la Basílica de Guadalupe. 19 de Octubre de 2013

Al reunirnos para celebrar, como todos los años, este encuentro entre nuestros hermanos y hermanas enfermos y Nuestra Madre Santísima de Guadalupe, las palabras contenidas en el Evangelio que hoy se han proclamado son la Buena Noticia para todos aquellos que se encuentran atravesando el valle de lágrimas y sufrimiento humano y que han venido desde puntos muy distantes del Valle de México, unos con grandes esfuerzos, otros con pocas energías debido a su enfermedad, pero todos convocados por el amor misericordioso de Dios Nuestro Padre. Sean todos ustedes hermanos y hermanas enfermos y ancianos bienvenidos, esta es su casa, la casa de nuestra Madre.

Y todos ustedes, hermanos y hermanas enfermos y ancianos que no han podido venir, pero nos escuchan desde sus casas, o los hospitales o casas de reposo, por la radio y la TV, sientan que están aquí con nosotros en esta Basílica, no están lejos, Santa María de Guadalupe está con ustedes, junto a ustedes acompañando su enfermedad.

Quisiera recordar, en estos momentos, las palabras de Su Santidad Juan Pablo II: "Amados enfermos, el dolor es un misterio, muchas veces inescrutable para la razón. Forma parte del misterio de la persona humana, que sólo se esclarece en Jesucristo, que es quien revela al hombre su propia identidad. Sólo desde Él podremos encontrar el sentido a todo lo humano. El sufrimiento no puede ser transformado y cambiado con una gracia exterior sino interior. Pero este proceso interior no se desarrolla siempre de igual manera. Cristo no responde directamente ni en abstracto a esta pregunta humana sobre el sentido del sufrimiento. El hombre percibe su respuesta salvífica a medida que él mismo se convierte en partícipe de los sufrimientos de Cristo. La respuesta que llega mediante esta participación es... una llamada: 'Sígueme Ven', toma parte con tu sufrimiento en esta obra de salvación del mundo, que se realiza a través de mi sufrimiento. Por medio de mi cruz" ( Salvifici Doloris No. 26). Por eso, ante el enigma del dolor, los cristianos podemos decir un decidido "hágase, Señor, tu voluntad" y repetir con Jesús: "Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz; sin embargo, no se haga como yo quiero sino como quieres Tú" (Mt 26,39). (Juan Pablo II Mensaje a los Enfermos de América, Enero 24, 1999. No. 2.)

Estas palabras de Su Santidad Juan Pablo II, deben iluminar la noche obscura que muchos de ustedes han atravesado en el sufrimiento. La misión encomendada a ustedes es de altísimo valor tanto para la Iglesia como para la sociedad. Ustedes que llevan el peso del sufrimiento están en los primeros puestos que corresponden a los que ama el Señor. Jesús les ha dirigido una mirada llena de ternura; su amor nunca disminuirá. Sean testigos generosos de este amor privilegiado a través del don de sus sufrimientos, de gran alcance para la salvación del género humano.

Hermanos y hermanas enfermos, hoy parece que la cultura no sabe qué hacer con el sufrimiento y el dolor humano, y ustedes son las piedras vivas sobre las cuales se edifica la Iglesia que Cristo ha fundado. Sus enfermedades y limitaciones físicas y psíquicas son un reto para la cultura contemporánea, que pretende borrar de su horizonte el dolor y el sufrimiento. Hoy al venir y compartir con ustedes estos momentos, quiero expresar mi profundo respeto a ustedes y recordarles que estamos llamados a vivir profundamente con ustedes la misericordia de Dios Padre. Quiero que sean mis colaboradores para mostrar que, desde la enfermedad y el dolor, la Iglesia se construye y puede ser fiel a su Misión de llevar el Evangelio a nuestros hermanos, que todavía no conocen a Cristo, ustedes que han tenido ese encuentro privilegiado con Jesucristo vivo, iluminen las tinieblas de la ignorancia y el error de tantos hermanos nuestros que todavía no se encuentran cara a cara con el Buen Pastor.

Pido a ustedes hermanos y hermanas enfermos y ancianos que sean evangelizadores en sus familias, sean el Evangelio vivo para los alejados y para los que piensan que su fe se ha apagado. Su enfermedad, su soledad, sus lágrimas pueden servir mucho para cambiar los rumbos y políticas de nuestra cultura que sólo se deleita en los falsos ídolos del poder, el placer y la violencia. 

Hermanos míos que sufren: contemplen a Jesucristo crucificado, expresión máxima del amor del Padre para la humanidad, allí en la cruz están las respuestas a tantas interrogantes y dudas que el paganismo de nuestro tiempo ha sembrado en el alma de tantos mexicanos. Ustedes no son estorbo, ni su sufrimiento algo inútil, los invito a vencer la gran tentación del materialismo que sólo considera un valor lo que sirve, lo que es productivo, y que desprecia el dolor, el sufrimiento y lo identifica con una carga insoportable que hay que suprimir con el suicidio, la eutanasia o el aborto.

Sean ustedes, quienes día a día luchan por conservar el don precioso de la vida, quienes nos enseñen que la vida es sagrada, que nada ni nadie puede atentar destruirla. Ustedes saben mejor que nadie, qué profundidad tienen estas palabras, ustedes son testigos silenciosos del don sagrado de la vida, sirva su presencia, hoy aquí, para renovar el Evangelio de la Vida, que es Jesucristo mismo: Camino, Verdad y Vida.

Que sus sufrimientos y sacrificios construyan una civilización fundada en el amor, que tanto necesitamos vivir y compartir en nuestra ciudad, donde la vida sea respetada y defendida desde el momento de la concepción en el seno materno hasta sus últimos momentos de serenidad y confianza antes de partir de este mundo para llegar a los brazos amorosos de Dios, Nuestro Padre. Dios quiera que algún día no lejano este derecho humano fundamental sea reconocido por todas las instancias de nuestra sociedad plural y participativa.

Como Pastor de esta Arquidiócesis hago un llamado a todos mis hermanos sacerdotes en esta gran Ciudad de México a acercarnos al hombre sufriente, como "buenos samaritanos". Aprendamos a servir en los hombres al Hijo del hombre, aprendamos a ser misericordiosos con los que más nos necesitan y con los que tienen grandes necesidades a causa de su enfermedad. Es necesario ver con ojos solidarios los sufrimientos de los propios hermanos y no pasar de largo, sino hacerse prójimo. Aprendamos a detenernos junto al hermano herido tirado a la vera del camino y ser servidores fieles a las palabras de Jesús y busquemos la salud integral de la persona humana. Seamos voz de los que no tiene voz por estar enfermos, por estar impedidos o porque todavía no han nacido. Intentemos ser coherentes con la fe que profesamos y la vida de testimonio que estamos llamados a vivir.

Pido a todos los agentes de pastoral de salud: diáconos, religiosas, médicos, enfermeras, voluntarios y laicos comprometidos, redoblar esfuerzos para renovar y profundizar el sentido de su vocación de servicio a esta Iglesia de la Arquidiócesis de México. Ustedes que son los portadores del Evangelio y de la misericordia de Dios Padre, es indispensable sumergirse completamente en el Misterio de Dios y vivir, intensamente, una vida de oración y compromiso social con los hermanos que sufren enfermedad y pobreza y desde allí defender la vida humana, en cualquier etapa de su existencia que se encuentre.

Hago un llamado a todos los grupos apostólicos, a ustedes miembros de la Orden Hospitalaria de Malta, a los voluntariados y a toda persona de buena voluntad que visita enfermos, a unir fuerzas en favor de acciones concretas de caridad fraterna. Coloco bajo el amparo maternal de Santa María de Guadalupe a todos ustedes hermanos enfermos y ancianos. Hoy especialmente coloco en los brazos maternales de María Santísima de Guadalupe a todos aquellos niños enfermos o con malformaciones que en el vientre de sus madres, están amenazados de muerte y que posiblemente nunca lleguen a pronunciar con sus labios el Santísimo nombre de Dios.

viernes, 30 de agosto de 2013

miércoles, 24 de julio de 2013

Discurso del Santo Padre Francisco en el Hospital San Francisco de Asís

Querido Arzobispo de Rio de Janeiro
y queridos hermanos en el episcopado;
Honorables Autoridades,

Estimados miembros de la Venerable Orden Tercera de San Francisco de la Penitencia,
Queridos médicos, enfermeros y demás agentes sanitarios,
Queridos jóvenes y familiares

Dios ha querido que, después del Santuario de Nuestra Señora de Aparecida, mis pasos se encaminaran hacia un santuario particular del sufrimiento humano, como es el Hospital San Francisco de Asís. Es bien conocida la conversión de su santo Patrón: el joven Francisco abandona las riquezas y comodidades del mundo para hacerse pobre entre los pobres; se da cuenta de que la verdadera riqueza y lo que da la auténtica alegría no son las cosas, el tener, los ídolos del mundo, sino el seguir a Cristo y servir a los demás; pero quizás es menos conocido el momento en que todo esto se hizo concreto en su vida: fue cuando abrazó a un leproso. 

Aquel hermano que sufría, marginado, era «mediador de la luz (...) para san Francisco de Asís» (cf. Carta enc. Lumen fidei, 57), porque en cada hermano y hermana en dificultad abrazamos la carne de Cristo que sufre. Hoy, en este lugar de lucha contra la dependencia química, quisiera abrazar a cada uno y cada una de ustedes que son la carne de Cristo, y pedir que Dios colme de sentido y firme esperanza su camino, y también el mío.

Abrazar. Todos hemos de aprender a abrazar a los necesitados, como San Francisco. Hay muchas situaciones en Brasil, en el mundo, que necesitan atención, cuidado, amor, como la lucha contra la dependencia química. Sin embargo, lo que prevalece con frecuencia en nuestra sociedad es el egoísmo.

¡Cuántos «mercaderes de muerte» que siguen la lógica del poder y el dinero a toda costa! La plaga del narcotráfico, que favorece la violencia y siembra dolor y muerte, requiere un acto de valor de toda la sociedad. No es la liberalización del consumo de drogas, como se está discutiendo en varias partes de América Latina, lo que podrá reducir la propagación y la influencia de la dependencia química. 

Es preciso afrontar los problemas que están a la base de su uso, promoviendo una mayor justicia, educando a los jóvenes en los valores que construyen la vida común, acompañando a los necesitados y dando esperanza en el futuro. Todos tenemos necesidad de mirar al otro con los ojos de amor de Cristo, aprender a abrazar a aquellos que están en necesidad, para expresar cercanía, afecto, amor.

Pero abrazar no es suficiente. Tendamos la mano a quien se encuentra en dificultad, al que ha caído en el abismo de la dependencia, tal vez sin saber cómo, y decirle: «Puedes levantarte, puedes remontar; te costará, pero puedes conseguirlo si de verdad lo quieres».

Queridos amigos, yo diría a cada uno de ustedes, pero especialmente a tantos otros que no han tenido el valor de emprender el mismo camino: «Tú eres el protagonista de la subida, ésta es la condición indispensable. Encontrarás la mano tendida de quien te quiere ayudar, pero nadie puede subir por ti». Pero nunca están solos. La Iglesia y muchas personas están con ustedes.

Miren con confianza hacia delante, su travesía es larga y fatigosa, pero miren adelante, hay «un futuro cierto, que se sitúa en una perspectiva diversa de las propuestas ilusorias de los ídolos del mundo, pero que da un impulso y una fuerza nueva para vivir cada día» (Carta enc. Lumen fidei, 57). Quisiera repetirles a todos ustedes: No se dejen robar la esperanza. Pero también quiero decir: No robemos la esperanza, más aún, hagámonos todos portadores de esperanza.

En el Evangelio leemos la parábola del Buen Samaritano, que habla de un hombre asaltado por bandidos y abandonado medio muerto al borde del camino. La gente pasa, mira y no se para, continúa indiferente el camino: no es asunto suyo. Sólo un samaritano, un desconocido, ve, se detiene, lo levanta, le tiende la mano y lo cura (cf. Lc 10, 29-35).

Queridos amigos, creo que aquí, en este hospital, se hace concreta la parábola del Buen Samaritano. Aquí no existe indiferencia, sino atención, no hay desinterés, sino amor. La Asociación San Francisco y la Red de Tratamiento de Dependencia Química enseñan a inclinarse sobre quien está dificultad, porque en él ve el rostro de Cristo, porque él es la carne de Cristo que sufre.

Muchas gracias a todo el personal del servicio médico y auxiliar que trabaja aquí; su servicio es valioso, háganlo siempre con amor; es un servicio que se hace a Cristo, presente en el prójimo: «Cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo» (Mt 25,40), nos dice Jesús.

Y quisiera repetir a todos los que luchan contra la dependencia química, a los familiares que tienen un cometido no siempre fácil: la Iglesia no es ajena a sus fatigas, sino que los acompaña con afecto.

El Señor está cerca de ustedes y los toma de la mano. Vuelvan los ojos a él en los momentos más duros y les dará consuelo y esperanza. Y confíen también en el amor materno de María, su Madre. Esta mañana, en el santuario de Aparecida, he encomendado a cada uno de ustedes a su corazón. Donde hay una cruz que llevar, allí está siempre ella, nuestra Madre, a nuestro lado. Los dejo en sus manos, mientras les bendigo a todos con afecto.