martes, 28 de julio de 2009

Caritas in veritate: Desarrollo se logra cuando se reconoce al hombre como hijo de Dios


El Presidente de la Conferencia de Obispos Católicos de Brasil (CNBB), Mons. Geraldo Lyrio Rocha, destacó las palabras "iluminadoras" del Papa Benedicto XVI quien en su encíclica Caritas in veritate recuerda que el desarrollo solo podrá ser plenamente alcanzado cuando se reconozca al hombre como "criatura predilecta de Dios".

"Sabias, oportunas e iluminadoras son las palabras del Santo Padre, que reitera el desarrollo como una vocación humana. El desarrollo solo podrá ser plenamente alcanzado si son respetados los principios que consideran al ser humano como una criatura predilecta de Dios, revestida de una dignidad que no puede ser sacrificada por las leyes económicas", afirmó el Prelado según información de Radio Vaticano.

Al comentar el nuevo documento pontificio, Mons. Lyrio Rocha reafirmó el llamado de la Iglesia a no planificar un desarrollo centralizado en sí mismo y en desmedro del ser humano.

El Presidente de la CNBB expresó su deseo de que "Caritas in veritate" inspire a los países "en su irrenunciable búsqueda de caminos para dar solución a la crisis económica, en vista de un desarrollo que coloque en el centro a la persona humana, sobre todo a los pobres, defienda la vida y elimine las desigualdades".

Caritas in veritate afronta raíz misma de la crisis, dice Cardenal Bertone



El Secretario de Estado Vaticano, Cardenal Tarcisio Bertone, destacó que la nueva encíclica social del Papa Benedicto XVI, Caritas in veritate, busca enfrentar la “causa de las causas de la crisis” y propone soluciones para ir a la “raíz de estos males” para así “cambiar la percepción cultural que sostiene al sistema económico

Según informa la agencia italiana SIR, el Purpurado hizo esta afirmación al presentar la encíclica ante el senado italiano, en donde también explicó que este documento cuestiona el rol del “Estado interventista” pero no deja de señalar la importancia del “Estado regulador” así como también pide a las autoridades públicas “consentir el nacimiento de un mercado financiero pluralista, un mercado en el que puedan operar en condiciones de paridad objetiva sujetos diversos en cuanto concierne al fin específico de su actividad”.

Seguidamente el Cardenal precisó que en esto radica la importancia de la Caritas in veritate, en donde el Santo Padre sostiene que “hacer empresa es posible incluso cuando se persiguen fines de utilidad social y se promueve la acción con motivaciones de tipo pro-social”.

Para el Secretario de Estado la concepción del Papa sobre el mercado “se podría definir como una buena alternativa” que supera a las concepciones que ven al “mercado como lugar de imposición del fuerte sobre el débil; o respecto a la que está en línea con el pensamiento anarco-liberal, que lo ve como el lugar en donde se puede solucionar todos los problemas de la sociedad”.

La perspectiva que ha de instaurarse, dijo el Cardenal Bertone ante los senadores italianos, es la de un “humanismo en más dimensiones, en el cual el mercado no es combatido o ‘controlado’, sino que es visto como momento importante de la esfera pública –esfera que es más vasta que la estatal– que debe ser vivido como lugar abierto a los principios de reciprocidad del don, para así construir una sana convivencia civil”.

viernes, 24 de julio de 2009

Explicación de la Medalla de San Benito



La medalla de San Benito, propagada en todo el mundo hace más de 300 años, especialmente por los monjes benedictinos, es célebre por su eficacia extraordinaria en el combate contra el demonio y sus manifestaciones; en la defensa contra maleficios de todo género, contra enfermedades, especialmente las contagiosas, contra picaduras de serpientes y otros animales ponzoñosos; en la protección de animales domésticos, vehículos, etc.

Repetidas veces aprobada y alabada por los Papas, la medalla de San Benito, que une a la fuerza exorcizante de la Santa Cruz del Redentor –la señal de nuestra salvación– el recuerdo de los méritos alcanzados por la santidad eximia del gran Patriarca San Benito, es sin duda muy indicada para los fieles católicos.

La imagen de la Cruz representada en la medalla

Basta al cristiano considerar brevemente la virtud soberana de la Cruz de Jesucristo, para comprender la dignidad de una medalla en la cual está representada.

La representación de la Cruz despierta en nosotros todos los sentimientos de gratitud para con Dios, por el beneficio de nuestra salvación.

La Cruz causa terror a los espíritus malignos, que siempre retroceden ante ella, y apenas la ven se apresuran en soltar su presa y huir. Así pues, nuestra medalla, que representa en primer lugar la imagen de la Cruz, está en perfecta armonía con la piedad cristiana, y ya sólo por este motivo es digna del mayor respeto.

La imagen de San Benito representada en la medalla

La honra de figurar en la misma medalla junto con la imagen de la Santa Cruz fue concedida a San Benito con la finalidad de indicar la eficacia que tuvo en sus manos esta señal sagrada. San Gregorio Magno, que escribió la vida del Santo Patriarca, nos lo representa disipando con la señal de la Cruz sus propias tentaciones, y quebrando con la misma señal hecha sobre una bebida envenenada, el cáliz que la contenía, quedando así patente el perverso designio de los que habían osado atentar contra su vida. Cuando el espíritu maligno, para aterrorizar a los monjes, les hace ver el Monasterio de Montecasino en llamas, San Benito desvanece ese prodigio diabólico haciendo la misma señal de la Pasión del Salvador sobre las llamas fantásticas. Cuando sus discípulos andan interiormente agitados por las sugestiones del tentador, les indica como remedio trazar sobre el corazón la imagen de la Cruz. Por todo ello, es lícito concluir que era muy conveniente reunir en una sola medalla la imagen del santo Patriarca y la de la Cruz del Salvador.

Esto queda aún más claro al considerar que los dos grandes discípulos del siervo de Dios, San Plácido y San Mauro, cuando realizaban sus frecuentes milagros tenían la costumbre de invocar junto con el auxilio de la Santa Cruz, el nombre de su santo Fundador, y así consagraron, desde el principio, la piadosa costumbre expresada más tarde por la medalla.

Los caracteres que se leen en la medalla

Además de las imágenes de la Cruz y de San Benito, la medalla trae también cierto número de letras , cada una de las cuales representa una palabra latina. Las diversas palabras reunidas tienen un sentido que manifiesta la intención de la medalla: expresar las relaciones que existen entre el santo Patriarca Benito y la Santa Cruz; y al mismo tiempo, poner al alcance de los fieles un medio eficaz de emplear la virtud de la Santa Cruz contra los espíritus malignos.



Esas letras misteriosas se encuentran dispuestas en la cara de la medalla en que está representada la santa Cruz. Examinemos, en primer lugar, las cuatro colocadas entre los brazos de dicha Cruz:

C S

P B


Significan: Cruz Sancti Patris Benedicto; en castellano, Cruz del Santo Padre Benito. Esas palabras explican el fin de la medalla.

En la línea vertical de la Cruz se lee:

C

S

S

M

L


Lo que quiere decir: Cruz sacra sit mihi lux; en castellano, La Cruz sagrada sea mi luz.
En la línea horizontal de la misma Cruz, se lee:

N. D. S. M. D.

Lo que significa: Non draco sit mihi dux; en castellano, No sea el dragón mi guía.

Reuniendo esas dos líneas se forma un verso pentámetro, mediante el cual el cristiano expresa su confianza en la Santa Cruz, y su resistencia al yugo que el demonio querría imponerle.

Alrededor de la medalla existe una inscripción más extensa, que presenta en primer lugar el santísimo nombre de Jesús, expresado por el monograma bien conocido: I. H. S. (En el modelo más conocido de la Medalla de San Benito el monograma I. H. S. fue reemplazado por el lema benedictino PAX; en castellano, Paz). Vienen después, de derecha a izquierda, las siguientes letras:

V. R. S. N. S. M. V. S. M. Q. L. I. V. B.

Estas iniciales representan los dos versos siguientes:

Vade retro satana; nuncuam suave mihi vana

Sunt mala quae libas; ipse venena bibas.

En castellano: Apártate, satanás; nunca me aconsejes tus vanidades, la bebida que ofreces es el mal: bebe tú mismo tus venenos.

Tales palabras se supone que fueron dichas por San Benito: las del primer verso, con ocasión de la tentación que sintió y de la cual triunfó haciendo la señal de la Cruz; las del segundo verso, en el momento en que sus enemigos le presentaron una bebida mortífera, hecho que puso al descubierto bendiciendo con la señal de la vida el cáliz que la contenía.

El cristiano puede utilizar estas palabras cuantas veces fuere asaltado por tentaciones e insultos del enemigo invisible de nuestra salvación. El mismo Jesucristo Nuestro Señor santificó las palabras Vade retro, satana –Apártate, satanás– y su valor es cierto, una vez que el propio Evangelio nos lo asegura. Las vanidades que el demonio nos aconseja son las desobediencias a la ley de Dios, las pompas y falsas máximas del mundo. La bebida que el ángel de las tinieblas nos presenta es el pecado, que da muerte al alma. En vez de aceptarla, devolvámosle tan funesto presente, ya que él mismo lo escogió como herencia suya.

Basta que alguien pronuncie con fe tales palabras, para sentirse inmediatamente con fuerzas para arrostrar todas las embestidas del infierno. Aun cuando no conociéramos los hechos que demuestran hasta qué punto satanás teme esa medalla, la simple consideración de lo que representa y expresa, bastaría para que la consideráramos una de las más poderosas armas que la bondad de Dios puso a nuestro alcance contra la malicia diabólica.

Uso de la medalla de San Benito


No ignoramos que en este siglo mucha gente considera que el demonio es más bien un ser imaginario y no real; y así, puede parecer extraño que se acuñe y se bendiga una medalla, empleada como protección contra los ataques del espíritu maligno. Sin embargo, las sagradas Escrituras nos ofrecen innumerables pasajes que dan una idea del poder y la actividad de los demonios, así como de los peligros de alma y cuerpo a que estamos continuamente expuestos por efectos de sus celadas. Para aniquilar su poder no basta ignorar a los demonios y sonreír cuando se oye hablar de sus operaciones. No por eso dejará de continuar el aire siempre lleno de legiones de espíritus de malicia, conforme enseña San Pablo; y si Dios no nos protegiese, aunque casi siempre sin que lo sintamos, por el ministerio de los Santos Ángeles, sería para nosotros imposible evitar las innumerables celadas de estos enemigos de toda criatura de Dios.

Ahora bien, el poder de la Santa Cruz contra satanás y sus legiones es tal, que la podemos considerar un escudo invencible que nos hace invulnerables a sus flechas.

Concluimos entonces cuán ventajoso resulta emplear con fe la medalla de San Benito en las ocasiones en que más temamos los embustes del enemigo. Su protección, no lo dudemos, será eficaz contra todo tipo de tentaciones. Numerosos e innegables hechos señalaron su poderoso auxilio en miles de circunstancias en las cuales, o por acción espontánea de satanás, o por efecto de algún maleficio, los fieles estaban a punto de sucumbir ante un peligro inminente. Podremos igualmente emplearlo a favor de otros, como medio de preservación o de liberación, en previsión de los peligros que deban afrontar.

A menudo nos amenazan accidentes imprevistos, en tierra o en mar; si llenos de fe llevamos con nosotros la medalla, seremos protegidos. No hay circunstancias de la vida humana, por más materiales que fueren, en que ya no se haya manifestado por su intermedio, la virtud de la Santa Cruz y el poder de San Benito. Así, espíritus malignos, en su odio contra el hombre, embisten contra los animales empleados en su servicio, contra los alimentos que deben sustentar la vida; su intervención maléfica es muchas veces la causa de las enfermedades que padecemos; ahora bien, prueba la experiencia que el uso religioso de la medalla, acompañado por la oración, opera muchas veces el cese de las celadas satánicas, y un notable alivio en las enfermedades, y a veces hasta una curación completa.

jueves, 23 de julio de 2009

Homilía al inicio del Año Sacerdotal. Mons. Mario de Gasperín Gasperín Obipso de Querétaro


Hermanos presbíteros,
Hermanos peregrinos,
Hermanas y hermanos todos:


1. “El sacerdocio es un don del amor del Corazón de Jesús” hacia nosotros, decía el santo párroco de Ars san Juan María Vianney, en cuyo honor el papa Benedicto XVI acaba de proclamar el “Año sacerdotal”, que hoy aquí declaro inaugurado para toda la Diócesis en esta magna celebración eucarística.

Sí, queridos hermanos y hermanas: Nosotros vivimos del amor de Dios manifestado en su Hijo Jesucristo, cuyo signo preclaro es su corazón abierto y traspasado. De ese corazón brotó la Eucaristía, de allí nació la Iglesia y de allí recibimos el Sacerdocio, que es el que hace posible la santa Eucaristía y la santa Iglesia, porque sin sacerdote no existe la Iglesia ni es posible la Eucaristía. Si nosotros comprendiéramos la grandeza del sacerdocio cristiano, decía el santo párroco de Ars, moriríamos, no te temor sino de amor. En el sacerdote se concentra, en acto supremo de poder y humildad, la omnipotencia divina: “¡Dios me obedece!”, decía el santo párroco de Ars, pues cuando pronuncio las palabras de la consagración, Él está aquí en el altar. Eso, comentaba, ni la Virgen Santísima lo puede hacer; y el santo sacerdote caía de rodillas en actitud de adoración y, contemplando la Hostia consagrada, señalaba a los fieles: “Allí está Él”. Así, creyendo y adorando, educaba en la fe eucarística a sus rudos feligreses.

2. La intención del Papa es la siguiente: “Este año (sacerdotal), dice, desea contribuir a promover el compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes, para que su testimonio evangélico en el mundo de hoy sea más intenso e incisivo” (Carta, 18 de Junio, 09). Todos los sacerdotes renovamos cada año en la Misa crismal nuestras promesas sacerdotales. Hoy lo vamos a hacer aquí para expresar ante Dios y ante ustedes, nuestro deseo de servirles en las cosas de Dios. Es verdad; fuimos ordenados sacerdotes “para siempre”. El Señor juró comunicarnos su sacerdocio de manera irrevocable, para toda la eternidad. El Señor lo cumple. Nadie puede dejar de ser sacerdote. Lo que se nos pide a los ministros de Dios es que permanezcamos fieles a ese juramento divino del cual fuimos beneficiarios a favor de ustedes. Nadie se ordena sacerdote por sí mismo ni para sí mismo, sino que es elegido por Dios para servir a los demás, para regir, santificar y enseñar las cosas de Dios. Esta tarea se recibe como regalo de Dios, no se merece, sino que continuamente hay que pedirla con humildad, alentarla con la oración e iluminarla con la palabra de Dios. El Papa nos habla de “renovación interior”, que opera en nosotros el Espíritu Santo. Sólo la fuerza de Dios puede sostener nuestra debilidad.


3. Ahora bien, el sacerdocio es un oficio que compete a toda la Iglesia. Es para el servicio del pueblo de Dios, para ustedes y a ustedes, hermanos, debe interesar desde el cultivo de las vocaciones sacerdotales su formación y la oración por sus sacerdotes. Cada familia debería estar capacitada espiritualmente y dispuesta a ofrecer un hijo para que sea sacerdote o misionero; es deber de cada católico apoyar a su seminario, y de toda la comunidad el orar y cuidar a sus sacerdotes. Este es el sentido profundo del “Año sacerdotal”: Que toda la Iglesia estime, aprecie, cuide y ore por sus sacerdotes para que seamos fieles a la gracia del llamado de Cristo a favor de ustedes. Por eso el lema propuesto por el Papa: “Fidelidad de Cristo, fidelidad del sacerdote”; así el testimonio evangélico del sacerdote en el mundo de hoy será “más intenso e incisivo”. Sí, más intenso e incisivo para que el mensaje del sacerdote tenga la fuerza de penetrar la mente y el corazón del hombre moderno tan inflado de soberbia, que cree saberlo y poderlo todo, saturado de prejuicios contra la iglesia, de resentimientos contra Dios y blindado por una ignorancia religiosa difícil de superar.


4. Cuando san Juan María Vianney llegó a su parroquia en Ars había muy poco amor de Dios en sus fieles, sus “pobrecitos pecadores” como él les llamaba. Comenzó por hacer de la misa el centro de su vida y de su pastoral, celebrando con piedad la eucaristía y pasando horas enteras en adoración ante el santísimo Sacramento. La renovación de su parroquia se inició a partir de la santa Eucaristía. Al mismo tiempo instauró el catecismo e inició con la predicación, acompañada con las obras de servicio a los pobres, la evangelización de sus gentes; pero lo que más impresionó a los visitantes fueron las largas colas en su confesionario: muchas, muchas horas escuchando a los pecadores. Bien sabía que Señor no desprecia a un corazón contrito y humillado. Creía en la gracia y en el perdón de Dios y lo ofrecía a raudales a sus fieles. Fueron tres los lugares privilegiados de su ministerio sacerdotal: El altar, el púlpito y el confesionario. Ningún sacerdote puede resignarse a ver vacío el confesionario de su parroquia, comentará el papa Benedicto XVI en su carta. En estos tiempos modernos habrá que añadir otras muchas tareas al oficio parroquial, como son las reuniones de estudio o de retiro espiritual, la escuela parroquial, las juntas de Consejo. Para eso, nos recuerda el Papa, habrá que hacerse acompañar del ministerio de los fieles laicos y dejar florecer los carismas que nunca faltan en la comunidad.


5. El Corazón de Jesús, de donde brotó nuestro sacerdocio, es un corazón coronado de espinas, nos recuerda el Papa Benedicto; y añade: “así, pienso en las numerosas situaciones de sufrimiento que aquejan a muchos sacerdotes, porque participan de la experiencia humana del dolor en sus múltiples manifestaciones o por las incomprensiones de los destinatarios mismos de su ministerio. ¿Cómo no recordar tantos sacerdotes ofendidos en su dignidad, obstaculizados en su misión, a veces incluso perseguidos hasta ofrecer el supremo testimonio de su sangre?”. Todos ustedes, especialmente los mayores, recordarán a lo largo y ancho de nuestra diócesis, el testimonio heroico de numerosos sacerdotes, algunos casi legendarios, que en tiempos difíciles de la persecución religiosa y en los inmediatos posteriores, ofrendaron sus vidas en su ministerio y gracias a ese testimonio ustedes ahora tienen fe y pertenecen a la Iglesia de Jesucristo. El testimonio de obispos santos como San Rafael Guízar Valencia y de mártires insignes salidos de entre las filas sacerdotales, coronan este nutrido grupo de testigos de Cristo. Si algún hermano sacerdote llega a faltar a sus compromisos sacerdotales, cosa que siempre tendremos que lamentar, pidamos a Dios que la sangre y las lágrimas de todos estos mártires y sacerdotes insignes, cubran sus debilidades y laven sus faltas. Nosotros nunca nos hagamos cómplices de quienes lucran y negocian con la honra de los demás, menos con la de un sacerdote.


6. Hermanos peregrinos: La tradición de nuestra peregrinación quiere que acerquemos, por primera vez, a estos pequeños y jóvenes a la santa Eucaristía. Lo hacemos con gratitud al Señor por tan gran don. Invito a cada uno de ustedes a recordar el día de su Primera Comunión, a tener presente a sus padres, padrinos y, sobre todo, al sacerdote que se las dio por vez primera. Quizá para algunos de nosotros, los presbíteros, haya sido el momento del llamado de Dios. En la Comunión, no solo llega la gracia de Dios al alma del comulgante, sino que el mismo Autor de la gracia, Jesucristo, toma posesión de su corazón. Hagámosle a Jesús en nuestra vida el lugar que sólo a Él le corresponde y que quizá ahora ocupen otros amores u otros intereses, a quienes no pertenece nuestro corazón. Pidámosle a Jesús que nunca nos falte en nuestra vida la presencia y la cercanía de un sacerdote pues, como decía el santo párroco de Ars, “si vemos bien nuestra vida, caeremos en la cuenta de que las bendiciones de Dios nos ha llegado por medio de un sacerdote”. A mis hermanos sacerdotes les agradezco, en nombre de la Iglesia y de Jesús el Buen Pastor, su celo sacerdotal, su próvida colaboración y su oración ante el Señor y su Madre Santísima. Ésta especialmente se las pido, lo mismo que a todos ustedes Hermanos peregrinos, a los pies de nuestra Madre Santísima de Guadalupe, cuando lleguemos con su favor al Tepeyac. Que santa María de Guadalupe, la Madre de Jesús, nuestro Gran Sacerdote, cuide y bendiga a todos nuestros sacerdotes. Que así sea. Amén.




+ Mario De Gasperín Gasperín
Obispo de Querétaro

Comunicado de la Arquidiócesis de Acapulco, La caridad en la verdad: para un desarrollo humano integral


En días pasados fue publicada la Carta Encíclica Cáritas in Veritate ( La Caridad en la Verdad) del Papa Bendicto XVI, dirigida a los católicos y a todas las personas de buena voluntad, sobre el desarrollo humano integral en la Caridad y en la Verdad. Es la segunda encíclica social del actual Pontífice, en la cual aborda el tema del desarrollo centrado en la dignidad de la persona humana.

Este documento es de gran relevancia en este momento marcado por la crisis financiera y económica que ha impactado a la economía global, causando graves daños a los pueblos como el deterioro de la calidad de vida, el desempleo. La economía y las finanzas, al ser instrumentos para el desarrollo, suelen ser mal utilizados cuando quien los gestiona tiene sólo referencias egoístas, teniendo efectos perniciosos.


La encíclica papal es un llamado a un examen responsable del funcionamiento de la economía que produce efectos tan desastrosos como el hambre, las desigualdades, la violencia social, el desempleo y el deterioro del medio ambiente. Hay razones que explican el hecho de que la economía no esté favoreciendo el desarrollo de todos los pueblos y de todas las personas. Una economía excluyente es siempre inhumana e inmoral.


Esto quiere decir que, muchas veces, se ha optado por un modelo de desarrollo que se sustenta en las inversiones y en los avances tecnológicos. Un modelo de desarrollo que margina e, incluso, excluye otras dimensiones fundamentales de la persona humana y de la humanidad.


Cuando el desarrollo compromete los recursos naturales y deteriora el medio ambiente, se vuelve contra sí mismo. Al proteger a la tierra, el aire y las aguas, el hombre se protege a sí mismo y, por otra parte, el respeto a la vida humana genera una cultura que busca salvaguardar otras formas de vida como la animal y la vegetal. Por eso, el respeto a la vida, en todas sus formas, es una condición necesaria para un desarrollo sustentable y solidario que produzca justicia y abra las puertas hacia un futuro mejor.


Por otra parte, el desarrollo no sólo depende de las condiciones materiales como las que se refieren a la economía y a las nuevas tecnologías. El desarrollo tiene una necesaria dimensión ética. Mientras que la riqueza mundial crece en términos absolutos, paradójicamente crecen también las desigualdades económicas y sociales.


También es necesario ponderar la dimensión cultural del desarrollo. Que muchas veces se margina en las políticas públicas como si la cultura fuera algo superfluo y sin incidencia en el progreso de los pueblos. La cultura de un pueblo llega a ser decisiva para su desarrollo y para abandonar el subdesarrollo.


La encíclica señala, con mucha fuerza, la dimensión espiritual y religiosa del desarrollo. En este contexto, el Papa habla del amor cristiano como una fuente de energía que puede orientarse hacia la lucha por la justicia, a la defensa de los derechos humanos, al cuidado del medio ambiente. Sobre todo si se trata del amor vinculado a la verdad sobre Jesucristo y sobre el hombre. “La caridad en la verdad, -dice al comienzo de la encíclica- de la que Jesucristo se ha hecho testigo con su vida terrenal y, sobre todo, con su muerte y resurrección, es la principal fuerza impulsora del auténtico desarrollo de cada persona y de toda la humanidad. El amor es una fuerza extraordinaria, que mueve a las personas a comprometerse con valentía y generosidad en el campo de la justicia y de la paz”.