martes, 26 de febrero de 2013

HOMBRE NUEVO PRESENTA EL GRAN CONGRESO MOTIVACIONAL: 5 CLAVES PARA RESURGIR A LA VIDA.

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HOMBRE NUEVO PRESENTA EL GRAN CONGRESO MOTIVACIONAL: 5 CLAVES PARA RESURGIR A LA VIDA.

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BENEDICTO XVI SERÁ PAPA EMÉRITO

Ciudad del Vaticano, 26 febrero 2013 (VIS).-Benedicto XVI será “Pontífice emérito” o “Papa emérito”, ha informado hoy el director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, P. Federico Lombardi, S.I, en un briefing sobre los últimos días del pontificado actual. Asimismo seguirá conservando el nombre de “Su Santidad, Benedicto XVI” y se vestirá con el hábito talar blanco sencillo, es decir sin la pequeña capa que le cubría los hombros.

Para la última audiencia general del Papa, mañana 27 de febrero, ya hay más de 50.000 entradas reservadas, pero la afluencia será mayor. Excepto por la vuelta del Santo Padre en papamóvil a la Plaza de San Pedro, la audiencia se desarrollará de forma habitual, si se exceptúan los llamados “besamanos”, o breves saludos al Papa al final de la misma. Una vez concluida, Benedicto XVI encontrará en la Sala Clementina a algunas autoridades presentes en Roma o que han llegado a ella para saludarlo, entre ellas el presidente de Eslovaquia y el de la región alemana de Baviera.

El 28 de febrero, último día del pontificado, el Papa saludará por la mañana, siempre en la Sala Clementina a los cardenales presentes en Roma. A las 16,55 en el Patio de San Dámaso, ante un piquete de la Guardia Suiza, será despedido por el cardenal Tarcisio Bertone, Secretario de Estado, y por otros miembros de ese dicasterio. En el helipuerto vaticano recibirá el saludo del cardenal Angelo Sodano, decano del Colegio Cardenalicio. El helicóptero del Papa aterrizará en Castel Gandolfo a las 17, 15 donde será recibido por el cardenal Giuseppe Bertello y por el obispo Giuseppe Sciacca, respectivamente Presidente y Secretario de la Gobernación del Estado de la Ciudad del Vaticano, por el obispo de la diócesis de Albano, mons. Marcello Semeraro y por las autoridades civiles de esa localidad.

Benedicto XVI se asomará al balcón del palacio apostólico de Castel Gandolfo para saludar a cuantos hayan acudido a saludarlo. A las 20,00, comienzo de la Sede Vacante, la Guardia Suiza que presta servicio en Castel Gandolfo dejará de hacerlo porque es un cuerpo dedicado a la custodia del Romano Pontífice. De la seguridad del Papa emérito seguirá ocupándose la Gendarmería Vaticana, tanto en Castel Gandolfo como en su residencia posterior.

El Padre Lombardi ha explicado también que Benedicto XVI no utilizará más el “Anillo del Pescador” que será anulado al igual que el sello de plomo del pontificado. Esa labor correrá a cargo del cardenal Camarlengo y de sus ayudantes. Igualmente ha informado de que no utilizará más los zapatos rojos de pontífice.

Por cuanto se refiere al comienzo de las congregaciones de los cardenales, el Cardenal decano enviará el 1 de marzo una carta a todos los cardenales convocándolos a Roma. “Es verosímil, por lo tanto- ha añadido Lombardi - que las congregaciones comiencen a partir de la semana próxima”.

Las congregaciones se desarrollarán en el Aula Nueva del Sínodo y los purpurados no se alojarán en la Casa de Santa Marta hasta la víspera del inicio del cónclave, entre otras cosas porque durante las congregaciones se sortean las habitaciones que les corresponden.

MOTU PROPRIO: EL PAPA DEJA A LOS CARDENALES LA FACULTAD DE ANTICIPAR EL CONCLAVE

Ciudad del Vaticano, 25 febrero 2013 (VIS).-Publicamos a continuación una traducción no oficial, de la Carta Apostólica en forma de Motu Proprio del Santo Padre Benedicto XVI sobre algunas modíficaciones relativas a la elección del Romano Pontífice fechada el 22 de febrero

“Con la Carta apostólica “De aliquibus mutationibus in normis de electione Romani Pontefici”, dada como Motu Proprio en Roma el 11 de junio de 2007 en el tercer año de mi pontificado, he establecido algunas normas que, abrogando las prescritas en el número 75 de la Constitución apostólica “Universi Dominici gregis” promulgadas el 22 de febrero de 1996 por mi predecesor el beato Juan Pablo II, restablecían la norma sancionada por la tradición, según la cual para la elección válida del Romano Pontífice se requiere siempre la mayoría de dos tercios de los votos de los cardenales presentes.

Considerada la importancia de asegurar el mejor funcionamiento de cuanto atañe, si bien con relieve diverso, a la elección del Romano Pontífice, en particular una interpretación y actuación mas cierta de algunas disposiciones, establezco y prescribo que algunas normas de la Constitución apostólica “Universi Dominici gregis” y cuanto yo mismo dispuse en la Carta apostólica más arriba mencionada se sustituyan con las normas que siguen:

35. Ningún Cardenal elector podrá ser excluido de la elección, activa o pasiva, por ningún motivo o pretexto, quedando en pie lo establecido en los números 40 y 75 de esta Constitución.

37.Establezco, además, que desde el momento en que la Sede Apostólica esté legítimamente vacante los Cardenales electores presentes esperen durante quince días completos a los ausentes; dejo además al Colegio de los Cardenales la facultad de anticipar el comienzo del Cónclave si consta la presencia de todos los cardenales electores, como la facultad de retrasar, si hubiera motivos graves, el comienzo de la elección algunos días.. Pero pasados al máximo veinte días desde el inicio de la Sede vacante, todos los Cardenales electores presentes están obligados a proceder a la elección.

43. Desde el momento en que se ha dispuesto el comienzo del proceso de la elección hasta el anuncio público de que se ha realizado la elección del Sumo Pontífice o, de todos modos, hasta cuando así lo ordene el nuevo Pontífice, los locales de la Domus Sanctae Marthae, como también y de modo especial la Capilla Sixtina y las zonas destinadas a las celebraciones litúrgicas, deben estar cerrados a las personas no autorizadas, bajo la autoridad del Cardenal Camarlengo y con la colaboración externa del Vice Camarlengo y del Sustituto de la Secretaría de Estado, según lo establecido en los números siguientes.

Todo el territorio de la Ciudad del Vaticano y también la actividad ordinaria de las Oficinas que tienen su sede dentro de su ámbito deben regularse, en dicho período, de modo que se asegure la reserva y el libre desarrollo de todas las actividades en relación con la elección del Sumo Pontífice. De modo particular se deberá cuidar, también con la ayuda de los Prelados Clérigos de Cámara, que nadie se acerque a los Cardenales electores durante el traslado desde la Domus Sanctae Marthae al Palacio Apostólico Vaticano.

46.,Párrafo 1.-Para satisfacer las necesidades personales y de la oficina relacionadas con el desarrollo de la elección, deberán estar disponibles y, por tanto, alojados convenientemente dentro de los límites a los que se refiere el n. 43 de la presente Constitución, el Secretario del Colegio Cardenalicio, que actúa de Secretario de la asamblea electiva; el Maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias con ocho Ceremonieros y dos religiosos adscritos a la Sacristía Pontificia; un eclesiástico elegido por el Cardenal Decano, o por el Cardenal que haga sus veces, para que lo asista en su cargo.

47. Todas las personas señaladas en el num. 46 y en el num. .55, párrafo 2 de la presente Constitución que por cualquier motivo o en cualquier momento fueran informadas por quien sea sobre algo directa o indirectamente relativo a los actos propios de la elección y, de modo particular, de lo referente a los escrutinios realizados en la elección misma, están obligadas a estricto secreto con cualquier persona ajena al Colegio de los Cardenales electores; por ello, antes del comienzo del proceso de la elección, deberán prestar juramento según las modalidades y la fórmula indicada en el número siguiente.

48. Las personas señaladas en el num.46 y en el num. 55, párrafo 2 de la presente Constitución, debidamente advertidas sobre el significado y sobre el alcance del juramento que han de prestar antes del comienzo del proceso de la elección, deberán pronunciar y subscribir a su debido tiempo, ante el Cardenal Camarlengo u otro Cardenal delegado por éste, en presencia de dos Protonotarios apostólicos de Número Participantes, el juramento según la fórmula siguiente:

Yo N. N. prometo y juro observar el secreto absoluto con quien no forme parte del Colegio de los Cardenales electores, y esto perpetuamente, a menos que no reciba especiales facultades dadas expresamente por el nuevo Pontífice elegido o por sus Sucesores, acerca de todo lo que atañe directa o indirectamente a las votaciones y a los escrutinios para la elección del Sumo Pontífice.

Prometo igualmente y juro que me abstendré de hacer uso de cualquier instrumento de grabación, audición o visión de cuanto, durante el período de la elección, se desarrolla dentro del ámbito de la Ciudad del Vaticano, y particularmente de lo que directa o indirectamente de algún modo tiene que ver con las operaciones relacionadas con la elección misma.

Declaro emitir este juramento consciente de que una infracción del mismo comportaría para mí la pena de la excomunión “latae sententiae” reservada a la Sede Apostólica.

Así Dios me ayude y estos Santos Evangelios que toco con mi mano.

49. Celebradas las exequias del difunto Pontífice, según los ritos prescritos, y preparado lo necesario para el desarrollo regular de la elección, el día establecido, según lo previsto en el n. 37 de la presente Constitución, no más allá del vigésimo- los Cardenales electores se reunirán en la Basílica de San Pedro en el Vaticano, o donde la oportunidad y las necesidades de tiempo y de lugar aconsejen, para participar en una solemne celebración eucarística con la Misa votiva “Pro eligendo Papa” (19) Esto deberá realizarse a ser posible en una hora adecuada de la mañana, de modo que en la tarde pueda tener lugar lo prescrito en los números siguientes de la presente Constitución.

50. Desde la Capilla Paulina del Palacio Apostólico, donde se habrán reunido en una hora conveniente de la tarde, los Cardenales electores en hábito coral irán en solemne procesión, invocando con el canto del Veni Creator la asistencia del Espíritu Santo, a la Capilla Sixtina del Palacio Apostólico, lugar y sede del desarrollo de la elección. Participan en la procesión el Vice Camarlengo, el Auditor General de la Cámara Apostólica y dos miembros de cada uno de los Colegios de Protonotarios Apostólicos de Número Participantes, de los Prelados Auditores de la Rota Romana y de los Prelados Clérigos de Cámara.

51. Párrafo 2.- Por tanto, el Colegio Cardenalicio, que actúa bajo la autoridad y la responsabilidad del Camarlengo, ayudado por la Congregación particular de la que se habla en el num.. 7 de la presente Constitución cuidará de que, dentro de dicha Capilla y de los locales adyacentes, todo esté previamente dispuesto, incluso con la ayuda desde el exterior del Vice Camarlengo y del Sustituto de la Secretaría de Estado, de modo que se preserve la normal elección y el carácter reservado de la misma.

55.-Párrafo 3.- Si se cometiese y descubriese una infracción a esta norma, sepan los autores que estarán sujetos a la pena de excomunión “latae sententiae” reservada a la Sede Apostólica.

62. Abolidos los modos de elección llamados per acclamationem seu inspirationem y per compromissum, la forma de elección del Romano Pontífice será de ahora en adelante únicamente per scrutinium.

Establezco, por lo tanto, que para la elección válida del Romano Pontífice se requieren los dos tercios de los votos, calculados sobre la totalidad de los electores presentes y votantes

64. El procedimiento del escrutinio se desarrolla en tres fases, la primera de las cuales, que se puede llamar pre-escrutinio, comprende: 1) la preparación y distribución de las papeletas por parte de los Ceremonieros, llamados al Aula junto con el Secretario del Colegio de Cardenales y con el Maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias- quienes entregan por lo menos dos o tres a cada Cardenal elector; 2) la extracción por sorteo, entre todos los Cardenales electores, de tres Escrutadores, de tres encargados de recoger los votos de los enfermos, llamados Infirmarii, y de tres Revisores; este sorteo es realizado públicamente por el último Cardenal Diácono, el cual extrae seguidamente los nueve nombres de quienes deberán desarrollar tales funciones; 3) si en la extracción de los Escrutadores, de los Infirmarii y de los Revisores, salieran los nombres de Cardenales electores que, por enfermedad u otro motivo, están impedidos de llevar a cabo estas funciones, en su lugar se extraerán los nombres de otros no impedidos. Los tres primeros extraídos actuarán de Escrutadores, los tres segundos de Infirmarii y los otros tres de Revisores.

70. Párrafo 2.- Los Escrutadores hacen la suma de todos los votos que cada uno ha obtenido, y si ninguno ha alcanzado al menos los dos tercios de los votos en aquella votación, el Papa no ha sido elegido; en cambio, si resulta que alguno ha obtenido al menos los dos tercios, se tiene por canónicamente válida la elección del Romano Pontífice.

75. Si se realizaran en vano los escrutinios que se indican en los números 72, 73 y 74 de la indicada Constitución, téngase un día dedicado a la oración, la reflexión y el diálogo; en las siguientes votaciones, observado el orden establecido en el número 74 de dicha Constitución, solamente tendrán voz pasiva los dos nombres que en el escrutinio precedente hayan obtenido la mayoría de los sufragios, sin apartarse de la norma de que también en estas votaciones para la validez de la elección se requiere la mayoría cualificada de al menos dos tercios de los sufragios de los Cardenales presentes y votantes. En estas votaciones los dos nombres que tienen voz pasiva carecen de voz activa.

87. Realizada la elección canónicamente, el último de los Cardenales Diáconos llama al aula de la elección al Secretario del Colegio de los Cardenales, al Maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias y a dos Ceremonieros; después, el Cardenal Decano, o el primero de los Cardenales por orden y antigüedad, en nombre de todo el Colegio de los electores, pide el consentimiento del elegido con las siguientes palabras: ¿Aceptas tu elección canónica para Sumo Pontífice? Y, una vez recibido el consentimiento, le pregunta: ¿Cómo quieres ser llamado? Entonces el Maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias, actuando como notario y teniendo como testigos a dos Ceremonieros, levanta acta de la aceptación del nuevo Pontífice y del nombre que ha tomado”.

Este documento entrará en vigor inmediatamente después de su publicación en “L'Osservatore Romano”.

Esto decido y establezco, no obstante cualquier disposición contraria.

Dado en Roma, al lado de San Pedro, el día 22 de febrero, en el año 2013, octavo de mi pontificado.

lunes, 18 de febrero de 2013

CARTA ABIERTA AL PAPA BENEDICTO XVI. P. Pedro Jaramillo Rivas.- Párroco de San Juan de la Cruz.- Guatemala

Guatemala, 17 de febrero de 2013

Santidad!

Soy un sacerdote de a pie; español y manchego, para más señas; y, durante todo su pontificado, caminando con la Iglesia de Guatemala, en un enorme barrio periférico de la ciudad. Una zona, declarada “roja”, a causa de la violencia. Y, enrojecida ella misma, por culpa de la pobreza, del desempleo, de la desesperanza. Como resultado, un deterioro personal y familiar alarmante. Su población es muy joven: de cada 100 feligreses de esta enorme parroquia (unos 100.000 habitantes), 70 son menores de 30 años. Alguien podría pensar: ¡qué esperanza! Pero, visto desde aquí, uno tiene que confesar: ¡qué problema! Un grupo de afortunados han logrado su trabajo y sobreviven; pero, la inmensa mayoría malviven. Y la mal-vivencia, en la carencia de todo, es la madre de todos los vicios. Muchas veces, Santidad, he pensado: es que, si no tienen vicios, estos jóvenes no tienen nada!!!. Así de dura es su vida… ¡No vaya a pensar que nos les ayudo con todas mis fuerzas a superarlos positivamente! Ésa es una de las razones de mi camino guatemalteco.

Me salió un párrafo de ambientación. En el momento de su renuncia, lo que quiero decirle, ante todo, es que la he percibido como un acto de amor a la Iglesia, de humildad personal y de coherencia profética. Y por esa “lección magistral”, le digo de corazón: “Muchas gracias, Santidad”. Le confieso que, cuando escuchaba la noticia, en la madrugada del lunes aquí, no daba crédito a mis oídos… Me convencí de que era cierto, cuando, desde la misma radio, conectaban con la sala de prensa del Vaticano, en la que el P. Lombardi estaba explicando la noticia, dando lectura al texto latino que usted mismo, Santo Padre, había comunicado en la ceremonia de canonización ¡Era verdad!

Repuesto del impacto de la primera reacción, no tuve más remedio que dar gracias a Dios por la humilde valentía que supone su renuncia. Al día siguiente, leí que el cardenal Maradiaga, aquí cerquita, en Honduras, había declarado que si el aceptar es un gran acto de valentía, mucho más lo es el renunciar. Me identificaba totalmente con su autorizada opinión. Romper tantos siglos de historia de la Iglesia con una renuncia papal significa para usted, Santo Padre, entrar a nuestra historia eclesial por la puerta grande.

He visto luego la enorme variedad de interpretaciones. Sesgadas algunas, malintencionadas otras… Unas llenas de respeto, otras de admiración, otras de menosprecio hacia usted, Santo Padre, y hacia quienes con usted, y bajo su ministerio de sucesor de Pedro, formamos la Iglesia católica. Vivo mi ministerio en una tierra bendita y hermosa, pero plagada de sectas. Aquí “desembarcaron”, como fruto de una estrategia política del Norte: era preciso dividir una Iglesia que había tomado una decidida opción por los pobres y que se convertía en conciencia crítica, en pleno conflicto armado. Y lo consiguieron. En la mayoría de estas sectas se cultiva el “odio” hacia la Iglesia católica. Un contexto en el que la renuncia de Su Santidad está sirviendo para ataques furibundos contra la Iglesia católica. Objetivamente, su gesto, de una humildad de quilates, debería servir para acallar los gritos. Pero, créame, Santidad, a veces uno se siente, con el salmista, “en una soledad, poblada de aullidos”. Y no puedes reaccionar con la “racionalidad” que encierra su admirable gesto. El fundamentalismo no entiende de racionalidades. Más bien, las ve como el mayor enemigo. ¡Qué bien lo expresa Su Santidad en una frase rotunda de su Mensaje de Cuaresma: “para una vida espiritual sana, es necesario rehuir tanto el fideísmo como el activismo moralista”! Glosándolo, me atrevería a extenderlo y decir: “rehuir tanto el fideísmo como el racionalismo”.

Todos hemos percibido, en su fecundo pontificado, una gran preocupación por el racionalismo y el relativismo imperantes, sobre todo, en las sociedades europeas. Nos hemos identificado con su clamor de dejar espacio a un Dios que no es enemigo del hombre, sino la posibilidad de su existencia y plenitud. Usted, Santo Padre, ha puesto en la palestra la cuestión de Dios, con la honestidad del intelectual, con la convicción del teólogo y con la pasión del creyente ¡Gracias por esta mediación profética! Nos da a los creyentes la convicción de que, en nuestro amor por el hombre, no nos subimos a las nubes cuando nos presentamos y actuamos como testigos del Dios de la vida y de la pasión por lo humano. Nos ha hecho descubrir, Santidad, que no sólo moralmente, sino teológicamente, “nada humano nos es ajeno”. Por eso, en el mismo Mensaje de cuaresma, nos repite: “nunca podemos separar o, incluso, oponer fe y caridad”.

Nuestro contexto, sin embargo, en su generalidad, no es racionalista, sino fideísta. Sobre todo, en los estratos más populares, que son los más. Por eso, ni imaginarse puede, Santidad, las “barbaridades bíblicas” que están manejando quienes miran su renuncia desde fuera de la Iglesia, pero desde dentro de “la sola Escritura”. Los argumentos típicos de un fundamentalismo radical campan por sus respetos. Y nuestros sencillos creyentes no saben qué responder. Meterse en la lógica fundamentalista es el camino más fácil…, y algunos lo toman. Pero, es un camino que no lleva a ninguna parte. Los desatinos de las reacciones fundamentalistas de estos días, me han llevado a pensar en el juicio tan severo que la Pontificia Comisión Bíblica, en su documento sobre “La Interpretación de la Biblia en la Iglesia”, daba sobre el mismo, cuando decía de él que es “un suicidio del pensamiento”.

Por estas tierras, Santidad, el problema de “la cuestión de Dios” no tiene la relevancia que ha adquirido en Europa. Nuestro problema no es tanto la “cuestión de Dios”, sino la “cuestión del Dios, revelado en Jesús de Nazaret”. Tenemos una fe en Dios, que, en mucha de la gente, también de nuestra Iglesia, no ha pasado por la Encarnación. Y, al no hacerlo, le falta la “densidad humana” que dio Jesús al acto de fe e, incluso, a los contenidos de la fe. Muchos tenemos claro que “creer no es comprometerse”, pero también nos parece que el compromiso es como el sacramento de la fe. Usted, Santidad, nos lo dice muy claro cuando, en su Mensaje de cuaresma, endosa un “no” rotundo a la que llama “dialéctica” entre fe y caridad. Llama “limitada” a “la actitud de quien hace fuerte hincapié en la prioridad y el carácter decisivo de la fe, subestimando, y casi despreciando, las obras concretas de caridad, y reduciéndolas a un humanitarismo genérico”. El otro extremo- nos recuerda también - sería pensar “que las obras pueden sustituir a la fe”.

Santidad, como malos hermeneutas, nos quedamos siempre con lo que nos conviene, que no es precisamente lo que demandan los signos de los tiempos concretos en los que trabajamos pastoralmente. Por lógica, en nuestro caso, deberíamos acentuar su advertencia de que no vale una fe que subestima y desprecia las obras de caridad, pero nos gusta más acentuar su otra advertencia: “que las obras no sustituyan la fe”… Y, aquí nos tiene, teóricamente cada vez más lejanos de los hermanos separados, pero prácticamente más cercanos a su “eje fundamental”: que la sola fe es la que nos salva.

No se puede imaginar hasta qué grado de “esperanza pasiva” lleva esta convicción religiosa. En la última campaña electoral, entre las numerosas pancartas que vieron la luz, había una que prácticamente, pedía el voto para Dios. Decía así: “Sólo Dios puede salvar a Guatemala”. Recuerdo que, comentándolo con las gentes de mi parroquia, yo les decía: “he visto un cartel, que me parece que está equivocado. Creo que le falta algo”. Hubiera sido, en efecto, un mensaje cabal, si hubiera dicho: “No sólo Dios puede salvar a Guatemala”. Me ha dado mucha alegría pensar que ante esa pancarta, usted, Santidad, hubiera reaccionado del mismo modo. Porque, así nos comunica en su Mensaje de Cuaresma: la iniciativa de Dios, que acogemos en la fe, “lejos de limitar nuestra libertad y nuestra responsabilidad, más bien hace que sean auténticas y las orienta hacia las obras de caridad”. Nos invitan sus palabras a una “esperanza activa” de la que ya habló el Concilio y de la que tanto carecemos por estas tierras.

Sobre el eco pastoral de sus encíclicas – esas que, ahora, algunos, con desdeño, dicen que nadie las ha leído -, le quiero compartir tres cosas que, personal y pastoralmente, me han servido mucho (son muchas las que se quedan en el tintero, o en la computadora, para ser más exactos). Una se refiere al impacto pastoral, entre gente muy sencilla, que ha tenido el fuerte y decidido arraigo de la promoción de la justicia y del ejercicio de la caridad que usted, Santidad, les ha dado tanto en “Deus Caritas est” como en “Caritas in Veritate”. Han descubierto que no es simplemente por ser humanamente generosos y abiertos, sino principalmente por ser creyentes, por lo que se han de preocupar por los demás. Que su fe no es “cabal” (como se dice por aquí), si no entraña, en el mismo acto de creer, y no como un mandamiento posterior para quien ya es creyente, la entrega efectiva y concreta a los demás.

La segunda, es la recepción de un punto muy candente por estas tierras. El contacto con el complejísimo mundo de las sectas, a mucha de nuestra gente les hace pensar si será verdad que “ya están salvos” ellos y nosotros lo tenemos difícil o imposible. En “Spe salvi”, da usted, Santidad, un criterio que, explicado, lo entienden y, créame, se les nota una cara de felicidad esperanzada: habla usted de que, con relación a la salvación, tenemos una “esperanza confiable”. El secreto está en el “confiable”. Yo les digo: “les hago una promesa: después de esta reunión, vamos a ir en una nave espacial, a danos un paseo por la luna. ¿Creen que lo vamos a hacer? La respuesta es, evidentemente negativa. “¿Lo ven?, les digo, ésa es una esperanza “no confiable”. “Bien –continúo-, ahora piensen en ustedes. Ustedes son papás. Tienen una casita, un terrenito, un televisor, una cocina -y no muchas cosas más -, pero esas las tienen. Ustedes les dicen a sus hijos: - cuando muramos, todo esto va a ser para ustedes. ¿Cómo es la esperanza de sus hijos?” Viera también la respuesta unánime: CONFIABLE. Y desde ahí, resulta fácíl hacer entender el YA, pero TODAVIA NO. Y comprenden mucho mejor lo de “herederos de Dios, coherederos con Cristo”.

La tercera cosa se refiere a la “imagen de Dios”. Mire, Santidad, también por el ambiente religioso, tan extendido por estas tierras, nuestra gente tiene una imagen de Dios que, con frecuencia, no ha pasado por Jesús de Nazaret. La insistencia de muchos grupos religiosos en la imagen del Dios del Antiguo Testamento entra con fuerza en el “imaginario religioso” de todos. Después de la tormenta Stan, recién llegado a Guatemala, recuerdo a un furibundo pastor que, por televisión, con el dedo acusador, amedrentaba a la gente: “por sus pecados, por sus pecados, Dios los ha castigado…”. Usted, Santidad, con su palabra y ejemplo, nos ha transmitido la imagen del Dios de Jesús (incluso nos ha regalado con tres tomos sobre su “historia”): el Dios del amor y de la respuesta en la sencilla obediencia de la fe. La imagen del perdón, que no es “licencia para pecar”, sino descubrimiento de la obediencia del amor.

No me importa que esta carta vaya ya siendo larga. El acontecimiento de una renuncia papal, bien merece el desahogo de un hijo con su padre, que se retira al silencio de la oración. Será, sin duda, un silencio elocuente. Sin embargo, usted, Santidad, ha hablado con frecuencia de otro tipo de silencio: “el silencio de Dios”. Esos momentos duros en los que parece que Dios no responde. La gente suele creer que un Papa tiene “hilo directo con Dios”, que se lo da todo solucionado, cuando se levanta cada mañana. Quizás usted, Santidad, mucho mejor que nadie, nos podría contar cómo y cuánto pesa ese silencio de Dios. Pero, lo mismo que hay tantas cosas “sub secreto pontificio”, ésta quedará para siempre “sub Pontificis secreto”, en la recíproca intimidad con el Dios de Jesús en quien usted, Santidad, ha confiado y se ha confiado.

Pensando y rezando por su Santidad, me ha venido a la mente la figura de un profeta: Jeremías. A un hombre de exquisita sensibilidad humana y religiosa, como era el profeta, le tocó denunciar con valentía los pecados de su propio pueblo. Su sensibilidad humana y religiosa, Santidad, la “delata” su propio porte externo y la ternura y delicadeza de su trato, de su mirada, de su tímida sonrisa. Lo mismo que Jeremías se sintió profundamente herido por dentro hasta honduras insospechadas (los de su propio pueblo lo llamaron traidor), imagino que también sus heridas han sido muy dolorosas. Se las hemos causado entre todos, cada quien según sus responsabilidades. Usted, Santidad, nos pedía perdón por sus defectos. Nosotros, al menos yo, le queremos pedir perdón por el sufrimiento que, entre todos, le hemos podido causar. Como buen padre, nos había soñado usted de otra manera…, pero ha tenido que sufrir actitudes muy distantes al mensaje de Jesús. Y usted mismo, Santidad, ha tenido que advertir con severidad sobre el afán de poder, de prestigio, de fama…, muy lejos de la actitud de Jesús “que no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos”.

En la antigua ceremonia de lo que entonces se llamaba “entronización del Sumo Pontífice” había un momento simbólico, que no dejaba de impactar. Era como una advertencia al nuevo Papa: “Pater sancte, sic transit gloria mundi” (“Santo Padre, así pasa la gloria del mundo”). Se cantaba, mientras eran quemadas estopas que pronto se consumían. Aquellas glorias de antaño no son las que ahora le esperan a un Papa. Pero sí que es verdad que lo que en el papado pueda quedar de “gloria mundi”, usted, Santidad, lo va a experimentar ahora en situación de renuncia. No puedo leer su corazón, pero estoy seguro de que por él ha pasado el “exinanivit semetipsum”, “se rebajó a sí mismo”. Todo acto de humildad, y el suyo lo es de manera extraordinaria, existencialmente acerca al misterio de la Encarnación. En el silencio monacal, va a esperar ahora el cumplimiento de la sola “gloria Dei”, que ha sido un eje fundamental de su pontificado.

Al contemplarlo, retirándose a un lugar solitario para orar, solamente un ruego: que no se “cansen” sus brazos, alzados para la súplica. En ellos, queremos vernos todos levantados hacia el Señor, en los duros trabajos del Evangelio. En el silencio de la oración, los seguirá compartiendo con todos nosotros.

Con todo el afecto y admiración por el gesto profético de su renuncia, ¡gracias, Santidad!

P. Pedro Jaramillo Rivas.- Párroco de San Juan de la Cruz.- Guatemala

La Conferencia Boliviana de Religiosas y Religiosos de Bolivia envía carta de agradecimiento al Papa Benedicto XVI

La Paz, 16 de febrero de 2013 
13 / 02
A Su Santidad
BENEDICTO XVI
Ciudad del Vaticano.-


Santo Padre,

A nombre de la Conferencia Boliviana de Religiosas y Religiosos, queremos expresarle nuestro más profundo sentimiento de admiración y respeto, delante de la decisión que usted ha tomado, y que es de gran importancia para la vida de la Iglesia.

Queremos transmitirle también nuestra profunda gratitud por todo el cariño, apoyo e inspiración, que ha constituido su Pontificado para toda la vida religiosa.

Pedimos la luz del Espíritu Santo y la intercesión de María, para que el cónclave para la elección del nuevo Sumo Pontífice, responda a “un mundo de hoy, sujeto a rápidas transformaciones y sacudido por cuestiones de gran relieve para la vida de la fe”, como usted lo ha señalado.

Cuente siempre con la oración de la vida religiosa en Bolivia.

Unidos en el servicio a la misión de Dios y de los más pobres y diferentes,

René Cardozo, SI.
Presidente de la Junta Directiva Nacional